viernes, 30 de noviembre de 2007

SI NACISTE PA' "METETE", DEL CIELO TE CAEN LAS PEPAS



No sé como sucedió pero estoy en medio de un operativo policial. Mis jefes me enviaron a cubrir una redada antiprostitución y lo único que sé de este tipo de comisiones es que ooooodian a las personas que graban y yo R., desafiando a mis nervios, me descubro corriendo con una cámara inmensa en el hombro.


Calle Chancay, Centro de Lima, un día de invierno, 8 de la noche. Un policía entra por la fuerza a un local, a un bulin a media luz; lo siguen muy de cerca dos compañeros más y el cuarto oficial me susurra al oído: No te despegues de nosotros flaquita, estas chicas son bravas. Tú solo diles que vienes con nosotros. De pronto me detengo y me quedo observando como los ardorosos visitantes huyen raudamente por las ventanas, se descuelgan con los pantalones entreabiertos. Marcas de labial rojaxxxs saltan a la vista. La escena me parece divertida, los sigo con la mirada y reacciono cuando una voz algo consternada me grita: ¡Que mierda grabas cuatro ojos!


¡Demonios!, he perdido de vista al grupo de policías, estoy sola en medio de un lugar oscuro escondido entre la penumbra de Lima. El olor a orina asciende por mis fosas nasales, llega a mi pituitaria y las arcadas no tardan en aparecer así como tampoco tardan los insultos:

¡Oye! Deja de grabar cuatro ojos, cuatro ojos de mierda, vas a ver lo que te va a pasar…


Me arrepiento de haber llevado los lentes, siento que les molesta más que sea corta de vista que sentirse descubiertas por el visor de mi cámara. Estoy invadiendo su privacidad, ¿Qué hago metida aquí?. Las taquicardias, esta de más decirlo, hace rato que tomaron por asalto mi tórax. Les miento entonces:


-No, señora, no las estoy grabando a ustedes, grabo el lugar que es precario y que no está en buenas condiciones. A ustedes no señoras, el lugar, el lugar, ¿Y si ocurre un terremoto?, digo apelando a sus más recónditas fobias


De pronto la respuesta llega volando y es en forma de botella de Inka Kola vacía… felizmente es de plástico. Es obvio, no les convenció mi argumento, yo tampoco lo hubiera creído. Corro por un pasillo para ver si encuentro a los policías, veo una puerta entreabierta, hay luz dentro, pienso que de seguro están ahí, entro enseguida, jadeando, algo desesperada, algo aterrada y me topo con una gorda inmensa, realmente GRANDE, y encima la interrumpo. Su visitante, su ingreso del día, huye despavorido por la ventana al verme.


¡Sal de aquí mierda! ¡Qué te pasa!


Y la gorda sudorosa, algo hedionda y vestida con unas mallas rosadas que no logran disimular ni un ápice de su exuberante anatomía (aunque crea ella lo contrario) grita con toda la fuerza que podría cargar dentro Jabba the Hutt.


-Señora (le respondo aterrada), pero yo no le estoy haciendo nada. Bajo la cámara de inmediato. No grite por favor.

-¡Auxilioooooooooooooooooooo! Vas a ver cuatro ojos!!!


Salgo corriendo de esa habitación. Ya podia verme tumbada en el piso, linchada por un grupo de damas sesentonas, de medias raídas, gritando al unísono ¡Sangreeeeeeee!


Me concentro en mi escape. El pasillo me conduce a un patio oscuro, hay charcos de agua malolientes por todas partes y ni rastro de los policías. Si nunca aparecen cuando más se les necesita, no sé que estaba esperando, o sí, esperaba que me salvaran de ser abollada por un grupo de descontroladas damas de la noche alegre. Súbitamente, se enciende una luz y me doy cuenta que estoy rodeada por todas esas mujeres que vuelven a gritar: Vas a ver lo que les pasa a las que entran aquí con cámaras, vas a ver cuatro ojos...


Solo veo siluetas en contraluz, no distingo rostros, y de pronto soy violentamente atacada por una lluvia de pepas de palta. Sí, ¡pepas de paltaaaaaa! macizas, secas, duras. Me cubro los cuatro ojos, mi cámara y escapo encogida por el pasillo. Llego a la puerta de la calle y un grupo de solidarios y recurrentes visitantes de la pandilla de pellejudas pintarrajeadas me rodea.

¡Déjelas en paz! ¡Lárguese!

Una vez más vuelvo a ser atacada. Esta vez ya no son pepas de palta; son botellas plásticas de Inka Kola rellenas hasta la mitad de una agüita amarilla que no es, ciertamente, agua gaseosa con colorantes. No, es la agüita amarilla de ese grupo de ardorosos visitantes, interrumpidos por la intolerante ley, cuando se encontraban envueltos y revueltos con las candorosas lanzadoras de pepas que moran en la calle Chancay(sugerente nombre para tan calenturiento lugar).


Corrí hacia el auto evadiendo las botellas hediondas y repletas de ácido úrico, y salté al asiento trasero. Sí, salí libre de esta aventura cargada de labial barato, sudor e instintos básicos pero no pude evitar entrar a la oficina con un enorme chinchón con sabor y color a aguacate.

martes, 13 de noviembre de 2007

La historia exagerada de Don F. y de "el amigo de don F. que siempre hace escándalos"


Hace unos días tomé un taxi para ir a casa y a mitad de camino el conductor, quizá para buscar un poco de compañía en el trayecto, sintonizó RPP noticias y una voz que venía de las entrañas de la radio anunció, sin anestesia, que una mujer estaba a punto de lanzarse al vacío; suicidarse.

(En la radio) “¡No!! ¡Va a saltar! ¡Por favor no saltes! ¡Alguien haga algo!, ¡no, no…no lo hagas!”.

Mis taquicardias volvieron de golpe y a mil revoluciones por minuto, tenía una suerte de mambo acelerado en el pecho.

(En la radio) “Es una mujer, esta parada en el borde de la ventana, en un cuarto piso, nadie puede detenerla, está llorando, no saltes por favor, no, no lo hagas”.

El taxista conducía temblando, podía percibir el brillo del sudor de sus manos en el timón, estaba casi paralizado y manejaba quizá por inercia.

(En la radio) “Va a saltar, se está descolgando, no, no, se sostiene con una sola mano, lo piensa, noooo,…Saltó (silencio)”.

El taxista frenó de golpe, casi acabo estampada contra el parabrisas y el carro de atrás, por suerte, se detuvo de inmediato, el chirrido fue ensordecedor. El chofer volteó, me quedó mirando, despegó los labios y pudo entonces articular una frase: ¿Por qué no hizo nada? Es porque la muerte les da de comer.

Ese episodio me hizo saltar pero al pasado. INVIERNO DE 1997: Vivía entonces en el piso diez de un edificio en Miraflores, mi vecino era un dipsómano y, de cuando en vez, se convertía en un dipsómano escandaloso, bochinchero; un borracho mata sueño. Recuerdo con detalles la noche previa a la historia que estoy a punto de contarles. Don F. había bebido como de costumbre más de la cuenta y el amigo de don F. que siempre hace escándalos también estaba sediento y cuando digo que el amigo de don F. que siempre hace escándalos estaba sediento, solo trato de decirles que mi insomnio estaba asegurado. Esa noche ambos habían decidido celebrar a codo suelto su alcoholismo. Y yo estaba condenada, esa madrugada, a huir de los brazos de Morfeo. 8:00 AM: Don F. y el amigo de don F. que siempre hace escándalos estaban callados, quizá dormían desparramados en el suelo, tras exprimirle hasta la última gota de vida a esas botellas que habían succionado como un par de exploradores deshidratados.

