jueves, 26 de junio de 2008

Gracias J.


J. es la única persona a quien le debo mi temor a los aviones y este post es, probablemente, un tributo a su constancia. Y hablo de constancia porque vaya que J. se esmero en sumar un nuevo miedo a mi vida. Como si los que soportó ya no fueran suficientes. Aún lo recuerdo, campaña electoral de 2001, una avioneta de 12 pasajeros esperaba para llevarnos a Jauja con uno de los candidatos favoritos abordo. J. se retrasó como siempre, pero llegó justo a tiempo. J. tenía esta vez un aliciente: estrenar su ritual pesimista frente a mí. Y así comenzó su peculiar perorata.

-R. ¿Rezaste?

-¿Recé?

-Sí, sabes que es altamente probable que esta avioneta se caiga ¿No? Vamos, es una nave pequeña de doce pasajeros, está reventando, una de las posibles víctimas está bastante gorda, lleva media hora atiborrándose de chocolates, y siempre he pensado que ante el peligro inminente lo mejor es empezar por rezar.

-J. ¿Qué estás hablando?

A mí, a la joven R., no le entraba en la cabeza tal posibilidad. Yo cubría mi primera campaña política, iba a viajar innumerables veces en avión, avioneta y helicóptero y no podía esperar un minuto más, quería partir. Quería llegar volando a lugares alejados del Perú, a lugares que realmente me sorprendieran, espacios que ni siquiera había podido imaginar. Iba a pasar los siguientes dos meses de mi vida yendo de un lado a otro, mi suerte no podía ser mejor. Pero no había caído en el pequeño detalle, J. iba a viajar conmigo y si bien no le temía a los aviones, sí le atraía profundamente la idea de desarrollar en mí una fobia a volar.

-R. si sobrevivo ¿Qué quieres que le diga a tu mamá?

-Nada, no va a pasar nada ¿Qué estás diciendo?

-Vamos, es como un pequeño testamento verbal. Por ejemplo, si yo muero y tú vives, cosa que es imposible, lo más probable es que ninguno los dos vuelva con vida, quiero que tu conserves mis libros y mis discos.

-Basta J. me estás torturando. ¡Cállate!

-Espera ya va a despegar, dame tu mano R., cierra los ojos.

-J. no me asustas, no me asusta volar. Todo lo contrario.

J., debo agregar a esta historia, tiene un humor negro insufrible, un humor que se pierde entre la realidad y la ficción. A lo que voy es que, algunas veces, sus bromas suenan tan reales, que más de una persona confundida ha querido meterle un golpe por su falta de tino. Y aquí les va el ejemplo. Hace unos años, J. le dijo una vez a mamá R. que el avión en el que yo viajaba se había perdido, que no sabían mi paradero y que solo quedaba rezar. Mi madre obvio casi se desmaya, tuvieron que darle un calmante y cuando aterricé y la llamé para decirle que acababa de llegar a Lima, me dijo:

-R, aterrizaron ¿Estás bien?

-Sí – respondí - ¿Por qué?

-¿No se había perdido el avión?

-¿Perdido? No ¿De qué estás hablando? Para nada…

Acto seguido, escuché un grito aterrador del otro lado del teléfono, seguido del nombre de J. Oír el nombre basto para que comprendiera que había pasado. Bueno, ahora entienden a que me refiero cuando hablo del humor negro de J.

En fin, tras más de un mes viajando con mi extraño amigo, de pasar por una tremenda turbulencia en la que solo escuchaba un grito ensordecedor: reza R., por dios, reza. Finalmente, desarrollé una profunda fobia a las avionetas y, sobretodo, al despegue de los aviones. Ahora, volar se ha convertido para mí en un ritual. Aferro mis manos a la silla, el sudor es incontrolable, me persigno, rezo, rezo como si fuera mi única salvación, y mientras repito mis plegarias visualizo la cara de mi madre, de mi familia, pienso en si ese será el último día de mi vida y luego ya en el aire, vuelvo a respirar de a pocos. J., por el contrario, sube feliz al avión, no se persigna, no reza, cierra los ojos, sonríe, y espera tranquilo a que le avisen que acaba de llegar a su destino.

