jueves, 21 de junio de 2007

ARRIT...MIA EN LAS ALTURAS


Hace unos días tuve que viajar a Huancayo por trabajo y les confieso que pensé que era la oportunidad perfecta para respirar un poco de aire puro, olvidar las taquicardias y dejar en Lima esa mochila repleta de estrés que tiende a desparramarse un poco más cada dia. Montada en el bus, escuchando Born on a train de Arcade Fire cerré los ojos y esperé que el amanecer me obligara a respirar distinto. El paisaje es genial, conocí a unas tejedoras extraordinarias que lograron masajear mis nervios tan solo con oír el sonido suave y veloz de sus palitos de madera y el aire, el aire, un desastre. Cada segundo una inmensa bocanada de diesel se estrellaba en mi cara, recordándome que allí como en Lima, la contaminación y todo ese rollo del calentamiento global es como un complicado discurso articulado en mandarin que, por cierto, nadie está dispuesto a descifrar.

En fin, mis pulmones ya se acostumbraron a los ricos baños de smog, en todo caso pensé, consumirán una dosis reducida de monóxido de carbono, porque ya la altura me obligaba a luchar por cada inhalada. El trabajo lo acabé en un par de días y tuve que tomar de inmediato un bus de vuelta a Lima. Un vez más mis oídos volvieron a escuchar a Arcade Fire y Los Planetas y mientras fui lamentándome de mis días difíciles escuchando Prefiero Bollitos caí profundamente dormida. Tres de la mañana, Ticlio me despierta con violencia, mi cabeza zapatea de terror y mi nariz batalla por arrebatarle un poco de aire a la endemoniada altura, descubro entonces que el bus se ha detenido y que se mantendrá inmóvil durante las próximas veinte horas. Adiós al descanso, a los días libres de estrés, taquicardias a mi. Señores pasajeros debo informales que la huelga de mineros nos impide llegar a Lima, sírvanse permanecer sentados en sus asientos hasta que se reanude el tránsito.

No había agua, no había comida y los baños gritaban desesperados que no soportaban una vejiga más en su hediondo territorio. Seis de la mañana, decidí que si quería escapar del infierno debía empezar por detectar entre la multitud a otros estresados como yo. Pensé entonces que con solo asustarlos un poco, plantear el panorama adverso que nos esperaba, lograría identificar a los míos: Estresados del mundo, uníos. Puse en marcha mi plan y debo confesar que exagerar un poco a veces surte efecto. La situación es clara les dije, en unos minutos su amigo de al lado, sí, ese que roncó toda la noche perderá la vergüenza y, tras un cumplidor perdón, lo asfixiara con tremendo pedo; la gorda de al lado, probablemente, cuando usted tenga hambre, ya habrá arrasado con todas las galletas y papas fritas del bus y eso, si no las ha expulsado ya para ese rato, en el mismo lugar donde usted pretendía buscar un poco de privacidad para hablar con Fujimori y Chávez a la vez. Sí, se habrán sacado los zapatos, no lo dude, lo hicieron ya hace un buen rato; el niño de atrás ya habrá empezado a llorar para entonces; mientras su compañero de asiento, tras un perdón más, volverá a soltar un pedo o dos. En fin, ¿Quién se anima a cruzar el piquete, tomar un bus y llegar a casa?¿Quién quiere una ducha caliente, un baño limpio, un plato de comida y huir del insoportable olor a desinfectante? Cogí entonces mi bolso sintiéndome la Indiana Jones de la región central, guardé una pequeña botella de agua y con solo dos personas aterradas empecé a caminar.

Dijeron que era una hora, hace dos horas atrás. El frío me congelaba la médula, el monóxido me provocaba arcadas y el esfuerzo físico hacia temblar mis piernas. Cuatro horas de caminata después, voilá, el famoso piquete, ese que mantenía a una interminable cola de buses detenidos, apareció. No crucen, están tirando piedras a los que quieren pasar. La gente corría en contra. De pronto una llamarada inmensa en medio de la pista, me pregunté entonces si existía algún lugar en el que pudiera refugiarme de las malas rachas, de los locos, de los traficantes chinos, de los extraños polvos blancos, de los murciélagos y de los ladrones de zapatillas. Mi taquicardia se confundía con el coro infernal de cláxones ¿Era acaso esta travesía que había emprendido una epifanía de lo absurdo? Quería profundamente que no lo fuera y que esta empresa que había iniciado a pesar de mi estrés fuera el comienzo de un nuevo episodio, un episodio con un final feliz. Si naciste con nervios de goma, del cielo te llueven las piedras.