El ascensor estaba dañado, así que tuve que bajar los diez pisos con toda mi mala noche acuestas. Esta agotadora ruta me obligaba a bordear todo el estacionamiento para poder llegar al fin a la puerta de salida. Cuando me acercaba, casi a rastras, al primer piso, noté un movimiento inusual, extraño, los guardianes entraban y salían y una manta celeste cubría un bulto sin forma tendido en el suelo. El bulto empezó a tomar de a pocos la forma de un hombre y la sangre comenzó a expandirse por el celeste, los primeros rayos de sol hacían brillar el charco de sangre que manchaba el cemento a un lado del cuerpo, alguien había muerto: don F. o el amigo de don F. que siempre hace escándalos. Me acerqué, un poco más, procurando respirar hondo para contener mis taquicardias y darle así un chance a la curiosidad y al morbo: ahí estaban los mocasines marrones de don F., eran sin duda sus zapatos. Quizá el ya lo sabía, ya lo tenía planeado y por eso disfrutó a grito pelado su última noche. Rufino, el guardián del edificio, me contó que durante la madrugada Don F. y el amigo de don F. que siempre hace escándalos estuvieron balanceándose de la ventana, jugando como dos niños, ebrios a morir, felices, sin contar que diez largos pisos los apartaban del cemento.

Sí, así empezó mi mañana, con don F. reducido a un bulto bañado en sangre, con la cara de horror de los vecinos, con la imagen de el amigo de don F. que siempre hace escándalos observando pálido la escena desde el décimo piso y con las taquicardias multiplicándose minuto tras minuto.

No hubo más ruido ni bochinche ni la sensación de compañía aunque extraña, que sentía cada vez que don F. bebía y gritaba; gritaba y bebía. No supe nada más de el amigo de don F. que siempre hace escándalos. No lo volví a ver. Y a ese edificio tampoco regrese. La verdad es que huí de él para buscar un poco de sosiego, para respirar distinto y heme aquí, en esta turbadora guarida, en este nido de violentas palpitaciones, donde ha sido muy fácil para el azar encontrarme.

viernes, 12 de octubre de 2007

CADENAS PERPETUAS

Redrum es la palabra Murder escrita al revés, que en inglés significa asesinato. Palabra inolvidable en la película “The Shining” del director Stanley Kubrick.

No entiendo desde cuando sembrar el terror se convirtió en una muestra de afecto. Me refiero al argumento descabellado que una buena amiga (V.) esgrimió hace unos días para justificar la razón por la cual bombardea mi correo de mails en cadena que buscan “evitar que lo peor ocurra”. Exactamente eso fue lo que dijo: “Evitar que lo peor ocurra”. Y se defendió diciéndome que envía toda esa apocalíptica y deleznable correspondencia solo, dice ella, porque me quiere.

Hace unos años la amistad epistolar era muy distinta, si no me falla la memoria. No recuerdo haber recibido jamás, de alguno de mis amigos, una carta escrita de puño y letra advirtiéndome sin anestesia que podían apuñalarme en un taxi, tras ser drogada por tocar un trozo de papel y ser hallada después cercenada en un barril, una maletera u otro depósito hediondo, oxidado y pezuñento. Algo tuvo que pasar en el trance del correo escrito al correo digital, algo macabro que despertó en los usuarios una tendencia a ejercer de forma inconsciente el sadismo, como una forma catártica de exorcizar quizás sus propios miedos y fobias. Sí es así, entonces prefiero continuar rindiéndole culto al papel, a la calidez de una carta y a la estética de una buena o ilegible caligrafía.

Yo R. tengo ya bastante con mi edificio, mis vecinos, murciélagos, traficantes chinos, toxoplasmosicos gatos, ratas y, por supuesto, taquicardias, como para tener que bancarme el sadismo ajeno. Hoy puedo decir abiertamente y a riesgo de ofender a las personas que quiero, que cuestiono, es más, sospecho del afecto de aquellos que, a sabiendas de mis sístoles y diástoles violentos, me atormentan con correos visionarios, con advertencias interminables, con basura importada, libre de aranceles, del ciberespacio. Lo digo en voz alta, ALTISIMA: Absténganse, bórrenme de sus apocalípticas listas, no me ofendo, lo juro, solo háganlo y ya.

Lo terrible de todo esto es que mientras voy exponiendo mi punto de vista en este post, corriendo el riesgo de ser percibida como una freak (lease: marciana), siguen arribando más advertencias en cadena. Y no es una broma, no exagero.


Viernes 12 de octubre
2.23 am.

…en el cruce de la avenida Arequipa con Aramburu, en Miraflores
(ojo, a solo unas pocas cuadras de mi casa), una mujer de aprox. 28 a 30 años me dijo que no sabía como buscar números en la agenda de su celular, me dijo que solo sus hijos sabían manejarlo y que por favor le ayude a buscar el número de una tal Gladis: yo le ayudé. Sentí que había algo extraño en todo eso y decidí irme rápido, prácticamente le tiré el celular y crucé la pista en cuanto cambió la luz del semáforo. En menos de un minuto sentí un cosquilleo en el dedo pulgar con el que había presionado todas las teclas fue rapidísimo, sentí algo grasoso en mi dedo y me limpié en la ropa, al rato se me adormeció la mano. Esa sensación subía por mi brazo, empiezo a tener mareos (obviamente, yo también) y a ver las cosas borrosas, luego mis piernas, casi ya no podía caminar, comencé a llorar y me imaginaba a mi familia llorando al costado de mi ataúd. Llegué a una esquina, como dos cuadras después de Aramburu, vi un lugar casi no recuerdo nada de ahí, me apoyé en un escritorio y a la chica que estaba ahí, que creo que era la recepcionista le dije que me habían hecho algo, mientras llamaban a Serenazgo. En la comisaría de Miraflores me dijeron que estos criminales son bandas que DOPAN a sus víctimas para robarles desde sus pertenencias hasta SUS ÓRGANOS, sí amigos, ¡¡TRAFICO DE ORGANOS!! (las mayúsculas no son mías, la elocuencia es ajena)

No puedo evitar leer estas líneas sin que una composición de Carl Orff inunde mi cabeza, no sé si a ustedes les pase lo mismo. Añádanle un poco de mi percusión cardíaca y listo ¿Acaso no es esto terrorismo? Perdonen, pero no encuentro otra palabra. Sí, claro que estoy asustada. Siento como una suerte de escalofríos; me descubro tocándome la panza como una reacción lógica de autoconservación, conservación de mis órganos. Mis vísceras, mis tripas, gracias a este intimidante vómito de signos electrónicos, pueden ser vendidas al mejor postor en el cruce de las avenidas Aramburu y Arequipa ¿Exagero? No, no lo hago.

Y el remate de este correo en cadena es genial: “POR FAVOR REENVÍEN ESTE MENSAJE A TODOS SUS FAMILIARES, AMIGOS Y DEMÁS PERSONAS PARA QUE ESTÉN ALERTAS”. Es decir, asustar a una sola persona no es suficiente, hay que hacerlo en masa:
¡Esparzan el terror!
¡Cuiden sus hígados, riñones, córneas!
¡No salgan de sus casas, los pueden cortar de lado a lado y coser luego con punto cruz!

Ahora estoy sudando, temo salir de mi casa y comportarme como una buena ciudadana ¿Qué pasa si decido ayudar a cruzar la pista a un viejecito? ¿Acaso terminaré dopada y secuestrada por una banda de octogenarios armados de detanduras postizas?.

¡BASTA!, ¡BASTA! y ¡BASTA!

Prefiero vivir en la ignorancia. Ahora, trataré de dormir con la esperanza de no encontrar mañana en mi bandeja de entrada, tras este post, el anunció del fin del mundo. Hasta mañana.

domingo, 30 de septiembre de 2007

BOCANADAS DE HORROR



El efecto que ejerce en mí la marihuana es siempre el mismo: suplantar la realidad por la ficción. En mi caso, no hay nada de maravilloso en este salto al vacío, para nada, créanme, fumar de la verde pradera de los Ingalls, solo me lleva a vivir de golpe escenas angustiantes, persecuciones, pesadillas, en resumen, me empuja a cogerle los pies a la muerte.
Recuerdo la segunda vez que fumé yerba, si no cuento la primera es porque no surtió efecto en mí. En fin, la segunda vez, estaba en casa, tomando una cerveza con K., mi mejor amiga del colegio, quien tuvo la brillante idea de fumar marihuana. Era la segunda vez para las dos. K. lo tenía planeado.

