domingo, 12 de agosto de 2007

Bright Eyes - At The Bottom Of Everything

Hace unas semanas, tomé un vuelo equivocado y una aterradora turbulencia me hizo pensar de pronto en el azar ¿Acaso mi error terminaría por expulsarme violentamente del juego? Preferí entonces pensar en algo distinto. Si el avión inicia una caída estrepitosa, yo R. continuaré sonriendo, como si estuviera en camino a una fiesta, a una celebración inolvidable, sin taquicardias ni sobresaltos, tal como el video de la canción At the bottom of everything, del grupo norteamericano Bright Eyes. Escúchenlo…

miércoles, 8 de agosto de 2007

MI PROBLEMA CON LOS GATOS

Mi edificio huele a pichi de gato. Sí, como lo oyeron, a PICHI DE GATO.

Hablo de una mezcla de olor entre ácido muriático y desinfectante quirúrgico, a pasto húmedo y putrefacto con una pizca de excremento de perro con parvovirus, una sensación insufrible, un ambiente fétido, en resumidas cuentas: un olor a mierda. Lo malo de este hedor felino no es que solo se impregna por días en mi ropa, en mi pelo y que queda adherido como una lapa en mi indefensa pituitaria, sino que despierta de golpe estas taquicardias incontrolables, estos sístoles y diástoles acelerados, con solo pensar en todas las enfermedades que flotan en el contaminado aire de mi edificio.
Vamos, ¿Acaso no saben que los gatos transmiten las toxoplasmosis? Yo lo sé muy bien y por eso convivo con la fobia de contraer ese virus horrendo, cada vez que cruzo, inevitablemente, la puerta del departamento 206.

Llevo ahora mismo en mi bolso un pañuelo empapado en alcohol, que sujeto fuerte contra mi nariz cada vez que cruzo esa casa repleta de toxoplasma gondii, ese parásito infame que ha elegido a los gatos como el lugar ideal para completar su ciclo de vida, esos bichos microscópicos que saben que verán la luz al final del túnel una vez que el gato los expulse en uno de sus excrementos cotidianos. Y sí, ahí, ese protozoario infernal, vuelve a la vida, resucita en cada hedionda torta de gato, y espera imperturbable, quieto, la llegada de una de sus víctimas, víctimas como yo R., el mejor bufón que el azar ha encontrado por estos lares.

Ahora mismo entré a Internet, para averiguar que síntomas debo detectar en mi cuerpo para saberme contagiada de toxoplasmosis: "...dolores musculares, dolor de cabeza y aumento del tamaño de los ganglios linfáticos". Me concentré en mi cuerpo, en silencio, intenté relajarme, solo para percibir si más allá de las taquicardias, mi organismo estaba ya infectado. De pronto sentí un dolor en la rodilla derecha, un malestar a la altura del cuello, la espalda un poco acalambrada, sentí un pequeño espasmo en el lóbulo derecho de mi cabeza, y los ganglios, parecen normales, pero como saber si tienen el tamaño natural si no suelo tocarlos nunca. Toxoplasmosis, no cabía duda, los parásitos se deslizaban ya por mi torrente sanguíneo, pronto empezaría a perder la vista, mi sistema nervioso central podría colapsar en cualquier momento y luego la luz al final del túnel, igual que los toxoplasma gondii en la caca de gato, el más allá, el viaje sin retorno. Sí, estaba infectada. Llamé entonces a Juan Francisco, un doctor amigo de la familia, lo levanté a las 11 de la noche, no importaba, quizá él podría salvarme:

-¡Hola! ¿Quién es?
- Juan Francisco, soy yo, R.
-¿Qué pasa R.? ¿Estás bien?
-No lo sé. Hay gatos en mi edificio y…
-¿Gatos? Y me llamas para decirme que hay gatos a esta hora…
-Es que estuve navegando en Internet y leyendo un poco sobre la toxoplasmosis; tú sabes, esa enfermedad que transmiten los gatos. Creo que tengo todos los síntomas. No sé que hacer, no sabía a quién llamar. Perdón.
-R. es cierto que los gatos trasmiten la toxoplasmosis, pero solo podrías haber contraído el virus si hubieras estado en contacto con las eses del gato ¿Acaso te las has comido?
-No, jajajaja…No, para nada, claro, solo que huele tan fuerte a orín de gato que esos parásitos deben estar flotando por todas partes, deben estar en el aire ¿no?
-¿Te comiste la caca de un gato sí o no?
-No, no, no, como se te ocurre, no, no...NO!
-Vuelve a dormir entonces, es imposible, relájate R. tienes que hacer algo con esas taquicardias, esas sí te mandarán a la tumba. Vuelve a dormir, hablamos mañana.
-Sí, disculpa Doc, creo que el olor me está enfermando. Adiós.

