domingo, 30 de septiembre de 2007

BOCANADAS DE HORROR



El efecto que ejerce en mí la marihuana es siempre el mismo: suplantar la realidad por la ficción. En mi caso, no hay nada de maravilloso en este salto al vacío, para nada, créanme, fumar de la verde pradera de los Ingalls, solo me lleva a vivir de golpe escenas angustiantes, persecuciones, pesadillas, en resumen, me empuja a cogerle los pies a la muerte.
Recuerdo la segunda vez que fumé yerba, si no cuento la primera es porque no surtió efecto en mí. En fin, la segunda vez, estaba en casa, tomando una cerveza con K., mi mejor amiga del colegio, quien tuvo la brillante idea de fumar marihuana. Era la segunda vez para las dos. K. lo tenía planeado.

Armamos con dificultad un porro, lo roleamos con la vieja técnica del billete y lo encendimos. Primera pitada, nada, segunda, nada, tercera, nada: K. no siento nada ¿No estará pasada? Esta llena de pepitas. Fuma más R., fuma, a ver si con la yerba controlas tus taquicardias, puede ser el antídoto que necesitas eh! Además, es super natural. Cuarta pitada, nada, quinta, nada, sexta, nada. De pronto, suena el intercomunicador, venían a buscarnos. La puerta del primer piso estaba dañada, vivía en un décimo piso entonces, y K. se ofreció a bajar para abrir. Pasaron 30 segundos, un minuto y empezó de golpe la pesadilla. ¿Dónde está K.? ¿Por qué no regresa? ¿Por qué tarda tanto? Empecé a recorrer el departamento buscándola, no la encontraba, ¿K.? ¿Dónde estás K.? Recordé que había bajado al primer piso, traté de mirar la entrada del edificio desde una ventana para ver si lograba divisarla, no la encontraba, pensé entonces que solo quedaba una opción: a K. la estaba atacando un maniático, un loco que seguro la iba a violar y luego, como conclusión infame de su crimen, K. sería cercenada, cortada en trocitos. Baje las escaleras buscando en cada entrepiso a los asesinos ¿K.? ¿Dónde estás K.? Regresé sollozando a mi departamento y al empujar la puerta me tropecé al dar un paso y mi cabeza se estrelló contra la reja de entrada, me di tremendo cabezazo y empecé a reír, a reír como no lo hacia en tiempo. K. estaba sentada ya en la sala con unos amigos y, como si adivinara todo lo que acaba de vivir en tan solo cinco minutos, empezó a reír conmigo. K. y yo siempre tuvimos esta conexión especial, éramos grandes amigas, las mejores, habíamos aprendido a descubrir el mundo juntas, sin nadie más, solo las dos, dándonos tropezones en el camino, pero sobretodo riendo, riendo muchísimo. A K. la extraño siempre, ella no está más.

Siguiente pesadilla.

Viajé a Montañitas, una playa de Ecuador. En ese viaje J. insistía en que debíamos fumar pero, sobretodo yo, que yo R. debía fumar mucho porque “mi cabeza dura” necesitaba una dosis fuera de lo normal. A riesgo de sufrir ataques de taquicardia y paranoias demenciales acepté y fumé casi ocho pitadas de un porro para relajarme, para respirar distinto, para ver el mar de noche y tirarme panza arriba a ver la luna inmensa y las estrellas que viven huyendo del cielo de Lima. Cuando decidimos ir a caminar, aún sin sentir un cambio en mi estado de ánimo, vi a J. temblando, pensé que estaba a punto de morir, que iba a caer al suelo y quedar allí, tendido. Pero a parte de ser consciente de que la muerte de J. era inminente, estaba segura de que los habitantes de Montañitas no nos querían en su playa, querían echarnos, planeaban derribarnos y propinarnos tremenda golpiza. La consigna: Matar a los foráneos.

-Corre J. nos van a matar ¿Te sientes bien? Vamos a una posta, nos siguen.
-R. estás fumada tranquila, disfrútalo…
-Tenemos que encontrar una posta, sujétate de mi brazo. Nos están siguiendo ¿Qué hacemos? Reaccionaaaaaa...