Tomada de las manos de mis dos valientes compañeros de travesía corrimos con los ojos cerrados bordeando el fuego, a merced de los furiosos mineros y dispuestos, sin quererlo, a romper el record mundial de los 100 metros planos. Alguien gritó desde los cerros: Pasaron tres, tiren las piedras. Sin aire, con la adrenalina revoloteando en ese mar picado de mis taquicardias, con las taquicardias compitiendo con un tremendo dolor de cabeza, bajamos un cerro empinado, arrastrándonos con la panzas mirando al sol, volteando para sortear las piedras y no convertirnos en la chuza de ese grupo de desesperados mineros. Dos resbalones y un calambre después estábamos a salvo por fin del piquete y de las rocas con nombre propio. Quedaba entonces, media hora más de caminata, sin agua, claro, y con las rodillas enfrentándose una contra otra por el temblor inevitable de mis piernas. Por fin un destartalado camión se detuvo y decidió ceder el espacio libre que su ganado dejó, a un grupo de polizontes sedientos, con pelo color tierra y con ojos desesperados. Tres horas más tarde, por fin Lima, con su entrañable panza de burro y el incomparable smog, mi smog. Las ronchas y las magulladuras se esfumaron, el dolor de cabeza también, las taquicardias se agotaron de danzar, pero la sensación de vivir en un Perú dividido, aunque lo vea a diario, nunca deja de echar por los suelos mi ánimo. Últimamente, las piedras comienzan a robarle el papel protagónico a la lluvia.

miércoles, 6 de junio de 2007

COSA DE LOCOS (Segunda Parte)


Con la calma de vuelta en mi cuerpo y con las taquicardias contenidas, gracias a las páginas del "Elogio de la locura" de Erasmo de Rótterdam, he tomado aire para continuar con la demencial lista de personajes, todos ellos responsables de estos ataques inusitados de nervios, que cada vez son más frecuentes. De regreso a mi infancia, ahí estaba yo R., con el uniforme plomo interminable, larguísimo, cubriendo mis rodillas, pantorrillas y amenazando con envolver incluso mis tobillos, esa era una regla de oro para las monjas mercedarias, del colegio en el que estudiaba en Chimbote. Comienzo a pensar ahora, si debería incluir a ese grupo de pingüinos conservadores y cucufatos en la lista de los desequilibrados de mi vida ¿Acaso la madre Inmaculada ocuparía el primer lugar? En fin, como de costumbre llegaba del colegio muerta de hambre, con la lonchera azul vacía, ojo era inmensa y podía cargarla con mucho esfuerzo, y lista para arrasar con mi almuerzo y, por supuesto, el de mi hermana.

Bajaba con X. de la movilidad, sin taquicardias a la vista, cuando de pronto apareció un hombre totalmente desnudo, sí, en bolas, eran bolas de barro, estaba tan sucio El loco Calato que solo con una aguda y detenida observación podía visualizar sus ojos. Este desquilibrado sujeto venía caminando hacia estas dos pequeñas colegialas, asustadas a morir, hambrientas, asombradas con tan grotesca desnudez. Lo siguiente que recuerdo es a mi madre viendo aterrada esta espantosa escena, desde el tercer piso de la casa, y saliendo por la ventana con la carabina de mi hermano, rastrillada, apuntando sin temblar al Loco Calato, que pretendía quizá que ignoráramos su minimalista vestimenta, que pensáramos que sus medias con huecos eran suficientes para cubrir su anatomía y pedirnos, sin vergüenza alguna, que le diéramos un pan o con suerte dos. Mi madre solo atinó en ese instante a dar tiros al aire, tiros sin rumbo, a gritar: Oiga, no se acerqué, aléjese, chicas corran, pum, pum…No eran disparos mortíferos sino dolorosos, ráfagas de perdigones que se podían incrustar en la piel como aguijones y causar un dolor tremendo, atroz. Ese día perdí el apetito y no dejé de pensar en la posibilidad de que podría volver a topármelo. Y ese es mi recuerdo del Loco Calato, quien por cierto huyó despavorido de mi vida, con los pellejos al aire y dejando, por supuesto, una marca imborrable en mi memoria, una marca más en mi lista de episodios inquietantes, diría taquicárdicos.

Pero al parecer el destino había decidido reír un poco más sin mí y someter mis nervios de goma a otros dos sucesos delirantes. Así apareció en Lima un mal día, El loco Vuela-Vuela, un orate ingenioso que pretendía ser un avión de carne, hueso y pelos. Probablemente, el combustible era su sangre, las alas sus brazos, la energía su paso ligero y el sonido de despegue un grito ensordecedor, que estaba lejos de asemejarse al ruido de un avión:…lalalalalalalala…Sí, todos los días, durante tres años de mi vida, el Loco Vuela-Vuela se encargó de cortarme el sueño a las seis de la mañana, para despegar hacia su propio mundo, un mundo que nunca pude entender y menos visitar. Debo decir, sin embargo, que las cosas no marchaban mal con este desquiciado sujeto, obsesionado con el cielo y las alturas, bastaba con dejar la pista libre o, mejor dicho, la vereda libre cada mañana y dejarlo levantar vuelo, con total libertad, tomar velocidad, desplegar sus extremidades y volar, sí, volar, hacia donde solo él podía llegar. La clave estaba entonces en respetar su extraña rutina. La verdad que este loco alado parecía ser feliz y debo decir que a veces, esa alegría suya era del todo envidiable.