Acabo de hacer el ridículo, pero igual me sigo sintiendo extraña. No comí caca de gato, no he tocado la caca de gato, a las justas he visto la caca de gato, estoy bien, tengo que estar bien.
Mientras repetía una y otra vez mi mantra antitortafelina, decidí correr la cortina cuidadosamente y husmear desde la ventana de mi cuarto, espiar de reojo a mis vecinos ¿Cuántos gatos pueden tener ahí dentro? Las luces de la sala se encendieron y allí en medio de ese lugar logré divisar veinte gatos, cinco más en el cuarto que da a la ventana, dos en el marco de la puerta y otros dos saltando por los techos del edificio. Era el paraíso de los gatos, una suerte de refugio felino, como si los gatos después de morir, en lugar de ir al cielo, se desviaran hacia el departamento 206, el edén gatuno. 29 gatos, 29 ágiles caballos armados de afiladas garras, 29 miradas aterradoras y cacas infectadas, 29 potrillos cabalgados por microscópicos parásitos guerreros TG (toxoplasma Gondii) dispuestos a exterminar, a acabar con todo organismo vivo de mi edificio: Era el inicio de una Guerra Bacteriológica. Solo debo alejarme de la caca de gato, eso dijo Juan Francisco y eso mismo haré. No comí caca de gato, no he tocado la caca de gato… estoy bien, tengo que estar bien.


Ahora sorteo cada una de las cagadas que quedan regadas por las escaleras, atravieso aéreamente cada charco de pichi y logro controlar así a mis taquicardias. Por supuesto, sigo usando el pañuelo para proteger mi nariz de ese hedor gatuno. Los vecinos ya enviaron una carta a Digesa, piden el desalojo inmediato de los inquilinos y los felinos del 206. Espero que inicien pronto la retirada ¡Hasta mañana! Hoy me toca contar gatos.

* Ilustración: www.pixelgirlpresents.com

martes, 31 de julio de 2007

ME DECLARO CULPABLE



Hoy, algo influenciada por la blanquirroja batiéndose a golpes contra el viento en cada esquina de la ciudad, se me ocurrió de pronto que yo R. también necesitaba mi propia declaración de independencia y por qué no, gritarla, expulsarla a punta de alaridos de mi cuerpo, agrietar con un DO sostenido las cuatro paredes que me rodean y abolir, por lo menos por un día, las taquicardias, los nervios, las angustias y demás torturas que atacan a menudo mi cuerpo, mi torrente sanguíneo, mi cabeza:

“Yo, R., me declaro libre e independiente del estrés, libre de todos mis tormentos”, y esto, a riesgo de perder cierta dosis de ternura que solo una persona, ¡increíblemente!, percibe en mi exagerada existencia.

Comencé entonces por crear un ambiente distinto y empezar con detalles triviales como prender un incienso, una velita misionera a falta de velas olorosas y colocar un disco de Cat Power. Inundada ya mi cabeza con la música del disco YOU ARE FREE decidí entonces, inundar también mi cuerpo con agua, darme uno de esos baños reconfortantes, sobretodo relajantes, y deshacerme por un día de estas infames taquicardias. Llené la tina, eche un poco de sales de baño, espumas aromáticas a discreción y solté en ella una de esas bombas efervescentes antiestrés que tienen la particularidad de masajear a carcajadas cada centímetro de mi cuerpo. Respiré entonces profundo, sumergí mi cabeza en el agua, hasta el último de mis rebeldes rulos, y convencida de que nada podría arruinar este momento, ni siquiera mi amiga de crin ploma, esa que me reta en las escaleras del edificio, cerré los ojos y remojé todo mi desordenado archivador cerebral: Ahhhhhhhhhh!!!

