martes, 13 de noviembre de 2007

La historia exagerada de Don F. y de "el amigo de don F. que siempre hace escándalos"


Hace unos días tomé un taxi para ir a casa y a mitad de camino el conductor, quizá para buscar un poco de compañía en el trayecto, sintonizó RPP noticias y una voz que venía de las entrañas de la radio anunció, sin anestesia, que una mujer estaba a punto de lanzarse al vacío; suicidarse.

(En la radio) “¡No!! ¡Va a saltar! ¡Por favor no saltes! ¡Alguien haga algo!, ¡no, no…no lo hagas!”.

Mis taquicardias volvieron de golpe y a mil revoluciones por minuto, tenía una suerte de mambo acelerado en el pecho.

(En la radio) “Es una mujer, esta parada en el borde de la ventana, en un cuarto piso, nadie puede detenerla, está llorando, no saltes por favor, no, no lo hagas”.

El taxista conducía temblando, podía percibir el brillo del sudor de sus manos en el timón, estaba casi paralizado y manejaba quizá por inercia.

(En la radio) “Va a saltar, se está descolgando, no, no, se sostiene con una sola mano, lo piensa, noooo,…Saltó (silencio)”.

El taxista frenó de golpe, casi acabo estampada contra el parabrisas y el carro de atrás, por suerte, se detuvo de inmediato, el chirrido fue ensordecedor. El chofer volteó, me quedó mirando, despegó los labios y pudo entonces articular una frase: ¿Por qué no hizo nada? Es porque la muerte les da de comer.

Ese episodio me hizo saltar pero al pasado. INVIERNO DE 1997: Vivía entonces en el piso diez de un edificio en Miraflores, mi vecino era un dipsómano y, de cuando en vez, se convertía en un dipsómano escandaloso, bochinchero; un borracho mata sueño. Recuerdo con detalles la noche previa a la historia que estoy a punto de contarles. Don F. había bebido como de costumbre más de la cuenta y el amigo de don F. que siempre hace escándalos también estaba sediento y cuando digo que el amigo de don F. que siempre hace escándalos estaba sediento, solo trato de decirles que mi insomnio estaba asegurado. Esa noche ambos habían decidido celebrar a codo suelto su alcoholismo. Y yo estaba condenada, esa madrugada, a huir de los brazos de Morfeo. 8:00 AM: Don F. y el amigo de don F. que siempre hace escándalos estaban callados, quizá dormían desparramados en el suelo, tras exprimirle hasta la última gota de vida a esas botellas que habían succionado como un par de exploradores deshidratados.

El ascensor estaba dañado, así que tuve que bajar los diez pisos con toda mi mala noche acuestas. Esta agotadora ruta me obligaba a bordear todo el estacionamiento para poder llegar al fin a la puerta de salida. Cuando me acercaba, casi a rastras, al primer piso, noté un movimiento inusual, extraño, los guardianes entraban y salían y una manta celeste cubría un bulto sin forma tendido en el suelo. El bulto empezó a tomar de a pocos la forma de un hombre y la sangre comenzó a expandirse por el celeste, los primeros rayos de sol hacían brillar el charco de sangre que manchaba el cemento a un lado del cuerpo, alguien había muerto: don F. o el amigo de don F. que siempre hace escándalos. Me acerqué, un poco más, procurando respirar hondo para contener mis taquicardias y darle así un chance a la curiosidad y al morbo: ahí estaban los mocasines marrones de don F., eran sin duda sus zapatos. Quizá el ya lo sabía, ya lo tenía planeado y por eso disfrutó a grito pelado su última noche. Rufino, el guardián del edificio, me contó que durante la madrugada Don F. y el amigo de don F. que siempre hace escándalos estuvieron balanceándose de la ventana, jugando como dos niños, ebrios a morir, felices, sin contar que diez largos pisos los apartaban del cemento.

Sí, así empezó mi mañana, con don F. reducido a un bulto bañado en sangre, con la cara de horror de los vecinos, con la imagen de el amigo de don F. que siempre hace escándalos observando pálido la escena desde el décimo piso y con las taquicardias multiplicándose minuto tras minuto.