Armamos con dificultad un porro, lo roleamos con la vieja técnica del billete y lo encendimos. Primera pitada, nada, segunda, nada, tercera, nada: K. no siento nada ¿No estará pasada? Esta llena de pepitas. Fuma más R., fuma, a ver si con la yerba controlas tus taquicardias, puede ser el antídoto que necesitas eh! Además, es super natural. Cuarta pitada, nada, quinta, nada, sexta, nada. De pronto, suena el intercomunicador, venían a buscarnos. La puerta del primer piso estaba dañada, vivía en un décimo piso entonces, y K. se ofreció a bajar para abrir. Pasaron 30 segundos, un minuto y empezó de golpe la pesadilla. ¿Dónde está K.? ¿Por qué no regresa? ¿Por qué tarda tanto? Empecé a recorrer el departamento buscándola, no la encontraba, ¿K.? ¿Dónde estás K.? Recordé que había bajado al primer piso, traté de mirar la entrada del edificio desde una ventana para ver si lograba divisarla, no la encontraba, pensé entonces que solo quedaba una opción: a K. la estaba atacando un maniático, un loco que seguro la iba a violar y luego, como conclusión infame de su crimen, K. sería cercenada, cortada en trocitos. Baje las escaleras buscando en cada entrepiso a los asesinos ¿K.? ¿Dónde estás K.? Regresé sollozando a mi departamento y al empujar la puerta me tropecé al dar un paso y mi cabeza se estrelló contra la reja de entrada, me di tremendo cabezazo y empecé a reír, a reír como no lo hacia en tiempo. K. estaba sentada ya en la sala con unos amigos y, como si adivinara todo lo que acaba de vivir en tan solo cinco minutos, empezó a reír conmigo. K. y yo siempre tuvimos esta conexión especial, éramos grandes amigas, las mejores, habíamos aprendido a descubrir el mundo juntas, sin nadie más, solo las dos, dándonos tropezones en el camino, pero sobretodo riendo, riendo muchísimo. A K. la extraño siempre, ella no está más.

Siguiente pesadilla.

Viajé a Montañitas, una playa de Ecuador. En ese viaje J. insistía en que debíamos fumar pero, sobretodo yo, que yo R. debía fumar mucho porque “mi cabeza dura” necesitaba una dosis fuera de lo normal. A riesgo de sufrir ataques de taquicardia y paranoias demenciales acepté y fumé casi ocho pitadas de un porro para relajarme, para respirar distinto, para ver el mar de noche y tirarme panza arriba a ver la luna inmensa y las estrellas que viven huyendo del cielo de Lima. Cuando decidimos ir a caminar, aún sin sentir un cambio en mi estado de ánimo, vi a J. temblando, pensé que estaba a punto de morir, que iba a caer al suelo y quedar allí, tendido. Pero a parte de ser consciente de que la muerte de J. era inminente, estaba segura de que los habitantes de Montañitas no nos querían en su playa, querían echarnos, planeaban derribarnos y propinarnos tremenda golpiza. La consigna: Matar a los foráneos.

-Corre J. nos van a matar ¿Te sientes bien? Vamos a una posta, nos siguen.
-R. estás fumada tranquila, disfrútalo…
-Tenemos que encontrar una posta, sujétate de mi brazo. Nos están siguiendo ¿Qué hacemos? Reaccionaaaaaa...

Las taquicardias ametrallaban mi pecho, no me dejaban escuchar, me costaba respirar. Era un infierno. Si a eso le llaman relajarse un poco, debo decir que entonces no cambio mis taquicardias por nada. Prefiero mis sístoles y diástoles violentos, mi caja toráxica reventando incansable, mis fobias y miedos naturales, a ser linchada por un grupo de hippies asesinos. Me preguntaba entonces dónde había quedado todo el rollo de la paz y la lucha contra la guerra. Sentí un ligero mareo, creí desvanecerme, levanté la vista y estaba de pronto en una fiesta, en una gran fiesta en Montañitas. Era año nuevo. Sí, era año nuevo, nadie nos perseguía y J. bailaba feliz por la calle, incontrolable. Estaba sentada en la vereda tiritando de frío y tenía un hambre voraz. Compré una crepe de chocolate, otra de dulce de leche y las comí de golpe. Recuerdo el chocolate chorreándose por mis manos, brillante, chupe uno de mis dedos y otro y otro más y debo confesar que esas fueron, probablemente, las crepes más ricas que he comido en toda mi vida.

Escribo esta historia ahora, porque hace unos días una amiga me propuso tomar un vino y fumar un poco para relajarnos. Solo atiné a reír y a responderle, categóricamente: ¡NO! soy alérgica a la yerba. En fin, confío en no ser la única que abandona por instantes la realidad ¿A alguien le pasa lo mismo?

P.D. Aclaración:
Estoy preocupada, acaban de confundirme hace unos días en un periódico local con una reportera de televisión que se llama, si mal no recuerdo, Alexa Vélez. Ante esta infamia debo decir que yo soy R., R. Y no saben el mal que me hacen al confundirme con una periodista que denuncia gente y a la que deben perseguir u odiar. Yo solo exorcizo mis demonios en este blog y lucho contra mis taquicardias, taquicardias que con esta nueva noticia se han triplicado.
* Ilustración: Deviant Art homepage.

domingo, 9 de septiembre de 2007

CALAMBRES TERRENALES



Si desaparecí en las últimas dos semanas fue porque tuve que entregarme, indefectiblemente, a los azarosos brazos de la ciencia. Sí, como algunos de ustedes deben intuirlo ya, tras el terremoto, mi salud colapsó, colapsó como un edificio, como la torre de una iglesia en ruinas, como una grieta inmensa dividiendo mi cuerpo en dos. Las taquicardias aparecían entonces como pesadillas durante la noche creando sismos donde no existían, réplicas en una tierra calma, alertando a cada segundo que el fin del mundo era inminente. He tomado tantas pastillas que ya no recuerdo por qué debía tomarlas, he sido sometida a exámenes cardíacos, mi cerebro ha sido escaneado, pero nada, nada parece devolver el ritmo adecuado a mi caja toráxica. Mi cuerpo tiembla, la tierra no. Me he convertido en un temblor de carne y hueso, una suerte de taladro mecánico, una replica constante que desafía los 7 grados en la escala de Richter: el desastre va por dentro.

Ahora mismo les escribo desde un cuarto blanco, tan blanco que enferma. Las sábanas también son blancas, igual que esta bata que ante cualquier descuido expone mi desnudez, incluso en esta habitación hay rajaduras, grietas, taquicardias. Pero debo hacer una confesión, debo decirles por qué escribo este post desde esta clínica de baldosas celestes y duendes de traje blanco, debo confesarles, con tristeza y repulsión, que he descubierto que estos temblores tienen la inmunda particularidad de expulsar de este cuerpo lo peor de mí. Sí, cuando la tierra tiembla, el instinto de supervivencia, totalmente, animal, me convierte en una gran infeliz.

El 15 de agosto, el día del terremoto, visitaba a alguien a quien hubiera querido demostrarle todo lo contrario, a quien me hubiera gustado sorprender con una reacción madura, calmada, serena. Pero ¿Qué creen? Ocurrió todo lo contrario. No solo me desesperé al no encontrar columnas, gruesas columnas de fierro y concreto armado: No hay columnas, gritaba, ¡Dónde están las columnas! Hay que bajar, tenemos que salir. Bajé entonces desesperadamente las escaleras, saltando de dos en dos los peldaños, sin esperar que nadie más bajara, sin pensar en nadie, solo en mí, en R., y al llegar a la puerta del primer piso, me di cuenta que aún no estaba a salvo, que tenía que llegar a como de lugar a la calle. Y, entonces, en la reja que conducía finalmente a la vereda, a la salvación, percibí un obstáculo, sí, en ese momento todo lo que se interpusiera en mi camino lo veía como un obstáculo, un bulto, un enemigo. Y resulta que mi enemigo medía un metro y medio, arrastraba los pies, se movía con lentitud, se esmeraba por contener el castañeo de sus dientes y, sobretodo, por trabar la salida, sí, ese bulto en forma de viejecita con bastón, me impedía el paso. Debo decirles con tristeza que para mi era un obstáculo y, cuando se trata de temblores o terremotos, los obstáculos se vencen, así que obedeciendo a mis nervios, taquicardias y fobias, arremetí contra la viejecita, la moví de un empujón a un lado, la deje tambaleando sobre su bastón y salí primera a la calle, me salvé -si se puede llamar salvación a estar encerrada ahora en esta habitación esterilizada y fría. El temblor no tardó en acabar.