Con el paso del tiempo, aprendí a vivir con él, con el sonido de las suelas de sus zapatillas estrellándose contra el pavimento, con sus brazos largos cortando el viento y con ese repetitivo, lalalalalalala…arrullándome, había dejado de ser ya una tortura auditiva. Todo marchaba bien, como contaba, hasta una mañana en la que salí de casa bastante apurada, corriendo para no llegar tarde al colegio y por error, tremendo error, interferí uno de sus matutinos despegues. Recuerdo al Loco Vuela-Vuela venir corriendo sobre mí, a toda velocidad, con esas turbinas imaginarias de piel y sangre desafiando al viento y toda esa furia desbordada por haber interrumpido uno de sus ascensos ¿Quién era yo para anclarlo a tierra? ¿Quién era yo para traerlo de vuelta a esta imperfecta realidad? Me siguió una, dos cuadras, con aquel lalalalalala…retumbando mis oídos, pateando con violencia mis tímpanos, castigando mi falta de tacto. Ese era su aeropuerto, extraño o no, era suyo, y yo me había convertido de pronto en una suerte de polizonte en esa realidad alterna, en esa dimensión paralela que la verdad no lograba comprender.

Crucé la vereda avergonzada, asustada, con mis trece años a cuestas y con el pecho estallando con más intensidad que la turbina de un avión, corrí a casa sin importar las clases que perdía, espantada, para intentar calmar como fuera esas primerizas taquicardias mías. Disculpen, debo ahora respirar hondo por un instante, observar el suave movimiento de las palmeras, tomar un vaso de agua antes de continuar. Evocar algunas historias es a veces como volver a meter los pies en los viejos zapatos de entonces y créanme que en mi caso, no siempre es del todo agradable. Al fin pasó, ahora un loco más, El Loco Palma. Este personaje esquizofrénico es bisnieto del escritor Ricardo Palma, vive desconectado del mundo, deambulando por las calles de Lima y, cuando lo pude conocer, jalaba del cuello a un perro famélico, su único amigo, quizá porque no tenía voz para decir lo contrario, energías para abandonarlo y menos ladridos que pudieran ahuyentar de un mordisco a su alocado amo. El loco Palma estaba convencido que desde la gélida celda de la Base Naval del Callao, Vladimiro Montesinos, el ex asesor presidencial, lo escuchaba, lo espiaba y le mandaba mensajes amenazantes, entonces narraba aterrado: Dice que me van a matar, que a ti también te quieren matar, cuídate, están por todas partes.

viernes, 1 de junio de 2007

COSA DE LOCOS (PRIMERA PARTE)


Mi vida ha estado marcada de alguna extraña forma por los locos, sí, por los locos de atar. En una pared de mi casa guardo incluso de recuerdo un cuadro, que uno de estos sujetos desquiciados en un ataque de cordura y afecto me regaló, hablo del retrato de una mujer sin cabeza sin piernas y sin brazos que me dio el “El loco Palma”. Por alguna razón, al margen de los prejuicios, ha sido muy sencillo etiquetar a los locos de mi vida, por sus marcadas obsesiones con algún tema mundano. El trasfondo de esta historia es que estos sujetos desgarbados, vestidos de harapos y con los ojos pegados en una realidad paralela, distante, incomprensible, me asustan mucho y creo haber descubierto por qué o, mejor dicho, por quién: El loco Chupitos. Sí, este desequilibrado hombre, necesariamente, me obliga a remontarme al pasado, a mi infancia en Chimbote, a las calles peligrosas de este puerto del norte, que siempre termina despertando en mí sentimientos encontrados.

El loco chupitos formaba parte de la extraña fauna de Chimbote que rondaba las calles del centro de la ciudad. Y ahora que lo pienso, nunca logré descubrir cuál era su nombre, pero créanme que tampoco lo lamento. Lo que viene a mi memoria es la imagen de un personaje delgaducho, de unos veintipico años de edad, con la cara repleta de granos. Una imagen espantosa, horrenda, pero a ratos conmovedora ¿Un hombre loco y con granos podía conmover a alguien? La verdad es que sí, un poco. Ahora sé que en el fondo era un sujeto desamorado, con una anatomía monstruosa, que contradictoriamente no había renunciado al amor y que estaba convencido que si su físico hacia huir a las mujeres, la fuerza bruta y su desequilibrio mental las traerían de vuelta. Pero en fin, yo tendría 9 ó 10 años y el recuerdo que tengo de El loco Chupitos, es el de este personaje de una fealdad extrema, que tenía la aterradora costumbre de perseguir a las mujeres, sin importar su edad, levantarlas en peso y agarrarlas a besos por la fuerza, con todo lo que significaba ser besuqueada por un sujeto, que pedía a gritos un tratamiento intenso con un dermatólogo o al menos, un peeling.

Debo confesar que me salvé de las mañas amatorias de este solitario personaje, gracias a Dios, sí, gracias a que encontré abiertas de par en par las puertas de la iglesia San Carlos y a un corpulento fiel que estaba convencido que al prójimo no se le podía amar por la fuerza. El loco chupitos me persiguió por la plaza de armas de Chimbote, y ahora con alivio puedo decir que me salvé de palpar el abrupto terreno que cubría aquel rostro infame. Ese día recuerdo que lo vi sentado en una banca, solo, mirando el cielo, aturdido seguro por el olor intenso a pescado y perdido en medio del humo naranja de la siderúrgica, humo artificial que fungía de atardecer, quizá pensando en el amor que nunca tuvo y al que no estaba dispuesto a renunciar ni loco. Ese día no pude evitar contemplarlo, había escuchado tantas historias sobre él, lo había visto cargando algunas chicas y sometiéndolas a su recurrente tortura cutánea, que quería ver si lo volvía a hacer.