No hubo más ruido ni bochinche ni la sensación de compañía aunque extraña, que sentía cada vez que don F. bebía y gritaba; gritaba y bebía. No supe nada más de el amigo de don F. que siempre hace escándalos. No lo volví a ver. Y a ese edificio tampoco regrese. La verdad es que huí de él para buscar un poco de sosiego, para respirar distinto y heme aquí, en esta turbadora guarida, en este nido de violentas palpitaciones, donde ha sido muy fácil para el azar encontrarme.

viernes, 12 de octubre de 2007

CADENAS PERPETUAS

Redrum es la palabra Murder escrita al revés, que en inglés significa asesinato. Palabra inolvidable en la película “The Shining” del director Stanley Kubrick.

No entiendo desde cuando sembrar el terror se convirtió en una muestra de afecto. Me refiero al argumento descabellado que una buena amiga (V.) esgrimió hace unos días para justificar la razón por la cual bombardea mi correo de mails en cadena que buscan “evitar que lo peor ocurra”. Exactamente eso fue lo que dijo: “Evitar que lo peor ocurra”. Y se defendió diciéndome que envía toda esa apocalíptica y deleznable correspondencia solo, dice ella, porque me quiere.

Hace unos años la amistad epistolar era muy distinta, si no me falla la memoria. No recuerdo haber recibido jamás, de alguno de mis amigos, una carta escrita de puño y letra advirtiéndome sin anestesia que podían apuñalarme en un taxi, tras ser drogada por tocar un trozo de papel y ser hallada después cercenada en un barril, una maletera u otro depósito hediondo, oxidado y pezuñento. Algo tuvo que pasar en el trance del correo escrito al correo digital, algo macabro que despertó en los usuarios una tendencia a ejercer de forma inconsciente el sadismo, como una forma catártica de exorcizar quizás sus propios miedos y fobias. Sí es así, entonces prefiero continuar rindiéndole culto al papel, a la calidez de una carta y a la estética de una buena o ilegible caligrafía.

Yo R. tengo ya bastante con mi edificio, mis vecinos, murciélagos, traficantes chinos, toxoplasmosicos gatos, ratas y, por supuesto, taquicardias, como para tener que bancarme el sadismo ajeno. Hoy puedo decir abiertamente y a riesgo de ofender a las personas que quiero, que cuestiono, es más, sospecho del afecto de aquellos que, a sabiendas de mis sístoles y diástoles violentos, me atormentan con correos visionarios, con advertencias interminables, con basura importada, libre de aranceles, del ciberespacio. Lo digo en voz alta, ALTISIMA: Absténganse, bórrenme de sus apocalípticas listas, no me ofendo, lo juro, solo háganlo y ya.

Lo terrible de todo esto es que mientras voy exponiendo mi punto de vista en este post, corriendo el riesgo de ser percibida como una freak (lease: marciana), siguen arribando más advertencias en cadena. Y no es una broma, no exagero.


Viernes 12 de octubre
2.23 am.

…en el cruce de la avenida Arequipa con Aramburu, en Miraflores
(ojo, a solo unas pocas cuadras de mi casa), una mujer de aprox. 28 a 30 años me dijo que no sabía como buscar números en la agenda de su celular, me dijo que solo sus hijos sabían manejarlo y que por favor le ayude a buscar el número de una tal Gladis: yo le ayudé. Sentí que había algo extraño en todo eso y decidí irme rápido, prácticamente le tiré el celular y crucé la pista en cuanto cambió la luz del semáforo. En menos de un minuto sentí un cosquilleo en el dedo pulgar con el que había presionado todas las teclas fue rapidísimo, sentí algo grasoso en mi dedo y me limpié en la ropa, al rato se me adormeció la mano. Esa sensación subía por mi brazo, empiezo a tener mareos (obviamente, yo también) y a ver las cosas borrosas, luego mis piernas, casi ya no podía caminar, comencé a llorar y me imaginaba a mi familia llorando al costado de mi ataúd. Llegué a una esquina, como dos cuadras después de Aramburu, vi un lugar casi no recuerdo nada de ahí, me apoyé en un escritorio y a la chica que estaba ahí, que creo que era la recepcionista le dije que me habían hecho algo, mientras llamaban a Serenazgo. En la comisaría de Miraflores me dijeron que estos criminales son bandas que DOPAN a sus víctimas para robarles desde sus pertenencias hasta SUS ÓRGANOS, sí amigos, ¡¡TRAFICO DE ORGANOS!! (las mayúsculas no son mías, la elocuencia es ajena)