Unos segundos después el piso estaba quieto y volví a la realidad y entonces vi el rostro de terror de la anciana, de la mujer que acababa de atropellar, de embestir sin reparo alguno: no dejé de temblar. Mi cuerpo decidió castigarme saboteando mi salud. Los días siguientes intenté controlar mis miedos, someterme a una prueba de serenidad en cada réplica. No funcionó. En el primer remezón, hablaba por teléfono: tiré el celular al aire y salí corriendo. En la siguiente réplica salté de la cama, me resbalé al pisar el edredón y me fui de cara al suelo, para entonces, la tierra estaba quieta. El siguiente temblor lo padecí en Pisco, sí, mis jefes por trabajo me mandaron a la zona, y ahí por primera vez logré controlar un poco mi fobia, sobretodo, al observar con dolor las casas desplomadas, las calles de Pisco que más se asemejaban a las de una ciudad bombardeada, al ver a la gente deambulando sin entender qué había pasado, sin encontrar a sus familias, caminando en medio de una polvareda que los convertía en una suerte de fantasmas, de espectros, hombres llorando, mujeres secando sus mejillas empapadas en lágrimas negras, cogiendo las manos de sus familiares sin vida, cuerpos expuestos al sol, inertes y a la vista de todos, hombres y mujeres pidiendo a gritos: Agua y ataúdes, agua, solo un poco de agua.

Hoy no dejo de pensar ni un minuto en esos días, en la cara de terror de la viejecita, en los que vivieron el terremoto, en mí reacción animal, instintiva, en estas paredes blancas que me recuerdan que tras vivir este desastre, este desastre personal, los daños a simple vista parecen irreparables. Y en medio de todo esto, de esta crisis, de los intensos calambres de la tierra, leo nuevamente en los diarios que los murciélagos han vuelto. Ya cerré las ventanas, ¡Hasta Mañana!

* Ilustración: Photoshop de R.

domingo, 12 de agosto de 2007

Bright Eyes - At The Bottom Of Everything

Hace unas semanas, tomé un vuelo equivocado y una aterradora turbulencia me hizo pensar de pronto en el azar ¿Acaso mi error terminaría por expulsarme violentamente del juego? Preferí entonces pensar en algo distinto. Si el avión inicia una caída estrepitosa, yo R. continuaré sonriendo, como si estuviera en camino a una fiesta, a una celebración inolvidable, sin taquicardias ni sobresaltos, tal como el video de la canción At the bottom of everything, del grupo norteamericano Bright Eyes. Escúchenlo…

miércoles, 8 de agosto de 2007

MI PROBLEMA CON LOS GATOS

Mi edificio huele a pichi de gato. Sí, como lo oyeron, a PICHI DE GATO.

Hablo de una mezcla de olor entre ácido muriático y desinfectante quirúrgico, a pasto húmedo y putrefacto con una pizca de excremento de perro con parvovirus, una sensación insufrible, un ambiente fétido, en resumidas cuentas: un olor a mierda. Lo malo de este hedor felino no es que solo se impregna por días en mi ropa, en mi pelo y que queda adherido como una lapa en mi indefensa pituitaria, sino que despierta de golpe estas taquicardias incontrolables, estos sístoles y diástoles acelerados, con solo pensar en todas las enfermedades que flotan en el contaminado aire de mi edificio.
Vamos, ¿Acaso no saben que los gatos transmiten las toxoplasmosis? Yo lo sé muy bien y por eso convivo con la fobia de contraer ese virus horrendo, cada vez que cruzo, inevitablemente, la puerta del departamento 206.

Llevo ahora mismo en mi bolso un pañuelo empapado en alcohol, que sujeto fuerte contra mi nariz cada vez que cruzo esa casa repleta de toxoplasma gondii, ese parásito infame que ha elegido a los gatos como el lugar ideal para completar su ciclo de vida, esos bichos microscópicos que saben que verán la luz al final del túnel una vez que el gato los expulse en uno de sus excrementos cotidianos. Y sí, ahí, ese protozoario infernal, vuelve a la vida, resucita en cada hedionda torta de gato, y espera imperturbable, quieto, la llegada de una de sus víctimas, víctimas como yo R., el mejor bufón que el azar ha encontrado por estos lares.

Ahora mismo entré a Internet, para averiguar que síntomas debo detectar en mi cuerpo para saberme contagiada de toxoplasmosis: "...dolores musculares, dolor de cabeza y aumento del tamaño de los ganglios linfáticos". Me concentré en mi cuerpo, en silencio, intenté relajarme, solo para percibir si más allá de las taquicardias, mi organismo estaba ya infectado. De pronto sentí un dolor en la rodilla derecha, un malestar a la altura del cuello, la espalda un poco acalambrada, sentí un pequeño espasmo en el lóbulo derecho de mi cabeza, y los ganglios, parecen normales, pero como saber si tienen el tamaño natural si no suelo tocarlos nunca. Toxoplasmosis, no cabía duda, los parásitos se deslizaban ya por mi torrente sanguíneo, pronto empezaría a perder la vista, mi sistema nervioso central podría colapsar en cualquier momento y luego la luz al final del túnel, igual que los toxoplasma gondii en la caca de gato, el más allá, el viaje sin retorno. Sí, estaba infectada. Llamé entonces a Juan Francisco, un doctor amigo de la familia, lo levanté a las 11 de la noche, no importaba, quizá él podría salvarme:

-¡Hola! ¿Quién es?
- Juan Francisco, soy yo, R.
-¿Qué pasa R.? ¿Estás bien?
-No lo sé. Hay gatos en mi edificio y…
-¿Gatos? Y me llamas para decirme que hay gatos a esta hora…
-Es que estuve navegando en Internet y leyendo un poco sobre la toxoplasmosis; tú sabes, esa enfermedad que transmiten los gatos. Creo que tengo todos los síntomas. No sé que hacer, no sabía a quién llamar. Perdón.
-R. es cierto que los gatos trasmiten la toxoplasmosis, pero solo podrías haber contraído el virus si hubieras estado en contacto con las eses del gato ¿Acaso te las has comido?
-No, jajajaja…No, para nada, claro, solo que huele tan fuerte a orín de gato que esos parásitos deben estar flotando por todas partes, deben estar en el aire ¿no?
-¿Te comiste la caca de un gato sí o no?
-No, no, no, como se te ocurre, no, no...NO!
-Vuelve a dormir entonces, es imposible, relájate R. tienes que hacer algo con esas taquicardias, esas sí te mandarán a la tumba. Vuelve a dormir, hablamos mañana.
-Sí, disculpa Doc, creo que el olor me está enfermando. Adiós.

Acabo de hacer el ridículo, pero igual me sigo sintiendo extraña. No comí caca de gato, no he tocado la caca de gato, a las justas he visto la caca de gato, estoy bien, tengo que estar bien.
Mientras repetía una y otra vez mi mantra antitortafelina, decidí correr la cortina cuidadosamente y husmear desde la ventana de mi cuarto, espiar de reojo a mis vecinos ¿Cuántos gatos pueden tener ahí dentro? Las luces de la sala se encendieron y allí en medio de ese lugar logré divisar veinte gatos, cinco más en el cuarto que da a la ventana, dos en el marco de la puerta y otros dos saltando por los techos del edificio. Era el paraíso de los gatos, una suerte de refugio felino, como si los gatos después de morir, en lugar de ir al cielo, se desviaran hacia el departamento 206, el edén gatuno. 29 gatos, 29 ágiles caballos armados de afiladas garras, 29 miradas aterradoras y cacas infectadas, 29 potrillos cabalgados por microscópicos parásitos guerreros TG (toxoplasma Gondii) dispuestos a exterminar, a acabar con todo organismo vivo de mi edificio: Era el inicio de una Guerra Bacteriológica. Solo debo alejarme de la caca de gato, eso dijo Juan Francisco y eso mismo haré. No comí caca de gato, no he tocado la caca de gato… estoy bien, tengo que estar bien.