De pronto, su mirada extraviada encontró la de una niña asustadiza de diez años y de golpe se puso de pie y, quizá intimidado por mi escudriñadora observación, decidió seguirme y pegarme el susto de mi vida. Corrí, corrí como no lo había hecho en mis escasos diez años de vida y corrí para salvarme de esa pesadilla dérmica. Por suerte y, textualmente, gracias a Dios, encontré abiertas las puertas de la iglesia ¡Aleluya! Ese trago amargo no pude pasarlo tan fácil y lo he comprobado ahora, cuando siento la cercanía de un loco o cuando, por una necesidad laboral, tengo que pisar el Larco Herrera. Entonces, para conservar la calma y bajar el ritmo acelerado de mis taquicardias, solo me ayuda el evocar en ese instante la ecuanimidad del discurso de la locura, en el libro de Erasmo de Rótterdam: “…hay otra locura muy distinta que procede de mí, y que por todos es apetecida con la mayor ansiedad. Manifiéstase ordinariamente por cierto alegre extravío de la razón, que a un mismo tiempo libra al alma de angustiosos cuidados y la sumerge en un mar de delicias…”.

domingo, 27 de mayo de 2007

EL METRO DE PARIS



La primera vez que me sumergí en el metro de París, mis oídos colapsaron de éxtasis al ser sorprendidos por una inesperada marcha de violines. Melodías suaves, violentas, por segundos intensas, por minutos nostálgicas, pero, sobretodo, cuerdas enfrentadas contra cuerdas resucitando composiciones inmortales, resucitando, inevitablemente, cada pelo de mi cuerpo. Esta vez no habían sístoles y diástoles, solo el sonido de quince perturbadores stradivarius penetrando mis huesos. Pensé entonces que la cultura en París se respiraba incluso en un lugar tan utilitario y pragmático como un metro. Ahí estaba yo, detenida frente a un grupo de estudiantes de música, que había decidido sorprender, a esta humilde melómana con nervios de goma, con un impresionante espectáculo de música clásica. Descendí las escaleras, visiblemente, conmovida, hasta llegar al corazón del metro de París, la estación central: Chatelet. Aún recuerdo ese nombre Chatelet, Chatelet, Chatelet, tanto como esa palabra pegada, maravillosamente, en cada pasillo del subterráneo, “sortie”, salida, escape.



Esperaba la llegada del metro para dirigirme hacia la estación que me llevaría hasta el albergue, donde, por esos días, compartía el sueño con un grupo de japonesas, que habían llegado hasta la ciudad luz para comprarlo todo. Aguardaba, entonces, detrás de la raya amarilla, esperando atenta el sonido de la campana, cuando de pronto un hombre bastante desgarbado, que evidenciaba su existencia arrastrando los pies, se acercó a mí, sí, entre decenas de personas, me eligió a mí y no solo eso, me habló en francés, terrible equivocación, je ne parle pas francais, le dije. Con las señas entendí que quería un cigarro, segundo error, no fumo, la nicotina y el alquitrán, me pueden matar antes de tiempo y si algo deseo es llegar por lo menos a los 90 años con vida, no puedo esperar alcanzar a Juanita, mi abuela, quien ya pasó los 101. Pero en fin, no tenía cigarros, el mendigo algo molesto desistió y le pidió lo mismo al hombre que estaba parado a mi lado, mala suerte, él tampoco fumaba. De pronto, un esputo volador se estampó contra la cara del vecino, quien se limpió con un pañuelo y solo atinó a meter las manos dentro del bolsillo de su saco y empuñar una chaveta filuda, brillante, tan brillante que el contacto visual me hizo pestañear; el indigente fumador no se quedó tranquilo, sacó también de su mochila un cuchillo y, sin imaginarlo, yo R. estaba en medio de esa gresca, totalmente, asustada.

Chatelet estaba reventando de gente, las caras se encogían asombradas, aterradas y no encontraba un lugar a donde huir. Y no exagero cuando digo que sin problemas podía salir lastimada. Ambos lados estaban ya en posición, con las retinas dilatadas, cortando el viento con el acero, ambos listos para herir a su adversario ¿Se darían cuenta de que yo no era el enemigo? Estaban cerca, tan cerca, que solo atiné a encoger la barriga, cubrirme la cara, que vanidad, y empujar al resto, en un intento natural de supervivencia. La taquicardia me estaba matando. Y no entendía los insultos, no comprendía lo que decían, no entendía nada, solo podía leer sus gestos y créanme que no era suficiente, estaba parada en medio de una bruma idiomática que alteraba cada nervio de mi asustadizo organismo. Y de pronto clinnnnnnn, clinnnnnnn, no era el segundo round, era el hermoso metro de París, esa mole de acero y pura electricidad que se acercaba veloz para rescatarme. Se abrieron las puertas y me sumergí corriendo en las fauces metálicas de mi salvador. Aún sudando, creí oír a lo lejos los stradivarius evocando una aterradora composición de Wagner. Llegué temblando al albergue y ahí estaban mis amigas japonesas que no hablaban español, francés pero masticaban algo de inglés. Les conté que había estado en el metro de París y que un hombre tenía un cuchillo, mis amigas consumidoras y de ojos rasgados solo exclamaron sorprendidas y con las camaritas colgándoles del cuello: The man has a Knife? Sí, a knife, les dije, Ohhhhh! A knifeeeeeeeeeee…Nooooooo…Solo logré trasladarles mis taquicardias con tal efectividad, que decidieron asustadas no poner un solo pie en el metro de París ¡Que había hecho! Estresar a mi entorno. Ni en París había logrado relajarme del todo y no contenta con eso, había bombardeado a mis nuevas amigas con intensas ráfagas de tensión. Pero debo decir a mi favor algo, ésta no es una exageración mía. El azar estaba detrás de todo esto, jugando una vez con los hilos de mi vida. Dos días después, más tranquila, decidí enfrentar mis temores y bajé de nuevo al metro, llena de coraje, para ir a conocer el Palacio de Versailles. Esa trifulca inaugural, me repetía una y otra vez, fue sola una terrible coincidencia, solo una coincidencia. Pero la verdad no lo fue, me equivoqué, viajar a Versailles fue un infierno, un desafío más para mi cuerpo. Adiós, coraje.