No puedo evitar leer estas líneas sin que una composición de Carl Orff inunde mi cabeza, no sé si a ustedes les pase lo mismo. Añádanle un poco de mi percusión cardíaca y listo ¿Acaso no es esto terrorismo? Perdonen, pero no encuentro otra palabra. Sí, claro que estoy asustada. Siento como una suerte de escalofríos; me descubro tocándome la panza como una reacción lógica de autoconservación, conservación de mis órganos. Mis vísceras, mis tripas, gracias a este intimidante vómito de signos electrónicos, pueden ser vendidas al mejor postor en el cruce de las avenidas Aramburu y Arequipa ¿Exagero? No, no lo hago.

Y el remate de este correo en cadena es genial: “POR FAVOR REENVÍEN ESTE MENSAJE A TODOS SUS FAMILIARES, AMIGOS Y DEMÁS PERSONAS PARA QUE ESTÉN ALERTAS”. Es decir, asustar a una sola persona no es suficiente, hay que hacerlo en masa:
¡Esparzan el terror!
¡Cuiden sus hígados, riñones, córneas!
¡No salgan de sus casas, los pueden cortar de lado a lado y coser luego con punto cruz!

Ahora estoy sudando, temo salir de mi casa y comportarme como una buena ciudadana ¿Qué pasa si decido ayudar a cruzar la pista a un viejecito? ¿Acaso terminaré dopada y secuestrada por una banda de octogenarios armados de detanduras postizas?.

¡BASTA!, ¡BASTA! y ¡BASTA!

Prefiero vivir en la ignorancia. Ahora, trataré de dormir con la esperanza de no encontrar mañana en mi bandeja de entrada, tras este post, el anunció del fin del mundo. Hasta mañana.

domingo, 30 de septiembre de 2007

BOCANADAS DE HORROR



El efecto que ejerce en mí la marihuana es siempre el mismo: suplantar la realidad por la ficción. En mi caso, no hay nada de maravilloso en este salto al vacío, para nada, créanme, fumar de la verde pradera de los Ingalls, solo me lleva a vivir de golpe escenas angustiantes, persecuciones, pesadillas, en resumen, me empuja a cogerle los pies a la muerte.
Recuerdo la segunda vez que fumé yerba, si no cuento la primera es porque no surtió efecto en mí. En fin, la segunda vez, estaba en casa, tomando una cerveza con K., mi mejor amiga del colegio, quien tuvo la brillante idea de fumar marihuana. Era la segunda vez para las dos. K. lo tenía planeado.

Armamos con dificultad un porro, lo roleamos con la vieja técnica del billete y lo encendimos. Primera pitada, nada, segunda, nada, tercera, nada: K. no siento nada ¿No estará pasada? Esta llena de pepitas. Fuma más R., fuma, a ver si con la yerba controlas tus taquicardias, puede ser el antídoto que necesitas eh! Además, es super natural. Cuarta pitada, nada, quinta, nada, sexta, nada. De pronto, suena el intercomunicador, venían a buscarnos. La puerta del primer piso estaba dañada, vivía en un décimo piso entonces, y K. se ofreció a bajar para abrir. Pasaron 30 segundos, un minuto y empezó de golpe la pesadilla. ¿Dónde está K.? ¿Por qué no regresa? ¿Por qué tarda tanto? Empecé a recorrer el departamento buscándola, no la encontraba, ¿K.? ¿Dónde estás K.? Recordé que había bajado al primer piso, traté de mirar la entrada del edificio desde una ventana para ver si lograba divisarla, no la encontraba, pensé entonces que solo quedaba una opción: a K. la estaba atacando un maniático, un loco que seguro la iba a violar y luego, como conclusión infame de su crimen, K. sería cercenada, cortada en trocitos. Baje las escaleras buscando en cada entrepiso a los asesinos ¿K.? ¿Dónde estás K.? Regresé sollozando a mi departamento y al empujar la puerta me tropecé al dar un paso y mi cabeza se estrelló contra la reja de entrada, me di tremendo cabezazo y empecé a reír, a reír como no lo hacia en tiempo. K. estaba sentada ya en la sala con unos amigos y, como si adivinara todo lo que acaba de vivir en tan solo cinco minutos, empezó a reír conmigo. K. y yo siempre tuvimos esta conexión especial, éramos grandes amigas, las mejores, habíamos aprendido a descubrir el mundo juntas, sin nadie más, solo las dos, dándonos tropezones en el camino, pero sobretodo riendo, riendo muchísimo. A K. la extraño siempre, ella no está más.