Recordé de pronto una frase que hace unos días pasó por mi cabeza y que aún no logro sacármela: ¿Acaso la vida se confunde a veces con el olor de los cementerios? Sí, esta frase revoloteaba incontrolable en mi cerebro hace más de un año, una etapa oscura de mi vida, en la que comprobé el temor que puede infundir la posibilidad de despertar una mañana sintiendo que estás muerto en vida, que hueles a polvillo óseo. Hablo de no encontrar ni una pizca de lo que fuiste en el espejo y asustarte al ver frente a tus ojos a un completo extraño. Hoy, felizmente, y a pesar de mis taquicardias y nervios de goma, debo confesar con una inmensa sonrisa triangular y equilátera, que por suerte sigo reconociéndome en el espejo y que, por alguna razón, el reflejo no luce nada mal.

En fin, mientras estas ideas seguían zambulléndose conmigo, me descubrí de pronto sonriendo; recordaba lo mucho que disfruté bailando un poco de salsa hace unos días, vi a mis fieles all-star acariciando sin ritmo el suelo pero jugando a la vez con él. Pensé entonces en una frase de Sabina que me gusta mucho: "Bailar es soñar con los pies". Gracias a estas palabras, logré mantener bajo el agua mi gran sonrisa y también olvidar la crueldad de haber sido descartada en la pista de baile, por cargar con dos pies izquierdos. Me basta saber que ese día mis pies soñaron y mi cabeza también.

De pronto un ruido me regresó a la superficie de la bañera, un sonido algo extraño que no logré distinguir me despertó, pero preferí no darle rienda suelta a las taquicardias, no alertarlas por lo menos hasta que llegue a su fin este día, este único día, en el que celebraba MI declaración de independencia.

Volví a sumergirme. Mi caja toráxica ha vuelto a retumbar de nuevo asesinando con crueldad la voz de Cat Power. Lo único que hice esta vez fue pensar en el color púrpura o, mejor dicho, en una novedosa presencia púrpura, que podría llamar a la puerta con un atado de albahaca escondido en la espalda o quizá con un dulce de moras, solo porque el morado es su color favorito. Pero, a riesgo de arruinar este cautivador escenario imaginado en campos repletos de uvas, debo confesar que esta declaración de independencia muy mía y muy a mi estilo, es en el fondo una carta abierta y, sí, también liberadora, que pretende, sobretodo, gritar sin restricciones, sin censuras, lo mucho que valoro hoy mi espacio, estas bocanadas de aire que son solo mías, este rincón con taquicardias, murciélagos, ratas, vecinos locos y viejos enterradores de la comarca; este pequeño espacio que me ha costado reconstruir y que ahora protejo con vehemencia, para evitar exponerlo a los demonios ajenos. Sí, quizá sea temor, miedo, en todo caso, me declaro culpable.

El agua se ha enfriado ya.

Abandoné la tina y todas esas gollerías acuáticas para refugiarme en una bata y descansar. Cuando fui en busca de una toalla extra descubrí que el azar había estado acechándome todo este tiempo, quizá por una rendija, quizá por el agujero de la cerradura, para sorprenderme una vez más con uno de sus infames escenarios. En el umbral de la habitación donde guardo las toallas, descubrí de pronto mi reflejo en el piso, me vi en un gran espejo de agua que, extrañamente, olía a sales aromáticas, por alguna extraña razón y por alguna rara conexión en las cañerías, el cuarto estaba inundado y una extensión repleta de enchufes y rebosante de energía descansaba sobre el agua. Retrocedí de inmediato sorteando esa trampa mortal y para evitar los calambres eléctricos, bajé la llave general y, con mi pijama a cuadros remangada, sequé todo el piso a oscuras ¿Acaso es necesario decirles que, a esas alturas, la declaración de independencia, libre de estrés, se había ido ya a la mierda? No lo creo. Hasta mañana, esta noche contaré ovejas moradas, adiós.
*Imagen: Psicosis - Alfred Hitchcock

sábado, 14 de julio de 2007

LA RATA


Bigotes largos y delgados, como agujas, ubicados simétricamente a ambos lados de esa temible cara; crin ploma, tupida, color smog, horrenda, húmeda por la llovizna insoportable de aquella noche rata; ojos negros con un destello amedrentador como dos pelotas de vidrio observándome poderosos, desde uno de los peldaños de mi escalera. Hola! Vengo desde las entrañas del azar para resucitar esas vehementes taquicardias, ese atolondrado ritmo cardíaco tuyo, que hará que este encuentro sea del todo inolvidable. Todo eso me dijeron los ojos de esa horrenda rata gorda y gelatinosa mientras aguardaba paciente a que subiera.