Gracias J. Y, como lo dije al inicio de este post, este es solo un tributo a tu constancia a prueba de balas y a tu humor incomprendido.

Les dejo este video que me gusta mucho y que, por cierto, encaja muy bien con el post.




viernes, 23 de mayo de 2008

¿Mi primera victoria?


Hace unos días, mientras viajaba rumbo a una comunidad al norte de Lima, me di cuenta que la simbiosis entre la música y la naturaleza, me produce un vértigo, absolutamente, placentero y sobretodo adictivo. Es decir, observo los paisajes, respiro muy hondo, contemplo extasiada la polvareda que flota en el camino, polvareda encantadora que evidencia la lucha entre las llantas y la trocha. Y, mientras ocurre esto, hilo las imágenes que se acumulan una tras otra en mi cabeza con Wake up de Arcade Fire, miro los árboles de naranjas y mandarinas y suena Young Folks de Peter Bjorn, descubro entonces que una sonrisa inmensa desafía la elasticidad de mi cara, y continua Nina Simone con I want a Little sugar in my bowl y Alvy Singer Big Band con Empezando a terminar.

Esta súbita proclividad a la felicidad es sostenida y recurrente en mis salidas al campo, y supera mis líos, preocupaciones y taquicardias. Solo, en esos instantes, soy consciente a cabalidad que por unos minutos, horas, incluso días, soy feliz. Pero, extrañamente, esta sensación sufrió esta vez un ligero traspié. Y el traspié o, mejor dicho, los traspiés tienen nombre, pumas. Sí, apenas entre en la comunidad de Santa Rosa, William y Lucio, dos pobladores de la zona se acercaron de inmediato, bastante preocupados, para confesarme que tres feroces pumas, tres bestias salvajes, se habían escapado hacía unas pocas horas del fundo “El Gran Chaparral”.

-Y “El gran Chaparral” ¿A cuántos kilómetros está? - claro que pregunté.

-A diez minutos. Pero no se preocupe, son como gatitos, les tira una piedra y se van, además, ya se comieron una oveja.

Solo pensé, una oveja entre tres pumas, vamos, es un canapé para esos “gatitos”.

Debo confesarles, sin embargo, y a riesgo de sonar estúpida, que por un momento una súbita valentía y un tonto sentido de responsabilidad me indicaron que debía continuar. Si mis amigos no se agitaban, porque tendría que hacerlo yo. Además, las posibilidades de que me topara en medio del campo con un puma, eran, eran…de nueve a uno. Nueve a uno, sí, nueve a uno. En ese preciso momento, se esfumó mi dosis de coraje. Quería largarme ya. Los ingenieros, poco observadores quizás, no se percataron de mi desencajado rostro.

-Señorita, espérenos un ratito aquí, que tenemos que revisar unas turbinas de la planta.

Yo asentí, no me quedaban palabras.

Me dejaban en medio del campo, por unos minutos, porque era más importante revisar las máquinas, a mí, a mí que me coma un puma, de seguro pensaron.

Pero diez minutos después, tras confundir el vaivén de los árboles con las pisadas de los pumas, el sonido de un riachuelo con sus salivosas fauces, el ataque de los mosquitos con sus delgados bigotes, regresé, ahí mismo, mientras mantenía la vista perdida en la perfecta geometría del valle, al estado de éxtasis inicial. Era demasiado hermoso aquel lugar, como para que tres pumas prefirieran reemplazar la vista del paisaje por un banquete, claro, en el que yo haría las veces del plato fuerte

Habían escapado al fin, dejado atrás el cautiverio, eran libres, y en medio de un suculento rebaño de ovejas, de esas lentas y sabrosas nubecitas, ¿Acaso podía calificar mi regordeta anatomía como plato de fondo? No lo creo.

Tomé entonces los audífonos y dejé una vez más que el verde intenso y abrumador ingresara a mis ojos al ritmo de What Katie did de The Libertines.

Por cierto ¿No es esta mi primera victoria? ¿La primera en este blog?


sábado, 3 de mayo de 2008

LA RAÍZ DE MIS MIEDOS


Hace unos días conversando con mamá R. entendí cómo, cuándo y bajo qué circunstancias empezó todo. Y cuando hablo de todo, me refiero a encontrar la raíz del miedo, el origen de mis fobias, taquicardias y demás eventos inesperados, que suelen poner a prueba mis nervios de goma.