Siguiente pesadilla.

Viajé a Montañitas, una playa de Ecuador. En ese viaje J. insistía en que debíamos fumar pero, sobretodo yo, que yo R. debía fumar mucho porque “mi cabeza dura” necesitaba una dosis fuera de lo normal. A riesgo de sufrir ataques de taquicardia y paranoias demenciales acepté y fumé casi ocho pitadas de un porro para relajarme, para respirar distinto, para ver el mar de noche y tirarme panza arriba a ver la luna inmensa y las estrellas que viven huyendo del cielo de Lima. Cuando decidimos ir a caminar, aún sin sentir un cambio en mi estado de ánimo, vi a J. temblando, pensé que estaba a punto de morir, que iba a caer al suelo y quedar allí, tendido. Pero a parte de ser consciente de que la muerte de J. era inminente, estaba segura de que los habitantes de Montañitas no nos querían en su playa, querían echarnos, planeaban derribarnos y propinarnos tremenda golpiza. La consigna: Matar a los foráneos.

-Corre J. nos van a matar ¿Te sientes bien? Vamos a una posta, nos siguen.
-R. estás fumada tranquila, disfrútalo…
-Tenemos que encontrar una posta, sujétate de mi brazo. Nos están siguiendo ¿Qué hacemos? Reaccionaaaaaa...

Las taquicardias ametrallaban mi pecho, no me dejaban escuchar, me costaba respirar. Era un infierno. Si a eso le llaman relajarse un poco, debo decir que entonces no cambio mis taquicardias por nada. Prefiero mis sístoles y diástoles violentos, mi caja toráxica reventando incansable, mis fobias y miedos naturales, a ser linchada por un grupo de hippies asesinos. Me preguntaba entonces dónde había quedado todo el rollo de la paz y la lucha contra la guerra. Sentí un ligero mareo, creí desvanecerme, levanté la vista y estaba de pronto en una fiesta, en una gran fiesta en Montañitas. Era año nuevo. Sí, era año nuevo, nadie nos perseguía y J. bailaba feliz por la calle, incontrolable. Estaba sentada en la vereda tiritando de frío y tenía un hambre voraz. Compré una crepe de chocolate, otra de dulce de leche y las comí de golpe. Recuerdo el chocolate chorreándose por mis manos, brillante, chupe uno de mis dedos y otro y otro más y debo confesar que esas fueron, probablemente, las crepes más ricas que he comido en toda mi vida.

Escribo esta historia ahora, porque hace unos días una amiga me propuso tomar un vino y fumar un poco para relajarnos. Solo atiné a reír y a responderle, categóricamente: ¡NO! soy alérgica a la yerba. En fin, confío en no ser la única que abandona por instantes la realidad ¿A alguien le pasa lo mismo?