Venía de un bar, de tomar unas cervezas con unos amigos, de dejar en el piso de ese lugar, toda la carga de estrés que había acumulado a lo largo del día. Créanme mis niveles de angustia pueden ser, realmente, considerables. Quería dormir, acomodarme como lo hace un feto en la panza de su madre y levantarme, al día siguiente, sin esas taquicardias alertándome una y otra vez que algo malo estaba por pasar. Cruce el pasillo acelerando el paso para huir de esa lluvia pusilánime y guarecerme del frío, cuando de pronto ella, sí, con ese pelo color asfalto, se interpuso con osadía en mi camino, evidenciando su poder sobre el mío. Esa rata se había comido, probablemente, todo el langoy del chifa de la esquina, el langoy de toda la semana, no había dejado ración alguna a los hurgadores de desperdicios; en un acto de egoísmo animal, esa rata enemiga se había engullido todo. Ahora movía su cola rosada, imperturbable, como un gusano de tierra, y yo R. algo adormecida por las cervezas y algo acostumbrada a las malas rachas decidí, con una valentía que más parecía prestada, no correr.

Olvidé que mi enemiga podía saltar, atacar, morder, someterme a un tratamiento gratuito de acupuntura del todo doloroso, en medio de mi pancita feliz. Rabia, agujas, sí, rabia, pinchazos, aguijones, gritos y taquicardias. Empecé a saltar, salté tan alto como pude, zapatee, pretendí asustarla, pero lo que conseguí entonces fue que el inmundo animal me retara a competir en las escaleras, mis escaleras. ¿Quién va más rápido querida R.? Me adelantó un piso. Arrastró todo ese cuerpo gelatinoso y repleto de chaufa por las escaleras. Su versatilidad era increíble, subía saltando los peldaños, uno tras otro, agitando contra la llovizna esa pegajosa cola rosada y yo mientras tanto, procuraba guardar distancia. Era horrenda, groseramente obesa, inmensa. Subió el primer piso, el segundo, el tercero, quería que llegara al cuarto nivel, solo así me dejaría abandonar la competencia en el tercer piso y escabullirme para encerrarme en mi casa. Primer piso, segundo, tercero y de pronto, mi enemiga se cansó. Volteó simulando estar agotada, podría jurar que me mostró una sonrisa de medio lado y allí, en medio del pasillo que conduce a mi casa, se detuvo y me retó.

Sí, quizás, el mejor ambiental para ese momento hubiera sido esa vieja tonada del maestro Morricone en Lo bueno, lo malo y lo feo, pero tuvimos que conformarnos, inevitablemente, con el desesperado sonido de mi corazón tratando de huir de mi caja toráxica. Mi peluda oponente de dientes afilados estaba desarmada, pedía lucha de cuerpo a cuerpo. Solo atiné a saltar de nuevo, brincar alto, altísimo, improvisé un acelerado paso de huayno, con un toque de tap tembloroso, de zapateo torpe, de rodillas castañeando, para probar si la vibración y mi cara de susto la hacían huir. Entonces, me dio la espalda, agitó su cola rosa, soltó unas gotas de llovizna adheridas a su cuerpo y emprendió la retirada, sí, hacia el cuarto piso. Corrí hacia mi puerta, no podía encajar la llave en la cerradura, mis manos temblaban, volteaba para ver si se asomaba, si regresaba, tiré la puerta. Preparé entonces mi trinchera. Cogí periódicos y tapé las rendijas de cada una de las puertas que dan al pasillo, puse un poco de masking tape, una roseada de baygon -en caso me estuviera enfrentando a una rata con complejo de cucaracha- y vigilé el pasillo, por el ojo de buey, por espacio de veinte minutos, para resistir al ataque. Con una escoba en la mano y un martillo en la otra espere lista a mi enemiga. La rata, sin embargo, no volvió ese día ni los siguientes, ya había logrado su objetivo, sembrar el terror en mi casa. Le bastó con aplicar el viejo truco del miedo, al mejor estilo de su amigo rata-Bush. Ahora antes acostarme, apago la terma, bajo la llave del gas y antes de bajar el telón, cumplo con mi segunda rutina; relleno con papel las rendijas de las puertas, aplico una banda de masking tape, un toque de baygon por si tiene complejos y apago la luz ¿Alguien se pregunta a estas alturas quién ganó la batalla? Yo no. Mejor voy más periódicos ¡Hasta Mañana!