Todo indica que el inicio de mi vida está estrechamente relacionado con mi carne trémula. Y la historia empieza una semana atrás, cuando mamá R. y yo conversábamos de la vida tumbadas en la sala de la casa. Yo planeaba un viaje a Bogotá con P., mi mejor amiga de la universidad y de la vida, con la misma P. con la que solo estudiábamos por las madrugadas, porque odiábamos el ruido de las tardes y porque por las tardes, preferíamos tomarnos un café, fumar un pucho y hablar de nuestros líos. P. intentaba convencerme de que la acompañara a un viaje a Bogotá, a la feria del libro, al encuentro de cronistas. Yo hacia cálculos y pensaba en como huir del trabajo.

De pronto se me ocurrió preguntarle a mamá R. si había estado en Colombia, alguna vez, y respondió:

-Ambas estuvimos

-¿Yo estuve?

-Claro, en mi barriga, yo tenía 5 meses de embarazo. Esos eran días difíciles en Colombia, el narcotráfico y las FARC que secuestraban a todo extranjero que se topaban en el camino.

-¿Y viajaste estando embarazada?

-Sí, tu papá llegó un día por la tarde, me contó que acababa de comprar un volkswagen del año color blanco humo y me dijo: mañana por la mañana, partimos a Venezuela. Eso implicaba cruzar todo Ecuador y la violenta Colombia de entonces. Papá R. conduciría.

-¿No pensaste en lo arriesgado del viaje? Vamos, yo estaba en tu panza.

-Sí, pero era una aventura y un viaje que habíamos querido hacer hace mucho tiempo. Pero tomamos precauciones ehhh!!! solo viajábamos por las mañanas, nunca por las noches.

Vaya excusa.

Era fines de 1976, papá R. recuerda hasta hoy, partiéndose de risa, todas las peripecias por las que pasamos. En Guayaquil, por ejemplo, el auto desapareció una noche y lo hallaron al día siguiente cuadrado en un parque ¿Qué había pasado? Había un desfile y el municipio no tuvo mejor idea que mover el auto a un parque lejano, claro, sin avisarle a los dueños. Cuando atravesaron Colombia, con los nervios crispados, el look de pelo largo de papá R. y la gorra camuflada que había comprado en el camino, solo consiguieron darle más el aspecto de un muchacho rebelde que el de un ingeniero mecánico. El ejército colombiano los detuvo más de una vez en el trayecto.

Mi madre recuerda además…

-No sabes los sustos que nos diste, por momentos pensábamos que ibas a llegar antes de tiempo. Era como si estuvieras tensa.

Papá R. enumera riendo todos los controles por los que tuvimos que pasar mientras atravesamos tierras colombianas, toda la convulsión que se vivía por esos días, que hacían del viaje una verdadera aventura o tortura. Quizá por eso traté de escapar a los 5 meses, quizá porque sentía ya mis primeras taquicardias, mis primeras danzas temblorosas en la panza de mamá.

Ese viaje, en cierta forma, explica mucho de mi vida, de mi vocación, de mi extraño gusto por el estrés, aunque trate de ocultarlo en este blog. Creo que el viaje a Colombia fue decisivo. Y si lo analizan, detenidamente, puede explicar la raíz de mis miedos.

martes, 22 de abril de 2008

LA LEY SEGÚN K.



Acabó de vivir uno de esos momentos “que solo se ven en la películas”. Me reuní hace un par de días con una persona a la que, por mi trabajo, conozco desde hace un buen tiempo. El es policía, es cristiano y me ha ayudado todo este tiempo a esclarecer algunas dudas que a veces surgen en el trabajo. Su formalidad y respeto me hicieron por un momento olvidarme de cuál es su labor y cuáles son los detalles obvios, mejor dicho, propios de su trabajo. Por ejemplo, la indumentaria inherente a un guardia del orden. Sí, había olvidado que K. es un policía.