Ahora sorteo cada una de las cagadas que quedan regadas por las escaleras, atravieso aéreamente cada charco de pichi y logro controlar así a mis taquicardias. Por supuesto, sigo usando el pañuelo para proteger mi nariz de ese hedor gatuno. Los vecinos ya enviaron una carta a Digesa, piden el desalojo inmediato de los inquilinos y los felinos del 206. Espero que inicien pronto la retirada ¡Hasta mañana! Hoy me toca contar gatos.

* Ilustración: www.pixelgirlpresents.com

martes, 31 de julio de 2007

ME DECLARO CULPABLE



Hoy, algo influenciada por la blanquirroja batiéndose a golpes contra el viento en cada esquina de la ciudad, se me ocurrió de pronto que yo R. también necesitaba mi propia declaración de independencia y por qué no, gritarla, expulsarla a punta de alaridos de mi cuerpo, agrietar con un DO sostenido las cuatro paredes que me rodean y abolir, por lo menos por un día, las taquicardias, los nervios, las angustias y demás torturas que atacan a menudo mi cuerpo, mi torrente sanguíneo, mi cabeza:

“Yo, R., me declaro libre e independiente del estrés, libre de todos mis tormentos”, y esto, a riesgo de perder cierta dosis de ternura que solo una persona, ¡increíblemente!, percibe en mi exagerada existencia.

Comencé entonces por crear un ambiente distinto y empezar con detalles triviales como prender un incienso, una velita misionera a falta de velas olorosas y colocar un disco de Cat Power. Inundada ya mi cabeza con la música del disco YOU ARE FREE decidí entonces, inundar también mi cuerpo con agua, darme uno de esos baños reconfortantes, sobretodo relajantes, y deshacerme por un día de estas infames taquicardias. Llené la tina, eche un poco de sales de baño, espumas aromáticas a discreción y solté en ella una de esas bombas efervescentes antiestrés que tienen la particularidad de masajear a carcajadas cada centímetro de mi cuerpo. Respiré entonces profundo, sumergí mi cabeza en el agua, hasta el último de mis rebeldes rulos, y convencida de que nada podría arruinar este momento, ni siquiera mi amiga de crin ploma, esa que me reta en las escaleras del edificio, cerré los ojos y remojé todo mi desordenado archivador cerebral: Ahhhhhhhhhh!!!

Recordé de pronto una frase que hace unos días pasó por mi cabeza y que aún no logro sacármela: ¿Acaso la vida se confunde a veces con el olor de los cementerios? Sí, esta frase revoloteaba incontrolable en mi cerebro hace más de un año, una etapa oscura de mi vida, en la que comprobé el temor que puede infundir la posibilidad de despertar una mañana sintiendo que estás muerto en vida, que hueles a polvillo óseo. Hablo de no encontrar ni una pizca de lo que fuiste en el espejo y asustarte al ver frente a tus ojos a un completo extraño. Hoy, felizmente, y a pesar de mis taquicardias y nervios de goma, debo confesar con una inmensa sonrisa triangular y equilátera, que por suerte sigo reconociéndome en el espejo y que, por alguna razón, el reflejo no luce nada mal.

En fin, mientras estas ideas seguían zambulléndose conmigo, me descubrí de pronto sonriendo; recordaba lo mucho que disfruté bailando un poco de salsa hace unos días, vi a mis fieles all-star acariciando sin ritmo el suelo pero jugando a la vez con él. Pensé entonces en una frase de Sabina que me gusta mucho: "Bailar es soñar con los pies". Gracias a estas palabras, logré mantener bajo el agua mi gran sonrisa y también olvidar la crueldad de haber sido descartada en la pista de baile, por cargar con dos pies izquierdos. Me basta saber que ese día mis pies soñaron y mi cabeza también.

De pronto un ruido me regresó a la superficie de la bañera, un sonido algo extraño que no logré distinguir me despertó, pero preferí no darle rienda suelta a las taquicardias, no alertarlas por lo menos hasta que llegue a su fin este día, este único día, en el que celebraba MI declaración de independencia.

Volví a sumergirme. Mi caja toráxica ha vuelto a retumbar de nuevo asesinando con crueldad la voz de Cat Power. Lo único que hice esta vez fue pensar en el color púrpura o, mejor dicho, en una novedosa presencia púrpura, que podría llamar a la puerta con un atado de albahaca escondido en la espalda o quizá con un dulce de moras, solo porque el morado es su color favorito. Pero, a riesgo de arruinar este cautivador escenario imaginado en campos repletos de uvas, debo confesar que esta declaración de independencia muy mía y muy a mi estilo, es en el fondo una carta abierta y, sí, también liberadora, que pretende, sobretodo, gritar sin restricciones, sin censuras, lo mucho que valoro hoy mi espacio, estas bocanadas de aire que son solo mías, este rincón con taquicardias, murciélagos, ratas, vecinos locos y viejos enterradores de la comarca; este pequeño espacio que me ha costado reconstruir y que ahora protejo con vehemencia, para evitar exponerlo a los demonios ajenos. Sí, quizá sea temor, miedo, en todo caso, me declaro culpable.

El agua se ha enfriado ya.

Abandoné la tina y todas esas gollerías acuáticas para refugiarme en una bata y descansar. Cuando fui en busca de una toalla extra descubrí que el azar había estado acechándome todo este tiempo, quizá por una rendija, quizá por el agujero de la cerradura, para sorprenderme una vez más con uno de sus infames escenarios. En el umbral de la habitación donde guardo las toallas, descubrí de pronto mi reflejo en el piso, me vi en un gran espejo de agua que, extrañamente, olía a sales aromáticas, por alguna extraña razón y por alguna rara conexión en las cañerías, el cuarto estaba inundado y una extensión repleta de enchufes y rebosante de energía descansaba sobre el agua. Retrocedí de inmediato sorteando esa trampa mortal y para evitar los calambres eléctricos, bajé la llave general y, con mi pijama a cuadros remangada, sequé todo el piso a oscuras ¿Acaso es necesario decirles que, a esas alturas, la declaración de independencia, libre de estrés, se había ido ya a la mierda? No lo creo. Hasta mañana, esta noche contaré ovejas moradas, adiós.
*Imagen: Psicosis - Alfred Hitchcock

sábado, 14 de julio de 2007

LA RATA


Bigotes largos y delgados, como agujas, ubicados simétricamente a ambos lados de esa temible cara; crin ploma, tupida, color smog, horrenda, húmeda por la llovizna insoportable de aquella noche rata; ojos negros con un destello amedrentador como dos pelotas de vidrio observándome poderosos, desde uno de los peldaños de mi escalera. Hola! Vengo desde las entrañas del azar para resucitar esas vehementes taquicardias, ese atolondrado ritmo cardíaco tuyo, que hará que este encuentro sea del todo inolvidable. Todo eso me dijeron los ojos de esa horrenda rata gorda y gelatinosa mientras aguardaba paciente a que subiera.

Venía de un bar, de tomar unas cervezas con unos amigos, de dejar en el piso de ese lugar, toda la carga de estrés que había acumulado a lo largo del día. Créanme mis niveles de angustia pueden ser, realmente, considerables. Quería dormir, acomodarme como lo hace un feto en la panza de su madre y levantarme, al día siguiente, sin esas taquicardias alertándome una y otra vez que algo malo estaba por pasar. Cruce el pasillo acelerando el paso para huir de esa lluvia pusilánime y guarecerme del frío, cuando de pronto ella, sí, con ese pelo color asfalto, se interpuso con osadía en mi camino, evidenciando su poder sobre el mío. Esa rata se había comido, probablemente, todo el langoy del chifa de la esquina, el langoy de toda la semana, no había dejado ración alguna a los hurgadores de desperdicios; en un acto de egoísmo animal, esa rata enemiga se había engullido todo. Ahora movía su cola rosada, imperturbable, como un gusano de tierra, y yo R. algo adormecida por las cervezas y algo acostumbrada a las malas rachas decidí, con una valentía que más parecía prestada, no correr.