* La rata: Cortesía de Sphinx Productions – Ed “Big Daddy” Roth

domingo, 1 de julio de 2007

CASI MUERTA Y NO DE RISA


Odio a los payasos, los he odiado siempre y los he odiado tanto, que creo que nunca podré superar esta sensación de terror y escalofríos que, ineludiblemente, experimento cada vez que me topo con estos sujetos guarecidos tras kilos de pintura circense. No veo sus caras, no sé quienes son, ignoró quien se esconde tras esos trapos multicolores que en lugar de arrancarme carcajadas, me hacen perder de golpe el color y solo atinar a buscar un escondite. No es una exageración. Si veo un payaso por la calle, cruzo la pista; si los veo reír, solo vislumbro un brillo macabro en sus ojos y mi cuerpo se paraliza; si me persiguen huyo sin razonar hacia donde voy, sin considerar el peligro, sin importar si arriesgo mi vida. Recuerdo hasta hoy la primera vez que huí de uno de esos cobardes sujetos, de esos que pretenden esconder sus rostros tras pigmentos sintéticos, un poco de grasa animal y lanolina. Sí, de uno que intentó divertirme cuando aún tenía 7 años y lo único que consiguió fue despertar, a mi corta edad, un odio tremendo hacia él y hacia todos los de su especie.

Era el verano de 1983, yo R. corría con los rulos revueltos por un jardín inmenso, arrugando mi pequeño vestidito, y sobretodo tratando de no ser la primera descalificada en el juego de las chapadas. Estaba en la fiestecita de una amiga, la casa era inmensa, la piscina era gigante, azul, conejos corrían por el jardín, un venado atado a un árbol comía y un sol espectacular bañaba con suavidad esas decenas de caritas con barro. Aún recuerdo que no podía abandonar el carrito de helados, estaba estacionado en medio del jardín y dispuesto para que pequeños monstruos como yo, lo tomáramos por asalto y le diéramos rienda suelta a nuestra pueril gula. Embarrada en chocolate, escuche de pronto el sonido estruendoso de un silbato y apareció él, embadurnado en pintura blanca y roja, con lágrimas falsas dibujadas en las mejillas y ese holgado traje de bolas, que se ceñía a su regordete cuerpo por el viento de la tarde. Llamaba a todos los niños, pedía con esa sonrisa comprada que lo rodeáramos y nos invitaba a sentarnos en círculo para empezar la función. Hizo un poco de magia, saco pañuelos, soltó chistes incomprensibles, encogió y relajó su rostro en una suerte de danza aterradora, tiró chocolates y pidió que algunos de los niños se ofrecieran como voluntarios para un truco, llamó a cinco.

El reloj avanzaba y ninguno de los bajitos de esa fiesta se animó a abandonar su sitio y jugar con ese grandísimo payaso. Entonces no tuvo mejor idea que elegir a sus pequeñas víctimas, una a una, yo R. fui una de las elegidas y solo recuerdo a ese sujeto aproximándose en cámara lenta hacia mí, soltando risotadas al viento, estirando su mano para jalarme hacia el centro de ese círculo de horror. Me puse de pie, mis ojos querían huir de mi cara, empecé a transpirar y solo atiné a correr. Corrí por todo ese césped, con las lágrimas removiendo el barro impregnado en mi cara, decidida a perderlo de vista; pero el enfermo sujeto bañado en pintura, no tuvo mejor idea que perseguirme para traerme de vuelta. Corrí tan rápido como pude, sin pensar hacía donde escapar, sin razonar que debí buscar la mano de mi madre, solo corrí. Llegué hasta el borde de la piscina y divisé a mi enemigo a pocos metros de mi escondite sin salida. Solo atiné entonces a saltar hacia el azul, sin pensar que no tenía idea de cómo lograría volver a la superficie, me hundí, mis pies tocaron fondo y desde ahí aún seguía viendo el rostro distorsionado de ese primer payaso que quiso, ahora estoy segura, matarme del susto. El aire comenzó a esfumarse, había tragado ya litros de agua, el payaso ese felizmente no brincó a la piscina ¡Que cobarde! Mi hermano que había visto toda la escena, fue quien me salvó y me trajo de vuelta al mundo. Tiritando incontrolablemente de frío, con el corazón palpitando a mil por el susto, con mi pequeña caja toráxica retumbando cual orquesta, por el terror que me inspiraba la cara disfrazada de ese personaje, que no dejaba de mirarme impresionado; abandonamos esa casita del terror y no volvimos más.