El Domingo, entonces, mientras tomábamos un café, y K. vigilaba todo el perímetro del lugar, quiénes entraban, quiénes salían, y a la vez conversaba con atención, paréntesis a parte (¿Cómo puede hacer tantas cosas a la vez?¿Lo puedes creer X.?), me percate de un detalle: K. cargaba un libro grande y pesado a cada lugar que íbamos. Sí, mientras trataba de hallar un lugar poco transitado, bajo la sombra de un árbol por ejemplo, o quizás bajo las faldas de la ciudad, K. sujetaba con fuerza su libro, lo paseaba de una mesa a otra sin descuidarlo, buscaba el lugar idóneo. Hasta que por fin K. balbuceó: Aquí esta bien R.

Colocó sobre una silla su portafolio y ubicó a un lado de la mesa el bendito libro negro y solo entonces, sin peso alguno, fue a la barra en busca de un par de cafés. Aproveché el momento a solas y miré con detenimiento el libro, que K. arrastraba a cuestas, como una suerte de castigo. Me percaté, de inmediato, que era una versión del código penal y civil junto, probablemente, una versión bastante resumida pero no por ello menos vistosa. El libro de K. tenía una cubierta de cuero negra, con un cintillo que engarzaba con un broche color plata ambas tapas del libro, bastante elegante el detalle y las letras, las letras del título coronaban sin duda la edición: eran doradas y en bajo relieve.

Cuando K. volvió a la mesa y me alcanzó la taza de café, no pude evitar preguntarle por el libro. Recordé en ese momento que K. acababa de terminar sus estudios en derecho y entonces le dije:

-K. veo que no puedes despegarte ni por un segundo de tu Biblia…

-¿Biblia?

-Hablo de los benditos códigos que cargas de un lado a otro, con total devoción. Creo que el derecho es lo tuyo.

-¿Te parece? Revísalo si quieres.

Acerqué el libro a mis manos, deslice las yemas de mis dedos por esa superficie rugosa y fría, desabroché el cintillo y al abrir la tapa, solo atiné a decir:

-K. ¡Wow!

-R. ¿Por qué esa cara? Soy policía, es parte de mi indumentaria. Creo que lo olvidaste.

-No lo olvidé K., solo pasé por alto un pequeño detalle de tu indumentaria. Debo confesar que el traje de civil a veces me confunde.

-¿Qué crees R.? ¿Piensas acaso que allá afuera no hay una sarta de terrucos que quisieran ver rodar por el suelo mi cabeza?

Era una 38 milímetros, automática, con una caserina extra. El arma de K. era inmensa, brillaba muchísimo y encajaba, perfectamente, dentro del libro.

Entendí de pronto, porque mientras conversábamos K. tenía la vista puesta en otro lugar menos en la mesa: K no divagaba, K. cuidaba su vida. Por eso, aferraba con vehemencia el libro de cuero negro a su cuerpo. Pero también me sentí un poco tonta. Escribo desde hace varios meses este blog para exorcizar mis temores y taquicardias, temores que comparados con los de K. no pasan de un simple anecdotario.

Ahora, por alguna razón, solo suena en mi cabeza esa canción de The Beatles que tanto me gusta: “Happiness is a warm gun”.

¡Hasta Mañana!



martes, 8 de abril de 2008

AL FILO DE LA NOCHE


He tenido un día de perros, que a mordiscos me ha arrebatado a lo largo del día, hasta la última gota de energía que mantenía en pie a mi cuerpo. Estoy echa bolsa, eso de pasar horas de horas frente a una computadora, realmente, debe ser peligroso. Siento que toda esa energía negativa que emiten esas pantallas, todas esas chatarras electrónicas me han planchado el alma. Pero son las doce de la noche y me largo, he decidido no cruzar el umbral de la una de la madrugada, porque si veo en mi reloj la una, quizás caiga al suelo y eso, siendo honesta, no creo que sea lo más saludable.

Y, por suerte, D. ma petite editora está de acuerdo.

-Vamos R., siento que esta isla de edición ya está cargada. Y hoy no traje los cuarzos, así que mejor irnos antes que nuestros chacras se contaminen más.

Sí, D. es como una pequeña “Dharma”, cree en las energías, en las fuerzas de la naturaleza, en los chacras, fincas y demás sensaciones extraterrenales.