Esta vez, dos hombres intentaron asaltar a unos amigos y, por supuesto, a mí. Hasta ahora me pregunto ¿Por qué nunca puedo estar excluida de estos insufribles episodios? No lo sé. En fin, llegamos a cambiar tres veces de vagón, intentamos perderlos de vista en cada una de las estaciones, pero fracasamos. Nos siguieron por media hora, se sentaban cerca, nos miraban fijamente. Era casi una suerte de tortura psicológica. En la penúltima estación por fin logramos correr por las escaleras mecánicas, atropellando en el camino a uno que otro franchute que gritaban a lo lejos consonantes y vocales enredadas, totalmente, incomprensibles. Que corno habrán dicho! Seguro mi madre pago pato, pollo y pavo. Mientras corría alterada por esos pasillos enredados solo atinaba a buscar esa milagrosa palabra: Sortie, escape, salida. Llegamos en segundos hasta la puerta de Versailles, jadeando como perros que huyen de sus amos, habíamos logrado por fin, perderlos de vista. Esa noche caminé sola hasta el Sena, me quedé por un rato mirando las luces, disfrutando la arquitectura en compañía de unos viejos faroles, pensé entonces en el azar y en ese raro imán que llevaba pegado al cuerpo y que se encargaba de atraer situaciones extrañas a mi vida. Al menos esa noche, el cielo parisino logró desterrar de mi pecho por un instante, esas incesantes taquicardias. Recordé entonces la marcha de los violines, ese sonido intenso y fui a dormir evocando los nostálgicos acordes de esos quince stradivarius del metro de París.

miércoles, 23 de mayo de 2007

DE BOMBAS, CORSOS Y GIGANTES


He decidido redecorar mi casa, comprar unos cojines, colgar unos cuadros y conseguir unas lámparas de papel chinas, mejor si son rojas por el feng shui. Dicen que el rojo tiende a atraer tranquilidad al hogar y la verdad es que esta casa y en vista de los crueles embates del azar, lo mejor es seguir de cabo a rabo ciertos consejos ancestrales. Iba a salir en busca de esas cálidas esferas que penden de las tiendecitas de la calle Capón, cuando recordé que casi perdí mi casa por una de esas pequeñas bolitas de papel maché. Fue en mis últimas vacaciones. Rosita, la mujer que se encarga de organizar mi vida, de limpiar el polvo blanco que se anticipa a las navidades, de ordenar mi casa luego de algún robo inesperado y de mantener las ventanas cerradas para evitar que algún murciélago irrumpa en mi casa, me contó aterrada que casi se incendia el departamento. En serio, que increíble, le dije entonces, comenzaba ya a perder, por esos días, mi capacidad de asombro.

Rosita me contó que dejo prendida la luz de una de las habitaciones y que, al día siguiente, cuando abrió la puerta, casi muere ahogada por la tremenda trompada que le prodigó en plena cara una insoportable nube de humo: la lámpara se había quemado, un cortocircuito seguro, y había terminado de achicharrarse, por suerte, en el parqué del cuarto.¿Cómo olvidarlo? Hasta hoy permanece dibujada en el suelo una simétrica aureola negra. Lámparas chinas descartadas. En fin, había decidido voltear la pesada página del pasado en esta casa, con todas las historias raras incluidas, y abrir las ventanas – solo por el día, ya saben que los murciélagos rondan Miraflores – y darle un nuevo respiro a la casa. Decidí empezar por sacudir el polvo de los muebles, cuando de pronto, la taquicardia, al mejor ritmo de Tiburón, tomó por asalto mi caja toráxica. Allí en el mueble crema, limpio, delicado, una inmensa huella de zapato, kilométrica, el zapato de un gigante podría decirse, abarcaba casi la totalidad del cojín ¿Qué era eso?¿Quién había saltado sobre un pie sobre mi diáfano mueble?¿Acaso había alguien en la casa? Ya estaba sudando. La música asfixiante de Tiburón retumbaba por todo mi cuerpo. Solo quedaba una salida: revisarlo todo.