Les queda ahora alguna duda de ¿Por qué odio a los payasos? A mí no. Los quiero a varios kilómetros de mí, perdonen los aludidos, y si alguno de ellos pretende acercarse, solo pido y espero que lo hagan con las caras bien lavadas y de luto, si es posible.


*Pintura de E. Autumn Daniels

jueves, 21 de junio de 2007

ARRIT...MIA EN LAS ALTURAS


Hace unos días tuve que viajar a Huancayo por trabajo y les confieso que pensé que era la oportunidad perfecta para respirar un poco de aire puro, olvidar las taquicardias y dejar en Lima esa mochila repleta de estrés que tiende a desparramarse un poco más cada dia. Montada en el bus, escuchando Born on a train de Arcade Fire cerré los ojos y esperé que el amanecer me obligara a respirar distinto. El paisaje es genial, conocí a unas tejedoras extraordinarias que lograron masajear mis nervios tan solo con oír el sonido suave y veloz de sus palitos de madera y el aire, el aire, un desastre. Cada segundo una inmensa bocanada de diesel se estrellaba en mi cara, recordándome que allí como en Lima, la contaminación y todo ese rollo del calentamiento global es como un complicado discurso articulado en mandarin que, por cierto, nadie está dispuesto a descifrar.

En fin, mis pulmones ya se acostumbraron a los ricos baños de smog, en todo caso pensé, consumirán una dosis reducida de monóxido de carbono, porque ya la altura me obligaba a luchar por cada inhalada. El trabajo lo acabé en un par de días y tuve que tomar de inmediato un bus de vuelta a Lima. Un vez más mis oídos volvieron a escuchar a Arcade Fire y Los Planetas y mientras fui lamentándome de mis días difíciles escuchando Prefiero Bollitos caí profundamente dormida. Tres de la mañana, Ticlio me despierta con violencia, mi cabeza zapatea de terror y mi nariz batalla por arrebatarle un poco de aire a la endemoniada altura, descubro entonces que el bus se ha detenido y que se mantendrá inmóvil durante las próximas veinte horas. Adiós al descanso, a los días libres de estrés, taquicardias a mi. Señores pasajeros debo informales que la huelga de mineros nos impide llegar a Lima, sírvanse permanecer sentados en sus asientos hasta que se reanude el tránsito.

No había agua, no había comida y los baños gritaban desesperados que no soportaban una vejiga más en su hediondo territorio. Seis de la mañana, decidí que si quería escapar del infierno debía empezar por detectar entre la multitud a otros estresados como yo. Pensé entonces que con solo asustarlos un poco, plantear el panorama adverso que nos esperaba, lograría identificar a los míos: Estresados del mundo, uníos. Puse en marcha mi plan y debo confesar que exagerar un poco a veces surte efecto. La situación es clara les dije, en unos minutos su amigo de al lado, sí, ese que roncó toda la noche perderá la vergüenza y, tras un cumplidor perdón, lo asfixiara con tremendo pedo; la gorda de al lado, probablemente, cuando usted tenga hambre, ya habrá arrasado con todas las galletas y papas fritas del bus y eso, si no las ha expulsado ya para ese rato, en el mismo lugar donde usted pretendía buscar un poco de privacidad para hablar con Fujimori y Chávez a la vez. Sí, se habrán sacado los zapatos, no lo dude, lo hicieron ya hace un buen rato; el niño de atrás ya habrá empezado a llorar para entonces; mientras su compañero de asiento, tras un perdón más, volverá a soltar un pedo o dos. En fin, ¿Quién se anima a cruzar el piquete, tomar un bus y llegar a casa?¿Quién quiere una ducha caliente, un baño limpio, un plato de comida y huir del insoportable olor a desinfectante? Cogí entonces mi bolso sintiéndome la Indiana Jones de la región central, guardé una pequeña botella de agua y con solo dos personas aterradas empecé a caminar.