P.D. Aclaración:
Estoy preocupada, acaban de confundirme hace unos días en un periódico local con una reportera de televisión que se llama, si mal no recuerdo, Alexa Vélez. Ante esta infamia debo decir que yo soy R., R. Y no saben el mal que me hacen al confundirme con una periodista que denuncia gente y a la que deben perseguir u odiar. Yo solo exorcizo mis demonios en este blog y lucho contra mis taquicardias, taquicardias que con esta nueva noticia se han triplicado.
* Ilustración: Deviant Art homepage.

domingo, 9 de septiembre de 2007

CALAMBRES TERRENALES



Si desaparecí en las últimas dos semanas fue porque tuve que entregarme, indefectiblemente, a los azarosos brazos de la ciencia. Sí, como algunos de ustedes deben intuirlo ya, tras el terremoto, mi salud colapsó, colapsó como un edificio, como la torre de una iglesia en ruinas, como una grieta inmensa dividiendo mi cuerpo en dos. Las taquicardias aparecían entonces como pesadillas durante la noche creando sismos donde no existían, réplicas en una tierra calma, alertando a cada segundo que el fin del mundo era inminente. He tomado tantas pastillas que ya no recuerdo por qué debía tomarlas, he sido sometida a exámenes cardíacos, mi cerebro ha sido escaneado, pero nada, nada parece devolver el ritmo adecuado a mi caja toráxica. Mi cuerpo tiembla, la tierra no. Me he convertido en un temblor de carne y hueso, una suerte de taladro mecánico, una replica constante que desafía los 7 grados en la escala de Richter: el desastre va por dentro.

Ahora mismo les escribo desde un cuarto blanco, tan blanco que enferma. Las sábanas también son blancas, igual que esta bata que ante cualquier descuido expone mi desnudez, incluso en esta habitación hay rajaduras, grietas, taquicardias. Pero debo hacer una confesión, debo decirles por qué escribo este post desde esta clínica de baldosas celestes y duendes de traje blanco, debo confesarles, con tristeza y repulsión, que he descubierto que estos temblores tienen la inmunda particularidad de expulsar de este cuerpo lo peor de mí. Sí, cuando la tierra tiembla, el instinto de supervivencia, totalmente, animal, me convierte en una gran infeliz.

El 15 de agosto, el día del terremoto, visitaba a alguien a quien hubiera querido demostrarle todo lo contrario, a quien me hubiera gustado sorprender con una reacción madura, calmada, serena. Pero ¿Qué creen? Ocurrió todo lo contrario. No solo me desesperé al no encontrar columnas, gruesas columnas de fierro y concreto armado: No hay columnas, gritaba, ¡Dónde están las columnas! Hay que bajar, tenemos que salir. Bajé entonces desesperadamente las escaleras, saltando de dos en dos los peldaños, sin esperar que nadie más bajara, sin pensar en nadie, solo en mí, en R., y al llegar a la puerta del primer piso, me di cuenta que aún no estaba a salvo, que tenía que llegar a como de lugar a la calle. Y, entonces, en la reja que conducía finalmente a la vereda, a la salvación, percibí un obstáculo, sí, en ese momento todo lo que se interpusiera en mi camino lo veía como un obstáculo, un bulto, un enemigo. Y resulta que mi enemigo medía un metro y medio, arrastraba los pies, se movía con lentitud, se esmeraba por contener el castañeo de sus dientes y, sobretodo, por trabar la salida, sí, ese bulto en forma de viejecita con bastón, me impedía el paso. Debo decirles con tristeza que para mi era un obstáculo y, cuando se trata de temblores o terremotos, los obstáculos se vencen, así que obedeciendo a mis nervios, taquicardias y fobias, arremetí contra la viejecita, la moví de un empujón a un lado, la deje tambaleando sobre su bastón y salí primera a la calle, me salvé -si se puede llamar salvación a estar encerrada ahora en esta habitación esterilizada y fría. El temblor no tardó en acabar.