Busqué en cada habitación, debajo de las camas, en los closets, detrás de las cortinas, de las mesas de noche – como si alguien pudiera caber ahí - detrás de las puertas, en la cocina, en los gabinetes, repisas, en los lugares más estúpidos, imposibles, delirantes, allí busqué también. La tina, el tacho de la ropa sucia, los cajones, los lugares ridículos, los más ridículos de todos. Nada, no había nada. Siguiente paso: comparar la huella con el zapato de mi hermano; el calza 43, no podía ser tan grande. Cogí una zapatilla, la medí detenidamente, y la diferencia era terrorífica, esa debía ser la huella de un hombre que calzaba quizá 52 ¿Existe acaso esa talla?¿De dónde pudo salir? O acaso me había encogido y en cualquier momento tendría que empezar a correr para evitar ser devorada por una hormiga. Era una huella grande en un mueble crema, una sola huella, no dos, una anormal marca negra que embarraba todo el cojín del sofá. Aturdida decidí olvidar el asunto, tirarlo a la espalda, total, no había nadie en la casa, estaba vacía. Sumaría este episodio, al del inexplicable polvo blanco. Quizá necesitaba un baño con esas bombas relajantes efervescentes, necesitaba que una espuma tan alocada como yo cubriera por completo mi cabeza y se llevara, con suerte, a punta de burbujas, todo el estrés de mi organismo. Eso haría, que las burbujas aplaquen mi neurosis.

Estaba lista entonces, cuando de pronto un sonido ensordecedor, volvió a crisparme los nervios. Bum, bum, bummm ¿Una bomba? Sí, era una bomba. Yo había vivido de cerca la de Tarata, había estado a una cuadra de la bomba colocada en el Hotel Maria Angola y a unos pocos metros de la explosión en el instituto Libertad y democracia. Una bomba, de nuevo una bomba. No me iban a sorprender esta vez, ya había aprendido, meticulosamente, las técnicas de supervivencia. En tiempo de guerra, cuerpo a tierra. En caso de bomba, siga estos pasos: tírese al suelo, aléjese de los vidrios, cubra su cabeza con la manos, abra la boca, separe las piernas, cierre los ojos y, si es católico, rece, si no lo es, hágalo también. Lo espantoso de este episodio, es que tuve que cumplir con todo el ritual antibombas desnuda. Recuerdan que tras la huella había decidido meterme a la tina para relajarme, bueno pues, acababa de poner el primer pie en el agua, cuando el estallido me sorprendió sin ropa. Sí, desnuda, en bolas, como Don Antonio.

Avance agachada hasta la habitación para traer hasta el baño mi teléfono. De nuevo, bum, bum, bummm. Miraflores, otra vez en llamas. Ya podía escuchar en mi subconsciente las sirenas, las ambulancias, los bomberos. Hola Rafael, oíste, una bomba de nuevo, estoy muerta de miedo y tirada en el baño boca abajo sin ropa, justo me iba a meter a la ducha, estoy aterrada, temo cortarme con los vidrios, hay ventanas por toda la casa, estoy encerrada en el baño. R. vístete por favor ¿Sabes que día es hoy? No, respondí. Dentro de dos días es 28 de julio y el Corso de Wong acaba de terminar su recorrido y ya empezó el fantástico espectáculo de fuegos artificiales, no hay bombas. Por favor R. tienes que hacer algo con esos traumas. Sí, vestirme. Estaba más roja que un camarón, totalmente abochornada, la vergüenza era tal que pensé que ese color rojo tan intenso invadiendo toda mi cara, terminaría convirtiéndose en una suerte de alergia ¡El Corso de Wong! Claro. Si alguien quería saber que tipo de traumas y efectos colaterales pueden producir en una persona la exposición a la violencia senderista, no indaguen más, la respuesta en mi caso es evidente: El ridículo. El efecto más bochornoso de todos. Ese que te quita el sueño, te paraliza la respiración y te arranca el pecho a punta de taquicardias estúpidas. Desde entonces, para evitar el ridículo, ese efecto colateral que dejó tan arraigado en mi Sendero Luminoso, cada 28 de julio procuro estar en el Parque Kennedy, levantar la vista al cielo, disfrutar de ese grupo de lucecitas centellando sobre mi cabeza y de paso no olvidar de nuevo que el bummm! No es otra bomba sino el tradicional Corso de Wong.

domingo, 20 de mayo de 2007

LA CABEZA DEL RAWÍ


Hace unos días, uno de mis hermanos recordó un poema del nicaraguense Ruben Darío: "La cabeza del Rawí". Y entonces caí en la cuenta que era uno de los favoritos de El Viejo enterrador de la comarca. Este peculiar personaje, a quien tuve la suerte de conocer gracias a la imaginación de mi padre, recitaba de corrido el poema de Darío, como un exquisito preámbulo de esas inolvidables noches de cuentos sin bombillas. Este es tan solo un pequeñísimo homenaje a mis padres.








LA CABEZA DEL RAWÍ


(Cuento oriental)



I



¿Cuentos quieres, niña bella?


Tengo muchos que contar:


de una sirena de mar,


de un ruiseñor y una estrella,


de una cándida doncella


que robó un encantador,


de un gallardo trovador


y de una odalisca mora,


con sus perlas de Bassora


y sus chales de Lahor.