Dijeron que era una hora, hace dos horas atrás. El frío me congelaba la médula, el monóxido me provocaba arcadas y el esfuerzo físico hacia temblar mis piernas. Cuatro horas de caminata después, voilá, el famoso piquete, ese que mantenía a una interminable cola de buses detenidos, apareció. No crucen, están tirando piedras a los que quieren pasar. La gente corría en contra. De pronto una llamarada inmensa en medio de la pista, me pregunté entonces si existía algún lugar en el que pudiera refugiarme de las malas rachas, de los locos, de los traficantes chinos, de los extraños polvos blancos, de los murciélagos y de los ladrones de zapatillas. Mi taquicardia se confundía con el coro infernal de cláxones ¿Era acaso esta travesía que había emprendido una epifanía de lo absurdo? Quería profundamente que no lo fuera y que esta empresa que había iniciado a pesar de mi estrés fuera el comienzo de un nuevo episodio, un episodio con un final feliz. Si naciste con nervios de goma, del cielo te llueven las piedras.

Tomada de las manos de mis dos valientes compañeros de travesía corrimos con los ojos cerrados bordeando el fuego, a merced de los furiosos mineros y dispuestos, sin quererlo, a romper el record mundial de los 100 metros planos. Alguien gritó desde los cerros: Pasaron tres, tiren las piedras. Sin aire, con la adrenalina revoloteando en ese mar picado de mis taquicardias, con las taquicardias compitiendo con un tremendo dolor de cabeza, bajamos un cerro empinado, arrastrándonos con la panzas mirando al sol, volteando para sortear las piedras y no convertirnos en la chuza de ese grupo de desesperados mineros. Dos resbalones y un calambre después estábamos a salvo por fin del piquete y de las rocas con nombre propio. Quedaba entonces, media hora más de caminata, sin agua, claro, y con las rodillas enfrentándose una contra otra por el temblor inevitable de mis piernas. Por fin un destartalado camión se detuvo y decidió ceder el espacio libre que su ganado dejó, a un grupo de polizontes sedientos, con pelo color tierra y con ojos desesperados. Tres horas más tarde, por fin Lima, con su entrañable panza de burro y el incomparable smog, mi smog. Las ronchas y las magulladuras se esfumaron, el dolor de cabeza también, las taquicardias se agotaron de danzar, pero la sensación de vivir en un Perú dividido, aunque lo vea a diario, nunca deja de echar por los suelos mi ánimo. Últimamente, las piedras comienzan a robarle el papel protagónico a la lluvia.

miércoles, 6 de junio de 2007

COSA DE LOCOS (Segunda Parte)


Con la calma de vuelta en mi cuerpo y con las taquicardias contenidas, gracias a las páginas del "Elogio de la locura" de Erasmo de Rótterdam, he tomado aire para continuar con la demencial lista de personajes, todos ellos responsables de estos ataques inusitados de nervios, que cada vez son más frecuentes. De regreso a mi infancia, ahí estaba yo R., con el uniforme plomo interminable, larguísimo, cubriendo mis rodillas, pantorrillas y amenazando con envolver incluso mis tobillos, esa era una regla de oro para las monjas mercedarias, del colegio en el que estudiaba en Chimbote. Comienzo a pensar ahora, si debería incluir a ese grupo de pingüinos conservadores y cucufatos en la lista de los desequilibrados de mi vida ¿Acaso la madre Inmaculada ocuparía el primer lugar? En fin, como de costumbre llegaba del colegio muerta de hambre, con la lonchera azul vacía, ojo era inmensa y podía cargarla con mucho esfuerzo, y lista para arrasar con mi almuerzo y, por supuesto, el de mi hermana.

Bajaba con X. de la movilidad, sin taquicardias a la vista, cuando de pronto apareció un hombre totalmente desnudo, sí, en bolas, eran bolas de barro, estaba tan sucio El loco Calato que solo con una aguda y detenida observación podía visualizar sus ojos. Este desquilibrado sujeto venía caminando hacia estas dos pequeñas colegialas, asustadas a morir, hambrientas, asombradas con tan grotesca desnudez. Lo siguiente que recuerdo es a mi madre viendo aterrada esta espantosa escena, desde el tercer piso de la casa, y saliendo por la ventana con la carabina de mi hermano, rastrillada, apuntando sin temblar al Loco Calato, que pretendía quizá que ignoráramos su minimalista vestimenta, que pensáramos que sus medias con huecos eran suficientes para cubrir su anatomía y pedirnos, sin vergüenza alguna, que le diéramos un pan o con suerte dos. Mi madre solo atinó en ese instante a dar tiros al aire, tiros sin rumbo, a gritar: Oiga, no se acerqué, aléjese, chicas corran, pum, pum…No eran disparos mortíferos sino dolorosos, ráfagas de perdigones que se podían incrustar en la piel como aguijones y causar un dolor tremendo, atroz. Ese día perdí el apetito y no dejé de pensar en la posibilidad de que podría volver a topármelo. Y ese es mi recuerdo del Loco Calato, quien por cierto huyó despavorido de mi vida, con los pellejos al aire y dejando, por supuesto, una marca imborrable en mi memoria, una marca más en mi lista de episodios inquietantes, diría taquicárdicos.