Las taquicardias ametrallaban mi pecho, no me dejaban escuchar, me costaba respirar. Era un infierno. Si a eso le llaman relajarse un poco, debo decir que entonces no cambio mis taquicardias por nada. Prefiero mis sístoles y diástoles violentos, mi caja toráxica reventando incansable, mis fobias y miedos naturales, a ser linchada por un grupo de hippies asesinos. Me preguntaba entonces dónde había quedado todo el rollo de la paz y la lucha contra la guerra. Sentí un ligero mareo, creí desvanecerme, levanté la vista y estaba de pronto en una fiesta, en una gran fiesta en Montañitas. Era año nuevo. Sí, era año nuevo, nadie nos perseguía y J. bailaba feliz por la calle, incontrolable. Estaba sentada en la vereda tiritando de frío y tenía un hambre voraz. Compré una crepe de chocolate, otra de dulce de leche y las comí de golpe. Recuerdo el chocolate chorreándose por mis manos, brillante, chupe uno de mis dedos y otro y otro más y debo confesar que esas fueron, probablemente, las crepes más ricas que he comido en toda mi vida.

Escribo esta historia ahora, porque hace unos días una amiga me propuso tomar un vino y fumar un poco para relajarnos. Solo atiné a reír y a responderle, categóricamente: ¡NO! soy alérgica a la yerba. En fin, confío en no ser la única que abandona por instantes la realidad ¿A alguien le pasa lo mismo?

P.D. Aclaración:
Estoy preocupada, acaban de confundirme hace unos días en un periódico local con una reportera de televisión que se llama, si mal no recuerdo, Alexa Vélez. Ante esta infamia debo decir que yo soy R., R. Y no saben el mal que me hacen al confundirme con una periodista que denuncia gente y a la que deben perseguir u odiar. Yo solo exorcizo mis demonios en este blog y lucho contra mis taquicardias, taquicardias que con esta nueva noticia se han triplicado.
* Ilustración: Deviant Art homepage.

domingo, 9 de septiembre de 2007

CALAMBRES TERRENALES



Si desaparecí en las últimas dos semanas fue porque tuve que entregarme, indefectiblemente, a los azarosos brazos de la ciencia. Sí, como algunos de ustedes deben intuirlo ya, tras el terremoto, mi salud colapsó, colapsó como un edificio, como la torre de una iglesia en ruinas, como una grieta inmensa dividiendo mi cuerpo en dos. Las taquicardias aparecían entonces como pesadillas durante la noche creando sismos donde no existían, réplicas en una tierra calma, alertando a cada segundo que el fin del mundo era inminente. He tomado tantas pastillas que ya no recuerdo por qué debía tomarlas, he sido sometida a exámenes cardíacos, mi cerebro ha sido escaneado, pero nada, nada parece devolver el ritmo adecuado a mi caja toráxica. Mi cuerpo tiembla, la tierra no. Me he convertido en un temblor de carne y hueso, una suerte de taladro mecánico, una replica constante que desafía los 7 grados en la escala de Richter: el desastre va por dentro.

Ahora mismo les escribo desde un cuarto blanco, tan blanco que enferma. Las sábanas también son blancas, igual que esta bata que ante cualquier descuido expone mi desnudez, incluso en esta habitación hay rajaduras, grietas, taquicardias. Pero debo hacer una confesión, debo decirles por qué escribo este post desde esta clínica de baldosas celestes y duendes de traje blanco, debo confesarles, con tristeza y repulsión, que he descubierto que estos temblores tienen la inmunda particularidad de expulsar de este cuerpo lo peor de mí. Sí, cuando la tierra tiembla, el instinto de supervivencia, totalmente, animal, me convierte en una gran infeliz.