Olvidé que mi enemiga podía saltar, atacar, morder, someterme a un tratamiento gratuito de acupuntura del todo doloroso, en medio de mi pancita feliz. Rabia, agujas, sí, rabia, pinchazos, aguijones, gritos y taquicardias. Empecé a saltar, salté tan alto como pude, zapatee, pretendí asustarla, pero lo que conseguí entonces fue que el inmundo animal me retara a competir en las escaleras, mis escaleras. ¿Quién va más rápido querida R.? Me adelantó un piso. Arrastró todo ese cuerpo gelatinoso y repleto de chaufa por las escaleras. Su versatilidad era increíble, subía saltando los peldaños, uno tras otro, agitando contra la llovizna esa pegajosa cola rosada y yo mientras tanto, procuraba guardar distancia. Era horrenda, groseramente obesa, inmensa. Subió el primer piso, el segundo, el tercero, quería que llegara al cuarto nivel, solo así me dejaría abandonar la competencia en el tercer piso y escabullirme para encerrarme en mi casa. Primer piso, segundo, tercero y de pronto, mi enemiga se cansó. Volteó simulando estar agotada, podría jurar que me mostró una sonrisa de medio lado y allí, en medio del pasillo que conduce a mi casa, se detuvo y me retó.

Sí, quizás, el mejor ambiental para ese momento hubiera sido esa vieja tonada del maestro Morricone en Lo bueno, lo malo y lo feo, pero tuvimos que conformarnos, inevitablemente, con el desesperado sonido de mi corazón tratando de huir de mi caja toráxica. Mi peluda oponente de dientes afilados estaba desarmada, pedía lucha de cuerpo a cuerpo. Solo atiné a saltar de nuevo, brincar alto, altísimo, improvisé un acelerado paso de huayno, con un toque de tap tembloroso, de zapateo torpe, de rodillas castañeando, para probar si la vibración y mi cara de susto la hacían huir. Entonces, me dio la espalda, agitó su cola rosa, soltó unas gotas de llovizna adheridas a su cuerpo y emprendió la retirada, sí, hacia el cuarto piso. Corrí hacia mi puerta, no podía encajar la llave en la cerradura, mis manos temblaban, volteaba para ver si se asomaba, si regresaba, tiré la puerta. Preparé entonces mi trinchera. Cogí periódicos y tapé las rendijas de cada una de las puertas que dan al pasillo, puse un poco de masking tape, una roseada de baygon -en caso me estuviera enfrentando a una rata con complejo de cucaracha- y vigilé el pasillo, por el ojo de buey, por espacio de veinte minutos, para resistir al ataque. Con una escoba en la mano y un martillo en la otra espere lista a mi enemiga. La rata, sin embargo, no volvió ese día ni los siguientes, ya había logrado su objetivo, sembrar el terror en mi casa. Le bastó con aplicar el viejo truco del miedo, al mejor estilo de su amigo rata-Bush. Ahora antes acostarme, apago la terma, bajo la llave del gas y antes de bajar el telón, cumplo con mi segunda rutina; relleno con papel las rendijas de las puertas, aplico una banda de masking tape, un toque de baygon por si tiene complejos y apago la luz ¿Alguien se pregunta a estas alturas quién ganó la batalla? Yo no. Mejor voy más periódicos ¡Hasta Mañana!


* La rata: Cortesía de Sphinx Productions – Ed “Big Daddy” Roth

domingo, 1 de julio de 2007

CASI MUERTA Y NO DE RISA


Odio a los payasos, los he odiado siempre y los he odiado tanto, que creo que nunca podré superar esta sensación de terror y escalofríos que, ineludiblemente, experimento cada vez que me topo con estos sujetos guarecidos tras kilos de pintura circense. No veo sus caras, no sé quienes son, ignoró quien se esconde tras esos trapos multicolores que en lugar de arrancarme carcajadas, me hacen perder de golpe el color y solo atinar a buscar un escondite. No es una exageración. Si veo un payaso por la calle, cruzo la pista; si los veo reír, solo vislumbro un brillo macabro en sus ojos y mi cuerpo se paraliza; si me persiguen huyo sin razonar hacia donde voy, sin considerar el peligro, sin importar si arriesgo mi vida. Recuerdo hasta hoy la primera vez que huí de uno de esos cobardes sujetos, de esos que pretenden esconder sus rostros tras pigmentos sintéticos, un poco de grasa animal y lanolina. Sí, de uno que intentó divertirme cuando aún tenía 7 años y lo único que consiguió fue despertar, a mi corta edad, un odio tremendo hacia él y hacia todos los de su especie.

Era el verano de 1983, yo R. corría con los rulos revueltos por un jardín inmenso, arrugando mi pequeño vestidito, y sobretodo tratando de no ser la primera descalificada en el juego de las chapadas. Estaba en la fiestecita de una amiga, la casa era inmensa, la piscina era gigante, azul, conejos corrían por el jardín, un venado atado a un árbol comía y un sol espectacular bañaba con suavidad esas decenas de caritas con barro. Aún recuerdo que no podía abandonar el carrito de helados, estaba estacionado en medio del jardín y dispuesto para que pequeños monstruos como yo, lo tomáramos por asalto y le diéramos rienda suelta a nuestra pueril gula. Embarrada en chocolate, escuche de pronto el sonido estruendoso de un silbato y apareció él, embadurnado en pintura blanca y roja, con lágrimas falsas dibujadas en las mejillas y ese holgado traje de bolas, que se ceñía a su regordete cuerpo por el viento de la tarde. Llamaba a todos los niños, pedía con esa sonrisa comprada que lo rodeáramos y nos invitaba a sentarnos en círculo para empezar la función. Hizo un poco de magia, saco pañuelos, soltó chistes incomprensibles, encogió y relajó su rostro en una suerte de danza aterradora, tiró chocolates y pidió que algunos de los niños se ofrecieran como voluntarios para un truco, llamó a cinco.

El reloj avanzaba y ninguno de los bajitos de esa fiesta se animó a abandonar su sitio y jugar con ese grandísimo payaso. Entonces no tuvo mejor idea que elegir a sus pequeñas víctimas, una a una, yo R. fui una de las elegidas y solo recuerdo a ese sujeto aproximándose en cámara lenta hacia mí, soltando risotadas al viento, estirando su mano para jalarme hacia el centro de ese círculo de horror. Me puse de pie, mis ojos querían huir de mi cara, empecé a transpirar y solo atiné a correr. Corrí por todo ese césped, con las lágrimas removiendo el barro impregnado en mi cara, decidida a perderlo de vista; pero el enfermo sujeto bañado en pintura, no tuvo mejor idea que perseguirme para traerme de vuelta. Corrí tan rápido como pude, sin pensar hacía donde escapar, sin razonar que debí buscar la mano de mi madre, solo corrí. Llegué hasta el borde de la piscina y divisé a mi enemigo a pocos metros de mi escondite sin salida. Solo atiné entonces a saltar hacia el azul, sin pensar que no tenía idea de cómo lograría volver a la superficie, me hundí, mis pies tocaron fondo y desde ahí aún seguía viendo el rostro distorsionado de ese primer payaso que quiso, ahora estoy segura, matarme del susto. El aire comenzó a esfumarse, había tragado ya litros de agua, el payaso ese felizmente no brincó a la piscina ¡Que cobarde! Mi hermano que había visto toda la escena, fue quien me salvó y me trajo de vuelta al mundo. Tiritando incontrolablemente de frío, con el corazón palpitando a mil por el susto, con mi pequeña caja toráxica retumbando cual orquesta, por el terror que me inspiraba la cara disfrazada de ese personaje, que no dejaba de mirarme impresionado; abandonamos esa casita del terror y no volvimos más.

Les queda ahora alguna duda de ¿Por qué odio a los payasos? A mí no. Los quiero a varios kilómetros de mí, perdonen los aludidos, y si alguno de ellos pretende acercarse, solo pido y espero que lo hagan con las caras bien lavadas y de luto, si es posible.


*Pintura de E. Autumn Daniels

jueves, 21 de junio de 2007

ARRIT...MIA EN LAS ALTURAS


Hace unos días tuve que viajar a Huancayo por trabajo y les confieso que pensé que era la oportunidad perfecta para respirar un poco de aire puro, olvidar las taquicardias y dejar en Lima esa mochila repleta de estrés que tiende a desparramarse un poco más cada dia. Montada en el bus, escuchando Born on a train de Arcade Fire cerré los ojos y esperé que el amanecer me obligara a respirar distinto. El paisaje es genial, conocí a unas tejedoras extraordinarias que lograron masajear mis nervios tan solo con oír el sonido suave y veloz de sus palitos de madera y el aire, el aire, un desastre. Cada segundo una inmensa bocanada de diesel se estrellaba en mi cara, recordándome que allí como en Lima, la contaminación y todo ese rollo del calentamiento global es como un complicado discurso articulado en mandarin que, por cierto, nadie está dispuesto a descifrar.