Abandonamos, de inmediato, la oficina, felices, no sin antes pasar angustiadas por el detector de metales. Pensábamos, entonces, si ese umbral electromagnético no acabaría por desintegrarnos, por chupar lo poco de vida que quedaba en nuestros cuerpos, por dejarnos derretidas en el suelo, un charco de R. y D., tal como le ocurre por un momento a Amelie(abajo les dejo el fragmento, por si no vieron la película).

Logramos cruzar el primer obstáculo y salimos de la oficina, estábamos listas para tomar un taxi, éramos libres, D. hablaba por teléfono, pero de pronto, me mira fijamente y me dice:

-R. avanza, camina…

-¿Qué pasa D.?

-Un cuchillo…

-¿Qué?

-El tipo ese tiene un cuchillo y viene hacia nosotras.

Debo confesar que a la primera pensé que era una broma, pero D. insistía. Entonces, la miré fijamente para ver si no tenía la vista desorbitada, para descubrir si las pantallas no habían terminado confundiéndola, para sujetarla en caso cayera al suelo. Y, en ese preciso instante, el brillo intenso de un objeto de metal ingresó con violencia hacia mi registro visual, por el rabillo del ojo. Y allí estaba, un sujeto de 1.70, ni flaco ni gordo, algo bigotón y sujetando en posición de ataque un cuchillo de cocina grande y filudo, de esos que pueden obtener el corte perfecto si se trata de preparar un carpaccio.

Y como ni D. ni yo estábamos dispuestas a terminar de cena en algún rincón retorcido de la ciudad y en la mesa de un grupo de fanáticos de Hanibal Lecter, listos de seguro para deleitarse con nuestros cuerpecitos: retrocedimos de a pocos, sigilosamente, y temblando.

El hombre se acercaba, estaba ya a unos cinco metros y de golpe se detuvo. Otro sujeto, de espaldas a nosotras, le dio el encuentro y le quitó el cuchillo. El bigotón, le susurró tres palabras al oído y la nueva amenaza, volteó con el cuchillo en posición de ataque y en dirección a nosotras. Retrocedimos más y más hasta llegar a la puerta de la oficina. El guardia imperturbable, solo observaba la escena. Como si necesitara de una película para mantenerse en pie y nosotras le ofreciéramos gratis una escena perfecta de suspenso.

La nueva amenaza se acercó un poco más y un poco más y cuando estaba a punto de caer al suelo y las taquicardias golpeaban a morir mi pecho, el sujeto dio media vuelta, cruzó la pista y se perdió en la inmensidad de la noche.

-¡Ufffffff! ¿Qué fue eso R.?

-DDDDDDD. No lo sé, no me sueltes el brazo que me derrumbo. Nos iba a matar, qué iba a hacer.

-Tranquila R. ya pasó. Pero tengo que decirte algo, esto me pasa porque estoy contigo. Es cierto, eres un imán de situaciones extrañas, me pregunto cómo puedes sobrevivir con ellas. Jajajajaja, ser tu amiga R., es aceptar vivir en peligro.

D. lo había comprobado. Y debo confesar que me siento un poco culpable, la había arrastrado, sin desearlo, a uno de mis momentos taquicárdicos y extremos. ¿Será cierto lo que dice J?, ¿será cierto que el azar se ha ensañado conmigo?

En los últimos días, encontré cierta calma en mi departamento y pensé que podía haber superado mis momentos “mufas” y de intenso estrés. Pero hoy compruebo, que no, que me equivoqué, que de una u otra forma siempre vuelven y me sorprenden en donde este y, totalmente, desprevenida. ¿Cómo puedo exorcizar mi vida de todo esto? Si alguien tiene alguna idea, láncela por favor.

Los dejo ahora con el video que les prometí…



martes, 4 de marzo de 2008

MEJOR NO HABLAR DE CIERTAS COSAS...


Hoy J., un buen amigo del trabajo, me increpó con absoluta seriedad, solemnidad diría, y colocando sus manos sobre mis hombros me dijo sin anestesia, que ya lo sabía todo. “Todo” es una palabra excesiva, si pensamos en los secretos que alguien de tan solo treinta años puede ocultar.

¿Todo?

R. a lo que me refiero es que he notado algo muy extraño en tu comportamiento: ¿Por qué navegas obsesivamente por las páginas de salud?, ¿Por qué andas buceando en las páginas webs de enfermedades y síndromes? ¿Te sientes bien?