El 15 de agosto, el día del terremoto, visitaba a alguien a quien hubiera querido demostrarle todo lo contrario, a quien me hubiera gustado sorprender con una reacción madura, calmada, serena. Pero ¿Qué creen? Ocurrió todo lo contrario. No solo me desesperé al no encontrar columnas, gruesas columnas de fierro y concreto armado: No hay columnas, gritaba, ¡Dónde están las columnas! Hay que bajar, tenemos que salir. Bajé entonces desesperadamente las escaleras, saltando de dos en dos los peldaños, sin esperar que nadie más bajara, sin pensar en nadie, solo en mí, en R., y al llegar a la puerta del primer piso, me di cuenta que aún no estaba a salvo, que tenía que llegar a como de lugar a la calle. Y, entonces, en la reja que conducía finalmente a la vereda, a la salvación, percibí un obstáculo, sí, en ese momento todo lo que se interpusiera en mi camino lo veía como un obstáculo, un bulto, un enemigo. Y resulta que mi enemigo medía un metro y medio, arrastraba los pies, se movía con lentitud, se esmeraba por contener el castañeo de sus dientes y, sobretodo, por trabar la salida, sí, ese bulto en forma de viejecita con bastón, me impedía el paso. Debo decirles con tristeza que para mi era un obstáculo y, cuando se trata de temblores o terremotos, los obstáculos se vencen, así que obedeciendo a mis nervios, taquicardias y fobias, arremetí contra la viejecita, la moví de un empujón a un lado, la deje tambaleando sobre su bastón y salí primera a la calle, me salvé -si se puede llamar salvación a estar encerrada ahora en esta habitación esterilizada y fría. El temblor no tardó en acabar.

Unos segundos después el piso estaba quieto y volví a la realidad y entonces vi el rostro de terror de la anciana, de la mujer que acababa de atropellar, de embestir sin reparo alguno: no dejé de temblar. Mi cuerpo decidió castigarme saboteando mi salud. Los días siguientes intenté controlar mis miedos, someterme a una prueba de serenidad en cada réplica. No funcionó. En el primer remezón, hablaba por teléfono: tiré el celular al aire y salí corriendo. En la siguiente réplica salté de la cama, me resbalé al pisar el edredón y me fui de cara al suelo, para entonces, la tierra estaba quieta. El siguiente temblor lo padecí en Pisco, sí, mis jefes por trabajo me mandaron a la zona, y ahí por primera vez logré controlar un poco mi fobia, sobretodo, al observar con dolor las casas desplomadas, las calles de Pisco que más se asemejaban a las de una ciudad bombardeada, al ver a la gente deambulando sin entender qué había pasado, sin encontrar a sus familias, caminando en medio de una polvareda que los convertía en una suerte de fantasmas, de espectros, hombres llorando, mujeres secando sus mejillas empapadas en lágrimas negras, cogiendo las manos de sus familiares sin vida, cuerpos expuestos al sol, inertes y a la vista de todos, hombres y mujeres pidiendo a gritos: Agua y ataúdes, agua, solo un poco de agua.

Hoy no dejo de pensar ni un minuto en esos días, en la cara de terror de la viejecita, en los que vivieron el terremoto, en mí reacción animal, instintiva, en estas paredes blancas que me recuerdan que tras vivir este desastre, este desastre personal, los daños a simple vista parecen irreparables. Y en medio de todo esto, de esta crisis, de los intensos calambres de la tierra, leo nuevamente en los diarios que los murciélagos han vuelto. Ya cerré las ventanas, ¡Hasta Mañana!

* Ilustración: Photoshop de R.

domingo, 12 de agosto de 2007

Bright Eyes - At The Bottom Of Everything

Hace unas semanas, tomé un vuelo equivocado y una aterradora turbulencia me hizo pensar de pronto en el azar ¿Acaso mi error terminaría por expulsarme violentamente del juego? Preferí entonces pensar en algo distinto. Si el avión inicia una caída estrepitosa, yo R. continuaré sonriendo, como si estuviera en camino a una fiesta, a una celebración inolvidable, sin taquicardias ni sobresaltos, tal como el video de la canción At the bottom of everything, del grupo norteamericano Bright Eyes. Escúchenlo…

miércoles, 8 de agosto de 2007

MI PROBLEMA CON LOS GATOS

Mi edificio huele a pichi de gato. Sí, como lo oyeron, a PICHI DE GATO.

Hablo de una mezcla de olor entre ácido muriático y desinfectante quirúrgico, a pasto húmedo y putrefacto con una pizca de excremento de perro con parvovirus, una sensación insufrible, un ambiente fétido, en resumidas cuentas: un olor a mierda. Lo malo de este hedor felino no es que solo se impregna por días en mi ropa, en mi pelo y que queda adherido como una lapa en mi indefensa pituitaria, sino que despierta de golpe estas taquicardias incontrolables, estos sístoles y diástoles acelerados, con solo pensar en todas las enfermedades que flotan en el contaminado aire de mi edificio.
Vamos, ¿Acaso no saben que los gatos transmiten las toxoplasmosis? Yo lo sé muy bien y por eso convivo con la fobia de contraer ese virus horrendo, cada vez que cruzo, inevitablemente, la puerta del departamento 206.