En fin, mis pulmones ya se acostumbraron a los ricos baños de smog, en todo caso pensé, consumirán una dosis reducida de monóxido de carbono, porque ya la altura me obligaba a luchar por cada inhalada. El trabajo lo acabé en un par de días y tuve que tomar de inmediato un bus de vuelta a Lima. Un vez más mis oídos volvieron a escuchar a Arcade Fire y Los Planetas y mientras fui lamentándome de mis días difíciles escuchando Prefiero Bollitos caí profundamente dormida. Tres de la mañana, Ticlio me despierta con violencia, mi cabeza zapatea de terror y mi nariz batalla por arrebatarle un poco de aire a la endemoniada altura, descubro entonces que el bus se ha detenido y que se mantendrá inmóvil durante las próximas veinte horas. Adiós al descanso, a los días libres de estrés, taquicardias a mi. Señores pasajeros debo informales que la huelga de mineros nos impide llegar a Lima, sírvanse permanecer sentados en sus asientos hasta que se reanude el tránsito.

No había agua, no había comida y los baños gritaban desesperados que no soportaban una vejiga más en su hediondo territorio. Seis de la mañana, decidí que si quería escapar del infierno debía empezar por detectar entre la multitud a otros estresados como yo. Pensé entonces que con solo asustarlos un poco, plantear el panorama adverso que nos esperaba, lograría identificar a los míos: Estresados del mundo, uníos. Puse en marcha mi plan y debo confesar que exagerar un poco a veces surte efecto. La situación es clara les dije, en unos minutos su amigo de al lado, sí, ese que roncó toda la noche perderá la vergüenza y, tras un cumplidor perdón, lo asfixiara con tremendo pedo; la gorda de al lado, probablemente, cuando usted tenga hambre, ya habrá arrasado con todas las galletas y papas fritas del bus y eso, si no las ha expulsado ya para ese rato, en el mismo lugar donde usted pretendía buscar un poco de privacidad para hablar con Fujimori y Chávez a la vez. Sí, se habrán sacado los zapatos, no lo dude, lo hicieron ya hace un buen rato; el niño de atrás ya habrá empezado a llorar para entonces; mientras su compañero de asiento, tras un perdón más, volverá a soltar un pedo o dos. En fin, ¿Quién se anima a cruzar el piquete, tomar un bus y llegar a casa?¿Quién quiere una ducha caliente, un baño limpio, un plato de comida y huir del insoportable olor a desinfectante? Cogí entonces mi bolso sintiéndome la Indiana Jones de la región central, guardé una pequeña botella de agua y con solo dos personas aterradas empecé a caminar.

Dijeron que era una hora, hace dos horas atrás. El frío me congelaba la médula, el monóxido me provocaba arcadas y el esfuerzo físico hacia temblar mis piernas. Cuatro horas de caminata después, voilá, el famoso piquete, ese que mantenía a una interminable cola de buses detenidos, apareció. No crucen, están tirando piedras a los que quieren pasar. La gente corría en contra. De pronto una llamarada inmensa en medio de la pista, me pregunté entonces si existía algún lugar en el que pudiera refugiarme de las malas rachas, de los locos, de los traficantes chinos, de los extraños polvos blancos, de los murciélagos y de los ladrones de zapatillas. Mi taquicardia se confundía con el coro infernal de cláxones ¿Era acaso esta travesía que había emprendido una epifanía de lo absurdo? Quería profundamente que no lo fuera y que esta empresa que había iniciado a pesar de mi estrés fuera el comienzo de un nuevo episodio, un episodio con un final feliz. Si naciste con nervios de goma, del cielo te llueven las piedras.

Tomada de las manos de mis dos valientes compañeros de travesía corrimos con los ojos cerrados bordeando el fuego, a merced de los furiosos mineros y dispuestos, sin quererlo, a romper el record mundial de los 100 metros planos. Alguien gritó desde los cerros: Pasaron tres, tiren las piedras. Sin aire, con la adrenalina revoloteando en ese mar picado de mis taquicardias, con las taquicardias compitiendo con un tremendo dolor de cabeza, bajamos un cerro empinado, arrastrándonos con la panzas mirando al sol, volteando para sortear las piedras y no convertirnos en la chuza de ese grupo de desesperados mineros. Dos resbalones y un calambre después estábamos a salvo por fin del piquete y de las rocas con nombre propio. Quedaba entonces, media hora más de caminata, sin agua, claro, y con las rodillas enfrentándose una contra otra por el temblor inevitable de mis piernas. Por fin un destartalado camión se detuvo y decidió ceder el espacio libre que su ganado dejó, a un grupo de polizontes sedientos, con pelo color tierra y con ojos desesperados. Tres horas más tarde, por fin Lima, con su entrañable panza de burro y el incomparable smog, mi smog. Las ronchas y las magulladuras se esfumaron, el dolor de cabeza también, las taquicardias se agotaron de danzar, pero la sensación de vivir en un Perú dividido, aunque lo vea a diario, nunca deja de echar por los suelos mi ánimo. Últimamente, las piedras comienzan a robarle el papel protagónico a la lluvia.

miércoles, 6 de junio de 2007

COSA DE LOCOS (Segunda Parte)


Con la calma de vuelta en mi cuerpo y con las taquicardias contenidas, gracias a las páginas del "Elogio de la locura" de Erasmo de Rótterdam, he tomado aire para continuar con la demencial lista de personajes, todos ellos responsables de estos ataques inusitados de nervios, que cada vez son más frecuentes. De regreso a mi infancia, ahí estaba yo R., con el uniforme plomo interminable, larguísimo, cubriendo mis rodillas, pantorrillas y amenazando con envolver incluso mis tobillos, esa era una regla de oro para las monjas mercedarias, del colegio en el que estudiaba en Chimbote. Comienzo a pensar ahora, si debería incluir a ese grupo de pingüinos conservadores y cucufatos en la lista de los desequilibrados de mi vida ¿Acaso la madre Inmaculada ocuparía el primer lugar? En fin, como de costumbre llegaba del colegio muerta de hambre, con la lonchera azul vacía, ojo era inmensa y podía cargarla con mucho esfuerzo, y lista para arrasar con mi almuerzo y, por supuesto, el de mi hermana.

Bajaba con X. de la movilidad, sin taquicardias a la vista, cuando de pronto apareció un hombre totalmente desnudo, sí, en bolas, eran bolas de barro, estaba tan sucio El loco Calato que solo con una aguda y detenida observación podía visualizar sus ojos. Este desquilibrado sujeto venía caminando hacia estas dos pequeñas colegialas, asustadas a morir, hambrientas, asombradas con tan grotesca desnudez. Lo siguiente que recuerdo es a mi madre viendo aterrada esta espantosa escena, desde el tercer piso de la casa, y saliendo por la ventana con la carabina de mi hermano, rastrillada, apuntando sin temblar al Loco Calato, que pretendía quizá que ignoráramos su minimalista vestimenta, que pensáramos que sus medias con huecos eran suficientes para cubrir su anatomía y pedirnos, sin vergüenza alguna, que le diéramos un pan o con suerte dos. Mi madre solo atinó en ese instante a dar tiros al aire, tiros sin rumbo, a gritar: Oiga, no se acerqué, aléjese, chicas corran, pum, pum…No eran disparos mortíferos sino dolorosos, ráfagas de perdigones que se podían incrustar en la piel como aguijones y causar un dolor tremendo, atroz. Ese día perdí el apetito y no dejé de pensar en la posibilidad de que podría volver a topármelo. Y ese es mi recuerdo del Loco Calato, quien por cierto huyó despavorido de mi vida, con los pellejos al aire y dejando, por supuesto, una marca imborrable en mi memoria, una marca más en mi lista de episodios inquietantes, diría taquicárdicos.