II



Cuentos dulces, cuentos bravos,


de damas y caballeros,


de cantores y guerreros,


de señores y de esclavos;


de bosques escandinavos


y alcázares de cristal;


cuentos de dicha inmortal,


divinos cuentos de amores


que reviste de colores


la fantasía oriental.



III



Dime tú: ¿de cuáles quieres?


Dicen gentes muy formales


que los cuentos orientales


les gustan a las mujeres;


así, pues, si eso prefieres


verás colmado tu afán,


pues sé un cuento musulmán


que sobre un amante versa,


y me lo ha contado un persa


que ha venido de Hispahán.



IV




Enfermo del corazón


un gran monarca de Oriente,


congregó inmediatamente


los sabios de su nación;


cada cual dio su opinión,


y sin hallar la verdad


en medio de su ansiedad,


acordaron en consejo


llamar con presura a un viejo


astrólogo de Bagdad.



V



Emprendió viaje el anciano;


llegó, miró las estrellas;


supo conocer en ellas


las cuitas del soberano;


y adivinando el arcano


como viejo sabidor,


entre el inmenso estupor


de la cortesana grey,


le dijo al monarca: —!Oh Rey!


Te estás muriendo de amor.


VI



Luego, el altivo monarca,


con órdenes imperiosas


llama a todas las hermosas


mujeres de la comarca


que su poderío abarca;


y ante el viejo de Bagdad,


escoge su voluntad


de tanta hermosura en medio,


la que deba ser remedio


que cure su enfermedad.


VII



Allí ojos negros y vivos;


bocas de morir al verlas,


con unos hilos de perlas


en rojo coral cautivos;


allí rostros expresivos;


allí como una áurea lluvia,


una cabellera rubia;


allí el ardor y la gracia,


y las siervas de Circasia


con las esclavas de Nubia.



VIII



Unas bellas, adornadas


con diademas en las frentes,


con riquísimos pendientes


y valiosas arracadas;


otras con telas preciadas


cubriendo su morbidez;


y otras, de marmórea tez,


bajas las frentes y mudas,


completamente desnudas


en toda su esplendidez.



IX




En tan preciada revista,


ve el Rey una linda persa


de ojos bellos y piel tersa,


que al verle baja la vista;


el alma del Rey conquista


con su semblante la hermosa,


y agitada y ruborosa


llena de temor


cuando el altivo Señor


le dice: —Serás mi esposa.



X



Así fue. La joven bella


de tez blanca y negros ojos,


colmó los reales antojos


y el Rey se casó con ella.


¿Feliz, dirás, tal estrella,


Emelina? No fue así:


no es feliz la Reina allí


la linda persa agraciada,


porque ella está enamorada


de Balzarad el rawí.



XI




Balzarad tiene en verdad


una guzla en la garganta,


guzla dúlcida que encanta


cuando canta Balzarad.


Vióle un día la beldad


y oyó cantar al rawí;


de sus labios de rubí


brotó un suspiro temblante...


Y Balzarad fue el amante


de la celestial hurí.



XII



Por eso es que triste se halla


siendo del monarca esposa,


y el tiempo pasa quejosa


en una interior batalla.


Del Rey la cólera estalla,


y así le dice una vez:


—Mujer llena de doblez:


di si amas a otro, falaz.—


Y entonces de ella en la faz


surgió vaga palidez.



XIII



—Sí —le dijo—, es la verdad;


de mi destino es la ley:


yo no puedo amarte, ¡Oh Rey!


porque adoro a Balzarad.—


El Rey, en la intensidad,


de su ira, entonces, calló;


mudo, la espalda volvió;


mas se vía en su mirada


del odio la llamarada,


la venganza en que pensó.



XIV



Al otro día la hermosa


de parte de él recibió


una caja que la envió


de filigrana preciosa;


abrióla presto curiosa


y lanzó, fuera de sí,


un grito; que estaba allí


entre la caja, guardada,


lívida y ensangrentada


la cabeza del rawí.



XV



En medio de su locura


y en lo horrible de su suerte,


avariciosa de muerte


ponzoñoso filtro apura.


Fue el Rey donde la hermosura,


y estaba allí la beldad


fría y siniestra, en verdad,


medio desnuda y ya muerta,


besando la horrible y yerta


cabeza de Balzarad.



XVI



El Rey se puso a pensar


en lo que la pasión es,


y poco tiempo después


el Rey se volvió a enfermar.