Llevo ahora mismo en mi bolso un pañuelo empapado en alcohol, que sujeto fuerte contra mi nariz cada vez que cruzo esa casa repleta de toxoplasma gondii, ese parásito infame que ha elegido a los gatos como el lugar ideal para completar su ciclo de vida, esos bichos microscópicos que saben que verán la luz al final del túnel una vez que el gato los expulse en uno de sus excrementos cotidianos. Y sí, ahí, ese protozoario infernal, vuelve a la vida, resucita en cada hedionda torta de gato, y espera imperturbable, quieto, la llegada de una de sus víctimas, víctimas como yo R., el mejor bufón que el azar ha encontrado por estos lares.

Ahora mismo entré a Internet, para averiguar que síntomas debo detectar en mi cuerpo para saberme contagiada de toxoplasmosis: "...dolores musculares, dolor de cabeza y aumento del tamaño de los ganglios linfáticos". Me concentré en mi cuerpo, en silencio, intenté relajarme, solo para percibir si más allá de las taquicardias, mi organismo estaba ya infectado. De pronto sentí un dolor en la rodilla derecha, un malestar a la altura del cuello, la espalda un poco acalambrada, sentí un pequeño espasmo en el lóbulo derecho de mi cabeza, y los ganglios, parecen normales, pero como saber si tienen el tamaño natural si no suelo tocarlos nunca. Toxoplasmosis, no cabía duda, los parásitos se deslizaban ya por mi torrente sanguíneo, pronto empezaría a perder la vista, mi sistema nervioso central podría colapsar en cualquier momento y luego la luz al final del túnel, igual que los toxoplasma gondii en la caca de gato, el más allá, el viaje sin retorno. Sí, estaba infectada. Llamé entonces a Juan Francisco, un doctor amigo de la familia, lo levanté a las 11 de la noche, no importaba, quizá él podría salvarme:

-¡Hola! ¿Quién es?
- Juan Francisco, soy yo, R.
-¿Qué pasa R.? ¿Estás bien?
-No lo sé. Hay gatos en mi edificio y…
-¿Gatos? Y me llamas para decirme que hay gatos a esta hora…
-Es que estuve navegando en Internet y leyendo un poco sobre la toxoplasmosis; tú sabes, esa enfermedad que transmiten los gatos. Creo que tengo todos los síntomas. No sé que hacer, no sabía a quién llamar. Perdón.
-R. es cierto que los gatos trasmiten la toxoplasmosis, pero solo podrías haber contraído el virus si hubieras estado en contacto con las eses del gato ¿Acaso te las has comido?
-No, jajajaja…No, para nada, claro, solo que huele tan fuerte a orín de gato que esos parásitos deben estar flotando por todas partes, deben estar en el aire ¿no?
-¿Te comiste la caca de un gato sí o no?
-No, no, no, como se te ocurre, no, no...NO!
-Vuelve a dormir entonces, es imposible, relájate R. tienes que hacer algo con esas taquicardias, esas sí te mandarán a la tumba. Vuelve a dormir, hablamos mañana.
-Sí, disculpa Doc, creo que el olor me está enfermando. Adiós.

Acabo de hacer el ridículo, pero igual me sigo sintiendo extraña. No comí caca de gato, no he tocado la caca de gato, a las justas he visto la caca de gato, estoy bien, tengo que estar bien.
Mientras repetía una y otra vez mi mantra antitortafelina, decidí correr la cortina cuidadosamente y husmear desde la ventana de mi cuarto, espiar de reojo a mis vecinos ¿Cuántos gatos pueden tener ahí dentro? Las luces de la sala se encendieron y allí en medio de ese lugar logré divisar veinte gatos, cinco más en el cuarto que da a la ventana, dos en el marco de la puerta y otros dos saltando por los techos del edificio. Era el paraíso de los gatos, una suerte de refugio felino, como si los gatos después de morir, en lugar de ir al cielo, se desviaran hacia el departamento 206, el edén gatuno. 29 gatos, 29 ágiles caballos armados de afiladas garras, 29 miradas aterradoras y cacas infectadas, 29 potrillos cabalgados por microscópicos parásitos guerreros TG (toxoplasma Gondii) dispuestos a exterminar, a acabar con todo organismo vivo de mi edificio: Era el inicio de una Guerra Bacteriológica. Solo debo alejarme de la caca de gato, eso dijo Juan Francisco y eso mismo haré. No comí caca de gato, no he tocado la caca de gato… estoy bien, tengo que estar bien.