Avergonzada al hallarme descubierta y con los ojos un poco desorbitados de seguro, le confesé a J. que tenía una nueva obsesión. Sí, le dije, hay algo que me tiene en vilo por las noches, que me obliga a contar ovejas para recobrar el sueño, que dibuja ojeras horrendas en mi rostro (como si mis treinta y las constantes amanecidas de trabajo no hicieran ya lo suficiente con mi cara).

Vomité entonces mi nuevo trauma.

¡Estoy bien J.! Es solo que hum, eh…oh…Bueno, no quiero que me malinterpretes, es solo que creo que existe un alto riesgo de que alguno de nosotros, cualquiera de esta oficina, caiga muerto ahora mismo víctima de una embolia.

¡EMBOLIA R.! jajajaja…Esta vez si que te pasaste ¿Quién te ha dicho eso? Somos jóvenes, estamos sanos, nadie va a morir por ahora; o puede que sí, tú, tú puedes ser esa víctima, si no buscas pronto un psicólogo, esta vez hazlo R. Deja ya de buscar en esas páginas. Ya no son solo taquicardias R.: eres hipocondríaca.

Esta vez no estaba dispuesta a que J. no me tomara en serio. Estuve leyendo en Internet:

Embolia: Obstrucción ocasionada por un émbolo formado en un vaso sanguíneo, que impide la circulación en otro vaso menor.

Traducido al trabajo sedentario que J., yo y otros más, toleramos estoicamente tres veces por semana: embolia significa muerte. Es decir, si pasamos muchas horas sentados editando, escribiendo o buscando, obsesivamente, páginas de salud en Internet y “NO CAMINAMOS”; si no alternamos esas horas de trabajo intenso pero inmóvil con un poco de ejercicios, en buen cristiano, “Si no movemos la cola”, nuestros vasos sanguíneos se pueden obstruir y ¡PLUMMM…!: Muerte por embolia.

Descubrí en estas paginitas de salud que J. tanto critica, sí, en mis paginitas de mierda, que hay que tomar una aspirina de inmediato, si sabemos que vamos a vegetar en un silla por más de 4 horas, 4 horas sin mover la cola, el rabo, el fundillo (como diría X.).

Yo, por lo pronto, ya compré un blister de aspirinas y mi sangre a estas alturas, ha de estar tan diluida que mis venas deben hacer las veces de una autopista de alta velocidad y el rojo, sin problemas, debe desafiar al tren bala más supersónico que puedan haber creado los chinos.

Sí, esta vez, me salvo.

Con mi rollo muy bien procesado y aprendido, fui en busca de J. para conseguir que reconociera su error y validara como razonable, aunque sea por una vez, “una de mis tantas locuras”. Empecé entonces…

J., mira, sé que puede ser difícil reconocerlo, pero cualquiera de nosotros puede morir de embolia. Tú, por ejemplo, puedes caer ahora mismo al suelo y chau chau. Sí, también el editor que ves sentado a tu lado derecho, mañana puede no estar más, el redactor sentado a tu lado izquierdo, míralo bien, en dos días puede desaparecer. No es un juego, es la realidad, solo que no lo sabíamos.

Pero no pongas esa cara de angustia, compre ya aspirinas para todos: ¿Quieres una?

El silencio de J. me hizo reaccionar de golpe. Una suerte de escalofrío invadió mi cuerpo. Sí, puede que lo de la embolia sea cierto, pero me di cuenta que lo anormal en toda esta historia era que alguien de treinta años se torturara con la posibilidad de morir instantáneamente.

Lo peor fue que J. solo respondió:

Dame la aspirina R. La guardó entonces en el bolsillo de su camisa y siguió escribiendo. Eso fue todo.

Por eso escribo este post ahora, para decirle a J.: Gracias. Ese silencio y esas tres palabras eran las que necesitaba para volver de nuevo a la realidad.

Navego ahora mismo por youtube, ya no busco páginas sobre enfermedades o virus mortales. Y suena muy alto en la computadora Mothwash de Kate Nash, por cierto, bastante apropiado para este día.