Pero al parecer el destino había decidido reír un poco más sin mí y someter mis nervios de goma a otros dos sucesos delirantes. Así apareció en Lima un mal día, El loco Vuela-Vuela, un orate ingenioso que pretendía ser un avión de carne, hueso y pelos. Probablemente, el combustible era su sangre, las alas sus brazos, la energía su paso ligero y el sonido de despegue un grito ensordecedor, que estaba lejos de asemejarse al ruido de un avión:…lalalalalalalala…Sí, todos los días, durante tres años de mi vida, el Loco Vuela-Vuela se encargó de cortarme el sueño a las seis de la mañana, para despegar hacia su propio mundo, un mundo que nunca pude entender y menos visitar. Debo decir, sin embargo, que las cosas no marchaban mal con este desquiciado sujeto, obsesionado con el cielo y las alturas, bastaba con dejar la pista libre o, mejor dicho, la vereda libre cada mañana y dejarlo levantar vuelo, con total libertad, tomar velocidad, desplegar sus extremidades y volar, sí, volar, hacia donde solo él podía llegar. La clave estaba entonces en respetar su extraña rutina. La verdad que este loco alado parecía ser feliz y debo decir que a veces, esa alegría suya era del todo envidiable.

Con el paso del tiempo, aprendí a vivir con él, con el sonido de las suelas de sus zapatillas estrellándose contra el pavimento, con sus brazos largos cortando el viento y con ese repetitivo, lalalalalalala…arrullándome, había dejado de ser ya una tortura auditiva. Todo marchaba bien, como contaba, hasta una mañana en la que salí de casa bastante apurada, corriendo para no llegar tarde al colegio y por error, tremendo error, interferí uno de sus matutinos despegues. Recuerdo al Loco Vuela-Vuela venir corriendo sobre mí, a toda velocidad, con esas turbinas imaginarias de piel y sangre desafiando al viento y toda esa furia desbordada por haber interrumpido uno de sus ascensos ¿Quién era yo para anclarlo a tierra? ¿Quién era yo para traerlo de vuelta a esta imperfecta realidad? Me siguió una, dos cuadras, con aquel lalalalalala…retumbando mis oídos, pateando con violencia mis tímpanos, castigando mi falta de tacto. Ese era su aeropuerto, extraño o no, era suyo, y yo me había convertido de pronto en una suerte de polizonte en esa realidad alterna, en esa dimensión paralela que la verdad no lograba comprender.

Crucé la vereda avergonzada, asustada, con mis trece años a cuestas y con el pecho estallando con más intensidad que la turbina de un avión, corrí a casa sin importar las clases que perdía, espantada, para intentar calmar como fuera esas primerizas taquicardias mías. Disculpen, debo ahora respirar hondo por un instante, observar el suave movimiento de las palmeras, tomar un vaso de agua antes de continuar. Evocar algunas historias es a veces como volver a meter los pies en los viejos zapatos de entonces y créanme que en mi caso, no siempre es del todo agradable. Al fin pasó, ahora un loco más, El Loco Palma. Este personaje esquizofrénico es bisnieto del escritor Ricardo Palma, vive desconectado del mundo, deambulando por las calles de Lima y, cuando lo pude conocer, jalaba del cuello a un perro famélico, su único amigo, quizá porque no tenía voz para decir lo contrario, energías para abandonarlo y menos ladridos que pudieran ahuyentar de un mordisco a su alocado amo. El loco Palma estaba convencido que desde la gélida celda de la Base Naval del Callao, Vladimiro Montesinos, el ex asesor presidencial, lo escuchaba, lo espiaba y le mandaba mensajes amenazantes, entonces narraba aterrado: Dice que me van a matar, que a ti también te quieren matar, cuídate, están por todas partes.