Ahora sorteo cada una de las cagadas que quedan regadas por las escaleras, atravieso aéreamente cada charco de pichi y logro controlar así a mis taquicardias. Por supuesto, sigo usando el pañuelo para proteger mi nariz de ese hedor gatuno. Los vecinos ya enviaron una carta a Digesa, piden el desalojo inmediato de los inquilinos y los felinos del 206. Espero que inicien pronto la retirada ¡Hasta mañana! Hoy me toca contar gatos.

* Ilustración: www.pixelgirlpresents.com

martes, 31 de julio de 2007

ME DECLARO CULPABLE



Hoy, algo influenciada por la blanquirroja batiéndose a golpes contra el viento en cada esquina de la ciudad, se me ocurrió de pronto que yo R. también necesitaba mi propia declaración de independencia y por qué no, gritarla, expulsarla a punta de alaridos de mi cuerpo, agrietar con un DO sostenido las cuatro paredes que me rodean y abolir, por lo menos por un día, las taquicardias, los nervios, las angustias y demás torturas que atacan a menudo mi cuerpo, mi torrente sanguíneo, mi cabeza:

“Yo, R., me declaro libre e independiente del estrés, libre de todos mis tormentos”, y esto, a riesgo de perder cierta dosis de ternura que solo una persona, ¡increíblemente!, percibe en mi exagerada existencia.

Comencé entonces por crear un ambiente distinto y empezar con detalles triviales como prender un incienso, una velita misionera a falta de velas olorosas y colocar un disco de Cat Power. Inundada ya mi cabeza con la música del disco YOU ARE FREE decidí entonces, inundar también mi cuerpo con agua, darme uno de esos baños reconfortantes, sobretodo relajantes, y deshacerme por un día de estas infames taquicardias. Llené la tina, eche un poco de sales de baño, espumas aromáticas a discreción y solté en ella una de esas bombas efervescentes antiestrés que tienen la particularidad de masajear a carcajadas cada centímetro de mi cuerpo. Respiré entonces profundo, sumergí mi cabeza en el agua, hasta el último de mis rebeldes rulos, y convencida de que nada podría arruinar este momento, ni siquiera mi amiga de crin ploma, esa que me reta en las escaleras del edificio, cerré los ojos y remojé todo mi desordenado archivador cerebral: Ahhhhhhhhhh!!!

Recordé de pronto una frase que hace unos días pasó por mi cabeza y que aún no logro sacármela: ¿Acaso la vida se confunde a veces con el olor de los cementerios? Sí, esta frase revoloteaba incontrolable en mi cerebro hace más de un año, una etapa oscura de mi vida, en la que comprobé el temor que puede infundir la posibilidad de despertar una mañana sintiendo que estás muerto en vida, que hueles a polvillo óseo. Hablo de no encontrar ni una pizca de lo que fuiste en el espejo y asustarte al ver frente a tus ojos a un completo extraño. Hoy, felizmente, y a pesar de mis taquicardias y nervios de goma, debo confesar con una inmensa sonrisa triangular y equilátera, que por suerte sigo reconociéndome en el espejo y que, por alguna razón, el reflejo no luce nada mal.

En fin, mientras estas ideas seguían zambulléndose conmigo, me descubrí de pronto sonriendo; recordaba lo mucho que disfruté bailando un poco de salsa hace unos días, vi a mis fieles all-star acariciando sin ritmo el suelo pero jugando a la vez con él. Pensé entonces en una frase de Sabina que me gusta mucho: "Bailar es soñar con los pies". Gracias a estas palabras, logré mantener bajo el agua mi gran sonrisa y también olvidar la crueldad de haber sido descartada en la pista de baile, por cargar con dos pies izquierdos. Me basta saber que ese día mis pies soñaron y mi cabeza también.