“…And, this, is my brain
It's torturous analytical thoughts
Make me go insane”

¡Buenas Noches!...

domingo, 3 de febrero de 2008

COCINANDO SUEÑOS



No sé si este aburrimiento extremo que supera de lejos el chupar clavos oxidados, me ha llevado a soñar con rumas de zanahorias y condimentos. Suena quizás a un escenario un tanto surrealista, pero a lo que voy es que habíamos acordado en casa que hoy almorzaríamos un suculento asado y que yo, quien por estos días anda más libre que conejo suelto en pampa, debía prepararlo. Debo asumir en parte mi culpa y dejar de quejarme, la semana pasada incursioné en la cocina y, sumergida en un menjurje de condimentos elegidos al azar, logré seducir de golpe a los paladares más exigentes de este hogar.

Ahora el cocinar se ha convertido de repente y, extrañamente, en un imán que me tiene un tanto obsesionada, que me ha llevado incluso a empezar a marcar mi territorio. Por ejemplo, ahora tengo un mandil rojo colgado en la entrada a la cocina, que solo puedo usar yo, y que al colocármelo provoca una repentina transformación en mí, aún no sé si sea buena o mala. Me descubro de pronto sujetando, como poseída por el demonio de la gula, botellas de hojitas secas, de aceite de oliva extra virgen, de ajos y verduras, huelo las hojas de albahaca, toqueteo los tomates para sentir si están en el punto exacto de madurez, afilo un juego de cuchillos – porque es obvio que ya tengo un afilador bastante efectivo – extraigo de las fauces de la fiera gélida cortes de carne, de pescado, pollo, verduras, atados de espinaca, hongos y mucho más, y manos a la obra. El mejor plato hasta ahora, no puede negarlo mi pequeñísima audiencia y no por eso menos exigente, es el salmón con ramas de dill ahogado en una generosa piscina de Chardonay. No sé hasta hora como hicieron para ocultar los dientes que perdieron al sentir el rosado pescado deshaciéndose, delicadamente, en sus bocas.

Pero ahora viene el problema y el problema con esta nueva afición mía es que me persigue más allá de la realidad. Sí, se va conmigo a dormir, me acecha en sueños. A veces pienso que uno de estos días voy a despertar embadurnada en tomillo, ajos y vino, lista para ser horneada por una suerte de gigante. O quizás con el mandil pegado como un sticker al cuerpo, tatuado y sin nada que pueda quitármelo.

Y hoy terminé de asustarme. Desde hace tres días, sueño con el plato que estoy a punto de preparar. Hoy, por ejemplo, planeo preparar un sabrosísimo asado, a pedido de mi padre, y unas horas antes ya lo había cocinado. Es como medio premonitorio, nunca antes hice un asado, pero despierto sabiendo como hacerlo. Esta vez soñé que estaba en un concurso gastronómico, pelaba cebollas, le hacia hoyos profundos al corte de carne para rellenarlo de trozos frescos de zanahorias, pelaba y cortaba zanahorias, eran rumas, y mientras cocinaba, por cierto, coqueteaba también con uno de mis fornidos contrincantes, quien me observaba mientras preparaba su propia y original versión del asado – lastima que cuando despierto lo único que tengo entre las manos es mi almohada y como observadoras a tres pálidas palmeras. Sé que suena ridículo pero no deja de asustarme un poco, quiero recuperar mis sueños, esa irrealidad que me despega de todo lo convencional y no dejar de insistir en la posibilidad de volar dormida, en lugar de picar zanahorias para todo un ejército. No sé si preparando al pie de la letra todo lo que viví en los brazos de Morfeo logre exorcizar y escapar de esta obsesión culinaria que me gusta mucho pero que ha cruzado los límites de mi espacio vital. Debo probarlo, aunque creo honestamente que las fresas con asado solo sumaran a mi novísimo curriculum culinario un tremendo fiasco.

Manos a la obra, el aceite burbujea ya y el asado acribillado por trozos de frescas zanahorias exige convertirse ahora mismo en el gran protagonista de ma petite cuisine.

A los valientes, les dejo la receta…

Asado dormido en cama de fresas

- Carne

- Cebollas

- Tomates

- Zanahorias

- Tomillo

- Orégano

- Ajos

- Fresas a discreción – eso fue lo que soñé y eso mismo pienso hacer.

Preparación:

-Mezclar todo con los ojos bien cerrados…