Unos segundos después el piso estaba quieto y volví a la realidad y entonces vi el rostro de terror de la anciana, de la mujer que acababa de atropellar, de embestir sin reparo alguno: no dejé de temblar. Mi cuerpo decidió castigarme saboteando mi salud. Los días siguientes intenté controlar mis miedos, someterme a una prueba de serenidad en cada réplica. No funcionó. En el primer remezón, hablaba por teléfono: tiré el celular al aire y salí corriendo. En la siguiente réplica salté de la cama, me resbalé al pisar el edredón y me fui de cara al suelo, para entonces, la tierra estaba quieta. El siguiente temblor lo padecí en Pisco, sí, mis jefes por trabajo me mandaron a la zona, y ahí por primera vez logré controlar un poco mi fobia, sobretodo, al observar con dolor las casas desplomadas, las calles de Pisco que más se asemejaban a las de una ciudad bombardeada, al ver a la gente deambulando sin entender qué había pasado, sin encontrar a sus familias, caminando en medio de una polvareda que los convertía en una suerte de fantasmas, de espectros, hombres llorando, mujeres secando sus mejillas empapadas en lágrimas negras, cogiendo las manos de sus familiares sin vida, cuerpos expuestos al sol, inertes y a la vista de todos, hombres y mujeres pidiendo a gritos: Agua y ataúdes, agua, solo un poco de agua.

Hoy no dejo de pensar ni un minuto en esos días, en la cara de terror de la viejecita, en los que vivieron el terremoto, en mí reacción animal, instintiva, en estas paredes blancas que me recuerdan que tras vivir este desastre, este desastre personal, los daños a simple vista parecen irreparables. Y en medio de todo esto, de esta crisis, de los intensos calambres de la tierra, leo nuevamente en los diarios que los murciélagos han vuelto. Ya cerré las ventanas, ¡Hasta Mañana!

* Ilustración: Photoshop de R.

domingo, 12 de agosto de 2007

Bright Eyes - At The Bottom Of Everything

Hace unas semanas, tomé un vuelo equivocado y una aterradora turbulencia me hizo pensar de pronto en el azar ¿Acaso mi error terminaría por expulsarme violentamente del juego? Preferí entonces pensar en algo distinto. Si el avión inicia una caída estrepitosa, yo R. continuaré sonriendo, como si estuviera en camino a una fiesta, a una celebración inolvidable, sin taquicardias ni sobresaltos, tal como el video de la canción At the bottom of everything, del grupo norteamericano Bright Eyes. Escúchenlo…

miércoles, 8 de agosto de 2007

MI PROBLEMA CON LOS GATOS

Mi edificio huele a pichi de gato. Sí, como lo oyeron, a PICHI DE GATO.

Hablo de una mezcla de olor entre ácido muriático y desinfectante quirúrgico, a pasto húmedo y putrefacto con una pizca de excremento de perro con parvovirus, una sensación insufrible, un ambiente fétido, en resumidas cuentas: un olor a mierda. Lo malo de este hedor felino no es que solo se impregna por días en mi ropa, en mi pelo y que queda adherido como una lapa en mi indefensa pituitaria, sino que despierta de golpe estas taquicardias incontrolables, estos sístoles y diástoles acelerados, con solo pensar en todas las enfermedades que flotan en el contaminado aire de mi edificio.
Vamos, ¿Acaso no saben que los gatos transmiten las toxoplasmosis? Yo lo sé muy bien y por eso convivo con la fobia de contraer ese virus horrendo, cada vez que cruzo, inevitablemente, la puerta del departamento 206.

Llevo ahora mismo en mi bolso un pañuelo empapado en alcohol, que sujeto fuerte contra mi nariz cada vez que cruzo esa casa repleta de toxoplasma gondii, ese parásito infame que ha elegido a los gatos como el lugar ideal para completar su ciclo de vida, esos bichos microscópicos que saben que verán la luz al final del túnel una vez que el gato los expulse en uno de sus excrementos cotidianos. Y sí, ahí, ese protozoario infernal, vuelve a la vida, resucita en cada hedionda torta de gato, y espera imperturbable, quieto, la llegada de una de sus víctimas, víctimas como yo R., el mejor bufón que el azar ha encontrado por estos lares.