De pronto un ruido me regresó a la superficie de la bañera, un sonido algo extraño que no logré distinguir me despertó, pero preferí no darle rienda suelta a las taquicardias, no alertarlas por lo menos hasta que llegue a su fin este día, este único día, en el que celebraba MI declaración de independencia.

Volví a sumergirme. Mi caja toráxica ha vuelto a retumbar de nuevo asesinando con crueldad la voz de Cat Power. Lo único que hice esta vez fue pensar en el color púrpura o, mejor dicho, en una novedosa presencia púrpura, que podría llamar a la puerta con un atado de albahaca escondido en la espalda o quizá con un dulce de moras, solo porque el morado es su color favorito. Pero, a riesgo de arruinar este cautivador escenario imaginado en campos repletos de uvas, debo confesar que esta declaración de independencia muy mía y muy a mi estilo, es en el fondo una carta abierta y, sí, también liberadora, que pretende, sobretodo, gritar sin restricciones, sin censuras, lo mucho que valoro hoy mi espacio, estas bocanadas de aire que son solo mías, este rincón con taquicardias, murciélagos, ratas, vecinos locos y viejos enterradores de la comarca; este pequeño espacio que me ha costado reconstruir y que ahora protejo con vehemencia, para evitar exponerlo a los demonios ajenos. Sí, quizá sea temor, miedo, en todo caso, me declaro culpable.

El agua se ha enfriado ya.

Abandoné la tina y todas esas gollerías acuáticas para refugiarme en una bata y descansar. Cuando fui en busca de una toalla extra descubrí que el azar había estado acechándome todo este tiempo, quizá por una rendija, quizá por el agujero de la cerradura, para sorprenderme una vez más con uno de sus infames escenarios. En el umbral de la habitación donde guardo las toallas, descubrí de pronto mi reflejo en el piso, me vi en un gran espejo de agua que, extrañamente, olía a sales aromáticas, por alguna extraña razón y por alguna rara conexión en las cañerías, el cuarto estaba inundado y una extensión repleta de enchufes y rebosante de energía descansaba sobre el agua. Retrocedí de inmediato sorteando esa trampa mortal y para evitar los calambres eléctricos, bajé la llave general y, con mi pijama a cuadros remangada, sequé todo el piso a oscuras ¿Acaso es necesario decirles que, a esas alturas, la declaración de independencia, libre de estrés, se había ido ya a la mierda? No lo creo. Hasta mañana, esta noche contaré ovejas moradas, adiós.
*Imagen: Psicosis - Alfred Hitchcock

sábado, 14 de julio de 2007

LA RATA


Bigotes largos y delgados, como agujas, ubicados simétricamente a ambos lados de esa temible cara; crin ploma, tupida, color smog, horrenda, húmeda por la llovizna insoportable de aquella noche rata; ojos negros con un destello amedrentador como dos pelotas de vidrio observándome poderosos, desde uno de los peldaños de mi escalera. Hola! Vengo desde las entrañas del azar para resucitar esas vehementes taquicardias, ese atolondrado ritmo cardíaco tuyo, que hará que este encuentro sea del todo inolvidable. Todo eso me dijeron los ojos de esa horrenda rata gorda y gelatinosa mientras aguardaba paciente a que subiera.

Venía de un bar, de tomar unas cervezas con unos amigos, de dejar en el piso de ese lugar, toda la carga de estrés que había acumulado a lo largo del día. Créanme mis niveles de angustia pueden ser, realmente, considerables. Quería dormir, acomodarme como lo hace un feto en la panza de su madre y levantarme, al día siguiente, sin esas taquicardias alertándome una y otra vez que algo malo estaba por pasar. Cruce el pasillo acelerando el paso para huir de esa lluvia pusilánime y guarecerme del frío, cuando de pronto ella, sí, con ese pelo color asfalto, se interpuso con osadía en mi camino, evidenciando su poder sobre el mío. Esa rata se había comido, probablemente, todo el langoy del chifa de la esquina, el langoy de toda la semana, no había dejado ración alguna a los hurgadores de desperdicios; en un acto de egoísmo animal, esa rata enemiga se había engullido todo. Ahora movía su cola rosada, imperturbable, como un gusano de tierra, y yo R. algo adormecida por las cervezas y algo acostumbrada a las malas rachas decidí, con una valentía que más parecía prestada, no correr.