jueves, 17 de mayo de 2007

EL VIEJO ENTERRADOR DE LA COMARCA


Hace unos días, en un intento por exorcizar las malas vibras de mi rincón apacible y no renunciar, sobretodo, a la compañía de mis viejas amigas, decidí invitar a un grupo de camaradas para callar esta vez y escuchar las historias del resto, quería descubrir si soy o no normal como todos. Dejé a un lado los avisos económicos, la búsqueda de una casa y el miedo inminente a equivocarme otra vez. Me relajé, como no lo hacia en mucho tiempo, tomé una lata de cerveza y me dejé embriagar por un instante por la voz impresionante de Billy Holiday. Escuche entonces a los otros. Los otros hablaron de sus trabajos, de sus departamentos, de sus novios, novias y, sobretodo, de lo gratificante y delicioso que era para cada uno de ellos, llegar cada noche a sus hogares. Por supuesto, sin murciélagos, ataúdes, vecinos en bolas, traficantes y demás situaciones freak, que se habían convertido ya en parte de mi vida. Sonaba, realmente, envidiable, casi imposible de alcanzar, dormir sin sobresaltos y taquicardias ¡Que lujo! En fin, hablaron de sus vidas, de su infancia, de esta evocación recurrente a los dibujos animados de hace veinte años atrás, recordaron juegos, su primer Nintendo o Atari, volvieron, casi con desesperación, a esa época en la que con las justas, alcanzaban de puntillas el tablero de la mesa del comedor. Me sentí cómoda, libre de estrés, sumergida en ese grato humo de cigarrillo que solo permitía el uso de pretéritos. Fue entonces que, con los huesos relajados y el cuello distendido, me animé a contarles una historia, un episodio inolvidable de mi infancia. En esos tiempos tenia ocho años y no todo giraba entorno al bar El Tiburón y a sus sangrientas cirugías callejeras. Estaba también El viejo enterrador de la comarca.


Recuerdo que el seño fruncido ya invadía entonces mi pequeña frentecita, evidenciando a mi corta edad, esta personalidad estresada con la que debo lidiar ahora. Debo confesar que El viejo enterrador de la comarca, aún me aterra pero a la vez agrada. En fin, sábado por la noche, jugaba sola como de costumbre, a mi hermana X. no le gustaban esas cosas, ella leía y dibujaba, yo como era una niña, decía X., debía jugar, la verdad es que me gustaba hacerlo. Yo la pequeña r. cargaba entonces con una livianísima mochila de ocho años. X. con una de once. Era sábado y las luces se apagaban -en Chimbote los apagones no eran producto del terrorismo, sino el resultado de una acostumbrada falla eléctrica. Toda la casa quedaba envuelta en la más absoluta oscuridad, yo buscaba de inmediato la mano de X.. Mi hermano, el mayor, aparecía, raudamente, en el cuarto, listo para protegernos y siempre con uno de sus cuchillos de campo en la mano. Mi madre, extrañamente, no estaba.


De pronto, en el fondo de la casa percibíamos el sonido de un andar cansado, lento, aproximándose de a pocos a donde estábamos. Sí, era él, mi padre: El viejo enterrador de la comarca. Este personaje llegaba, directamente, desde la imaginación de mi padre a contarnos una historia escalofriante, sin filtros ni ningún tipo de restricciones, crudeza y ficción descarnada. El viejo enterrador había bajado la llave general y estaba listo para empezar la función. No lográbamos ver nada. Mi cuerpecito temblaba, sujetaba atemorizada la mano de X., sudaba y no sé si eran taquicardias entonces, pero mi pecho revoloteaba desesperado. La voz ronca y extremadamente pausada del viejo enterrador, nos pedía que hiciéramos primero una ofrenda al muqui, al duende de las minas, para prevenir así alguna tragedia futura. Sacábamos caramelos, chocolates y demás golosinas, adiós a los provisiones infantiles. Yo estaba convencida de que al muqui no quería topármelo en persona y menos a oscuras. El viejo enterrador nos contaba la historia de aquel pobre hombre que quedó encerrado en un barco fantasma cuando la nave recién se construía, un hombre atrapado entre paredes de madera gruesa, que gritaba, se lamentaba, torturando noche tras noche a los tripulantes de la embarcación. También el episodio de aquel cementerio en Huambacho, ubicado a pocos minutos de la playa Tortugas, que por las noches liberaba una carga de energía de otro mundo, del mundo de los muertos, y que justo esa energía conseguía apoderarse y controlar los volantes de los conductores, que atravesaban la zona, provocando accidentes de lo más sangrientos, con el único objetivo de sumar una cruz a su extenso terreno.

Pero lo bueno comenzaba cuando El viejo enterrador de la comarca se levantaba de pronto, caminaba unos pasos hacia la cocina, regresaba arrastrando los pies hasta el cuarto, chorreando sangre –solo ahora descubrí que era salsa de tomates. Pero entonces parecía muy real. Gritaba, se quejaba, lloraba. Mi madre aparecía, de un momento a otro, en escena para desafiar al viejo enterrador y éste bastante mortificado terminaba ahorcándola y embadurnándola de sangre también. Yo recuerdo que lloraba, lloraba incontrolablemente, mientras el viejo enterrador, mi padre, nos perseguía para atraparnos y ahorcarnos. Lloraba desconsolada por mi madre, a quien veía tendida en el suelo, muerta y lloraba porque temía convertirme en una víctima más de ese aterrador personaje. La casa continuaba a oscuras. Conmovida, mi madre me abrazaba y el viejo enterrador se limpiaba el ketchup que tenía por toda la cara: R. somos nosotros, no llores más, es solo una historia. Recuerdo que eran noches de terror, de angustia, de un estrés en ciernes. No sé porque un silencio extraño ha invadido de pronto la comodidad de este encuentro. R. escucha, no es normal, esta lejos de serlo. Quizá sí explica mucho, esas taquicardias, esos miedos, deberías contárselo a un psicólogo. Preferí no hacerlo. Para mí esos días raros, extraños, poco convencionales, algo aterradores, freaks, taquicárdicos, siempre despiertan en mi lo mismo, un cariño desmedido por mi familia.