Ahora mismo entré a Internet, para averiguar que síntomas debo detectar en mi cuerpo para saberme contagiada de toxoplasmosis: "...dolores musculares, dolor de cabeza y aumento del tamaño de los ganglios linfáticos". Me concentré en mi cuerpo, en silencio, intenté relajarme, solo para percibir si más allá de las taquicardias, mi organismo estaba ya infectado. De pronto sentí un dolor en la rodilla derecha, un malestar a la altura del cuello, la espalda un poco acalambrada, sentí un pequeño espasmo en el lóbulo derecho de mi cabeza, y los ganglios, parecen normales, pero como saber si tienen el tamaño natural si no suelo tocarlos nunca. Toxoplasmosis, no cabía duda, los parásitos se deslizaban ya por mi torrente sanguíneo, pronto empezaría a perder la vista, mi sistema nervioso central podría colapsar en cualquier momento y luego la luz al final del túnel, igual que los toxoplasma gondii en la caca de gato, el más allá, el viaje sin retorno. Sí, estaba infectada. Llamé entonces a Juan Francisco, un doctor amigo de la familia, lo levanté a las 11 de la noche, no importaba, quizá él podría salvarme:

-¡Hola! ¿Quién es?
- Juan Francisco, soy yo, R.
-¿Qué pasa R.? ¿Estás bien?
-No lo sé. Hay gatos en mi edificio y…
-¿Gatos? Y me llamas para decirme que hay gatos a esta hora…
-Es que estuve navegando en Internet y leyendo un poco sobre la toxoplasmosis; tú sabes, esa enfermedad que transmiten los gatos. Creo que tengo todos los síntomas. No sé que hacer, no sabía a quién llamar. Perdón.
-R. es cierto que los gatos trasmiten la toxoplasmosis, pero solo podrías haber contraído el virus si hubieras estado en contacto con las eses del gato ¿Acaso te las has comido?
-No, jajajaja…No, para nada, claro, solo que huele tan fuerte a orín de gato que esos parásitos deben estar flotando por todas partes, deben estar en el aire ¿no?
-¿Te comiste la caca de un gato sí o no?
-No, no, no, como se te ocurre, no, no...NO!
-Vuelve a dormir entonces, es imposible, relájate R. tienes que hacer algo con esas taquicardias, esas sí te mandarán a la tumba. Vuelve a dormir, hablamos mañana.
-Sí, disculpa Doc, creo que el olor me está enfermando. Adiós.

Acabo de hacer el ridículo, pero igual me sigo sintiendo extraña. No comí caca de gato, no he tocado la caca de gato, a las justas he visto la caca de gato, estoy bien, tengo que estar bien.
Mientras repetía una y otra vez mi mantra antitortafelina, decidí correr la cortina cuidadosamente y husmear desde la ventana de mi cuarto, espiar de reojo a mis vecinos ¿Cuántos gatos pueden tener ahí dentro? Las luces de la sala se encendieron y allí en medio de ese lugar logré divisar veinte gatos, cinco más en el cuarto que da a la ventana, dos en el marco de la puerta y otros dos saltando por los techos del edificio. Era el paraíso de los gatos, una suerte de refugio felino, como si los gatos después de morir, en lugar de ir al cielo, se desviaran hacia el departamento 206, el edén gatuno. 29 gatos, 29 ágiles caballos armados de afiladas garras, 29 miradas aterradoras y cacas infectadas, 29 potrillos cabalgados por microscópicos parásitos guerreros TG (toxoplasma Gondii) dispuestos a exterminar, a acabar con todo organismo vivo de mi edificio: Era el inicio de una Guerra Bacteriológica. Solo debo alejarme de la caca de gato, eso dijo Juan Francisco y eso mismo haré. No comí caca de gato, no he tocado la caca de gato… estoy bien, tengo que estar bien.


Ahora sorteo cada una de las cagadas que quedan regadas por las escaleras, atravieso aéreamente cada charco de pichi y logro controlar así a mis taquicardias. Por supuesto, sigo usando el pañuelo para proteger mi nariz de ese hedor gatuno. Los vecinos ya enviaron una carta a Digesa, piden el desalojo inmediato de los inquilinos y los felinos del 206. Espero que inicien pronto la retirada ¡Hasta mañana! Hoy me toca contar gatos.

* Ilustración: www.pixelgirlpresents.com