Olvidé que mi enemiga podía saltar, atacar, morder, someterme a un tratamiento gratuito de acupuntura del todo doloroso, en medio de mi pancita feliz. Rabia, agujas, sí, rabia, pinchazos, aguijones, gritos y taquicardias. Empecé a saltar, salté tan alto como pude, zapatee, pretendí asustarla, pero lo que conseguí entonces fue que el inmundo animal me retara a competir en las escaleras, mis escaleras. ¿Quién va más rápido querida R.? Me adelantó un piso. Arrastró todo ese cuerpo gelatinoso y repleto de chaufa por las escaleras. Su versatilidad era increíble, subía saltando los peldaños, uno tras otro, agitando contra la llovizna esa pegajosa cola rosada y yo mientras tanto, procuraba guardar distancia. Era horrenda, groseramente obesa, inmensa. Subió el primer piso, el segundo, el tercero, quería que llegara al cuarto nivel, solo así me dejaría abandonar la competencia en el tercer piso y escabullirme para encerrarme en mi casa. Primer piso, segundo, tercero y de pronto, mi enemiga se cansó. Volteó simulando estar agotada, podría jurar que me mostró una sonrisa de medio lado y allí, en medio del pasillo que conduce a mi casa, se detuvo y me retó.

Sí, quizás, el mejor ambiental para ese momento hubiera sido esa vieja tonada del maestro Morricone en Lo bueno, lo malo y lo feo, pero tuvimos que conformarnos, inevitablemente, con el desesperado sonido de mi corazón tratando de huir de mi caja toráxica. Mi peluda oponente de dientes afilados estaba desarmada, pedía lucha de cuerpo a cuerpo. Solo atiné a saltar de nuevo, brincar alto, altísimo, improvisé un acelerado paso de huayno, con un toque de tap tembloroso, de zapateo torpe, de rodillas castañeando, para probar si la vibración y mi cara de susto la hacían huir. Entonces, me dio la espalda, agitó su cola rosa, soltó unas gotas de llovizna adheridas a su cuerpo y emprendió la retirada, sí, hacia el cuarto piso. Corrí hacia mi puerta, no podía encajar la llave en la cerradura, mis manos temblaban, volteaba para ver si se asomaba, si regresaba, tiré la puerta. Preparé entonces mi trinchera. Cogí periódicos y tapé las rendijas de cada una de las puertas que dan al pasillo, puse un poco de masking tape, una roseada de baygon -en caso me estuviera enfrentando a una rata con complejo de cucaracha- y vigilé el pasillo, por el ojo de buey, por espacio de veinte minutos, para resistir al ataque. Con una escoba en la mano y un martillo en la otra espere lista a mi enemiga. La rata, sin embargo, no volvió ese día ni los siguientes, ya había logrado su objetivo, sembrar el terror en mi casa. Le bastó con aplicar el viejo truco del miedo, al mejor estilo de su amigo rata-Bush. Ahora antes acostarme, apago la terma, bajo la llave del gas y antes de bajar el telón, cumplo con mi segunda rutina; relleno con papel las rendijas de las puertas, aplico una banda de masking tape, un toque de baygon por si tiene complejos y apago la luz ¿Alguien se pregunta a estas alturas quién ganó la batalla? Yo no. Mejor voy más periódicos ¡Hasta Mañana!


* La rata: Cortesía de Sphinx Productions – Ed “Big Daddy” Roth

domingo, 1 de julio de 2007

CASI MUERTA Y NO DE RISA


Odio a los payasos, los he odiado siempre y los he odiado tanto, que creo que nunca podré superar esta sensación de terror y escalofríos que, ineludiblemente, experimento cada vez que me topo con estos sujetos guarecidos tras kilos de pintura circense. No veo sus caras, no sé quienes son, ignoró quien se esconde tras esos trapos multicolores que en lugar de arrancarme carcajadas, me hacen perder de golpe el color y solo atinar a buscar un escondite. No es una exageración. Si veo un payaso por la calle, cruzo la pista; si los veo reír, solo vislumbro un brillo macabro en sus ojos y mi cuerpo se paraliza; si me persiguen huyo sin razonar hacia donde voy, sin considerar el peligro, sin importar si arriesgo mi vida. Recuerdo hasta hoy la primera vez que huí de uno de esos cobardes sujetos, de esos que pretenden esconder sus rostros tras pigmentos sintéticos, un poco de grasa animal y lanolina. Sí, de uno que intentó divertirme cuando aún tenía 7 años y lo único que consiguió fue despertar, a mi corta edad, un odio tremendo hacia él y hacia todos los de su especie.

Era el verano de 1983, yo R. corría con los rulos revueltos por un jardín inmenso, arrugando mi pequeño vestidito, y sobretodo tratando de no ser la primera descalificada en el juego de las chapadas. Estaba en la fiestecita de una amiga, la casa era inmensa, la piscina era gigante, azul, conejos corrían por el jardín, un venado atado a un árbol comía y un sol espectacular bañaba con suavidad esas decenas de caritas con barro. Aún recuerdo que no podía abandonar el carrito de helados, estaba estacionado en medio del jardín y dispuesto para que pequeños monstruos como yo, lo tomáramos por asalto y le diéramos rienda suelta a nuestra pueril gula. Embarrada en chocolate, escuche de pronto el sonido estruendoso de un silbato y apareció él, embadurnado en pintura blanca y roja, con lágrimas falsas dibujadas en las mejillas y ese holgado traje de bolas, que se ceñía a su regordete cuerpo por el viento de la tarde. Llamaba a todos los niños, pedía con esa sonrisa comprada que lo rodeáramos y nos invitaba a sentarnos en círculo para empezar la función. Hizo un poco de magia, saco pañuelos, soltó chistes incomprensibles, encogió y relajó su rostro en una suerte de danza aterradora, tiró chocolates y pidió que algunos de los niños se ofrecieran como voluntarios para un truco, llamó a cinco.

El reloj avanzaba y ninguno de los bajitos de esa fiesta se animó a abandonar su sitio y jugar con ese grandísimo payaso. Entonces no tuvo mejor idea que elegir a sus pequeñas víctimas, una a una, yo R. fui una de las elegidas y solo recuerdo a ese sujeto aproximándose en cámara lenta hacia mí, soltando risotadas al viento, estirando su mano para jalarme hacia el centro de ese círculo de horror. Me puse de pie, mis ojos querían huir de mi cara, empecé a transpirar y solo atiné a correr. Corrí por todo ese césped, con las lágrimas removiendo el barro impregnado en mi cara, decidida a perderlo de vista; pero el enfermo sujeto bañado en pintura, no tuvo mejor idea que perseguirme para traerme de vuelta. Corrí tan rápido como pude, sin pensar hacía donde escapar, sin razonar que debí buscar la mano de mi madre, solo corrí. Llegué hasta el borde de la piscina y divisé a mi enemigo a pocos metros de mi escondite sin salida. Solo atiné entonces a saltar hacia el azul, sin pensar que no tenía idea de cómo lograría volver a la superficie, me hundí, mis pies tocaron fondo y desde ahí aún seguía viendo el rostro distorsionado de ese primer payaso que quiso, ahora estoy segura, matarme del susto. El aire comenzó a esfumarse, había tragado ya litros de agua, el payaso ese felizmente no brincó a la piscina ¡Que cobarde! Mi hermano que había visto toda la escena, fue quien me salvó y me trajo de vuelta al mundo. Tiritando incontrolablemente de frío, con el corazón palpitando a mil por el susto, con mi pequeña caja toráxica retumbando cual orquesta, por el terror que me inspiraba la cara disfrazada de ese personaje, que no dejaba de mirarme impresionado; abandonamos esa casita del terror y no volvimos más.

Les queda ahora alguna duda de ¿Por qué odio a los payasos? A mí no. Los quiero a varios kilómetros de mí, perdonen los aludidos, y si alguno de ellos pretende acercarse, solo pido y espero que lo hagan con las caras bien lavadas y de luto, si es posible.


*Pintura de E. Autumn Daniels