Pero al parecer el destino había decidido reír un poco más sin mí y someter mis nervios de goma a otros dos sucesos delirantes. Así apareció en Lima un mal día, El loco Vuela-Vuela, un orate ingenioso que pretendía ser un avión de carne, hueso y pelos. Probablemente, el combustible era su sangre, las alas sus brazos, la energía su paso ligero y el sonido de despegue un grito ensordecedor, que estaba lejos de asemejarse al ruido de un avión:…lalalalalalalala…Sí, todos los días, durante tres años de mi vida, el Loco Vuela-Vuela se encargó de cortarme el sueño a las seis de la mañana, para despegar hacia su propio mundo, un mundo que nunca pude entender y menos visitar. Debo decir, sin embargo, que las cosas no marchaban mal con este desquiciado sujeto, obsesionado con el cielo y las alturas, bastaba con dejar la pista libre o, mejor dicho, la vereda libre cada mañana y dejarlo levantar vuelo, con total libertad, tomar velocidad, desplegar sus extremidades y volar, sí, volar, hacia donde solo él podía llegar. La clave estaba entonces en respetar su extraña rutina. La verdad que este loco alado parecía ser feliz y debo decir que a veces, esa alegría suya era del todo envidiable.

Con el paso del tiempo, aprendí a vivir con él, con el sonido de las suelas de sus zapatillas estrellándose contra el pavimento, con sus brazos largos cortando el viento y con ese repetitivo, lalalalalalala…arrullándome, había dejado de ser ya una tortura auditiva. Todo marchaba bien, como contaba, hasta una mañana en la que salí de casa bastante apurada, corriendo para no llegar tarde al colegio y por error, tremendo error, interferí uno de sus matutinos despegues. Recuerdo al Loco Vuela-Vuela venir corriendo sobre mí, a toda velocidad, con esas turbinas imaginarias de piel y sangre desafiando al viento y toda esa furia desbordada por haber interrumpido uno de sus ascensos ¿Quién era yo para anclarlo a tierra? ¿Quién era yo para traerlo de vuelta a esta imperfecta realidad? Me siguió una, dos cuadras, con aquel lalalalalala…retumbando mis oídos, pateando con violencia mis tímpanos, castigando mi falta de tacto. Ese era su aeropuerto, extraño o no, era suyo, y yo me había convertido de pronto en una suerte de polizonte en esa realidad alterna, en esa dimensión paralela que la verdad no lograba comprender.

Crucé la vereda avergonzada, asustada, con mis trece años a cuestas y con el pecho estallando con más intensidad que la turbina de un avión, corrí a casa sin importar las clases que perdía, espantada, para intentar calmar como fuera esas primerizas taquicardias mías. Disculpen, debo ahora respirar hondo por un instante, observar el suave movimiento de las palmeras, tomar un vaso de agua antes de continuar. Evocar algunas historias es a veces como volver a meter los pies en los viejos zapatos de entonces y créanme que en mi caso, no siempre es del todo agradable. Al fin pasó, ahora un loco más, El Loco Palma. Este personaje esquizofrénico es bisnieto del escritor Ricardo Palma, vive desconectado del mundo, deambulando por las calles de Lima y, cuando lo pude conocer, jalaba del cuello a un perro famélico, su único amigo, quizá porque no tenía voz para decir lo contrario, energías para abandonarlo y menos ladridos que pudieran ahuyentar de un mordisco a su alocado amo. El loco Palma estaba convencido que desde la gélida celda de la Base Naval del Callao, Vladimiro Montesinos, el ex asesor presidencial, lo escuchaba, lo espiaba y le mandaba mensajes amenazantes, entonces narraba aterrado: Dice que me van a matar, que a ti también te quieren matar, cuídate, están por todas partes.

viernes, 1 de junio de 2007

COSA DE LOCOS (PRIMERA PARTE)


Mi vida ha estado marcada de alguna extraña forma por los locos, sí, por los locos de atar. En una pared de mi casa guardo incluso de recuerdo un cuadro, que uno de estos sujetos desquiciados en un ataque de cordura y afecto me regaló, hablo del retrato de una mujer sin cabeza sin piernas y sin brazos que me dio el “El loco Palma”. Por alguna razón, al margen de los prejuicios, ha sido muy sencillo etiquetar a los locos de mi vida, por sus marcadas obsesiones con algún tema mundano. El trasfondo de esta historia es que estos sujetos desgarbados, vestidos de harapos y con los ojos pegados en una realidad paralela, distante, incomprensible, me asustan mucho y creo haber descubierto por qué o, mejor dicho, por quién: El loco Chupitos. Sí, este desequilibrado hombre, necesariamente, me obliga a remontarme al pasado, a mi infancia en Chimbote, a las calles peligrosas de este puerto del norte, que siempre termina despertando en mí sentimientos encontrados.

El loco chupitos formaba parte de la extraña fauna de Chimbote que rondaba las calles del centro de la ciudad. Y ahora que lo pienso, nunca logré descubrir cuál era su nombre, pero créanme que tampoco lo lamento. Lo que viene a mi memoria es la imagen de un personaje delgaducho, de unos veintipico años de edad, con la cara repleta de granos. Una imagen espantosa, horrenda, pero a ratos conmovedora ¿Un hombre loco y con granos podía conmover a alguien? La verdad es que sí, un poco. Ahora sé que en el fondo era un sujeto desamorado, con una anatomía monstruosa, que contradictoriamente no había renunciado al amor y que estaba convencido que si su físico hacia huir a las mujeres, la fuerza bruta y su desequilibrio mental las traerían de vuelta. Pero en fin, yo tendría 9 ó 10 años y el recuerdo que tengo de El loco Chupitos, es el de este personaje de una fealdad extrema, que tenía la aterradora costumbre de perseguir a las mujeres, sin importar su edad, levantarlas en peso y agarrarlas a besos por la fuerza, con todo lo que significaba ser besuqueada por un sujeto, que pedía a gritos un tratamiento intenso con un dermatólogo o al menos, un peeling.

Debo confesar que me salvé de las mañas amatorias de este solitario personaje, gracias a Dios, sí, gracias a que encontré abiertas de par en par las puertas de la iglesia San Carlos y a un corpulento fiel que estaba convencido que al prójimo no se le podía amar por la fuerza. El loco chupitos me persiguió por la plaza de armas de Chimbote, y ahora con alivio puedo decir que me salvé de palpar el abrupto terreno que cubría aquel rostro infame. Ese día recuerdo que lo vi sentado en una banca, solo, mirando el cielo, aturdido seguro por el olor intenso a pescado y perdido en medio del humo naranja de la siderúrgica, humo artificial que fungía de atardecer, quizá pensando en el amor que nunca tuvo y al que no estaba dispuesto a renunciar ni loco. Ese día no pude evitar contemplarlo, había escuchado tantas historias sobre él, lo había visto cargando algunas chicas y sometiéndolas a su recurrente tortura cutánea, que quería ver si lo volvía a hacer.

De pronto, su mirada extraviada encontró la de una niña asustadiza de diez años y de golpe se puso de pie y, quizá intimidado por mi escudriñadora observación, decidió seguirme y pegarme el susto de mi vida. Corrí, corrí como no lo había hecho en mis escasos diez años de vida y corrí para salvarme de esa pesadilla dérmica. Por suerte y, textualmente, gracias a Dios, encontré abiertas las puertas de la iglesia ¡Aleluya! Ese trago amargo no pude pasarlo tan fácil y lo he comprobado ahora, cuando siento la cercanía de un loco o cuando, por una necesidad laboral, tengo que pisar el Larco Herrera. Entonces, para conservar la calma y bajar el ritmo acelerado de mis taquicardias, solo me ayuda el evocar en ese instante la ecuanimidad del discurso de la locura, en el libro de Erasmo de Rótterdam: “…hay otra locura muy distinta que procede de mí, y que por todos es apetecida con la mayor ansiedad. Manifiéstase ordinariamente por cierto alegre extravío de la razón, que a un mismo tiempo libra al alma de angustiosos cuidados y la sumerge en un mar de delicias…”.

domingo, 27 de mayo de 2007

EL METRO DE PARIS



La primera vez que me sumergí en el metro de París, mis oídos colapsaron de éxtasis al ser sorprendidos por una inesperada marcha de violines. Melodías suaves, violentas, por segundos intensas, por minutos nostálgicas, pero, sobretodo, cuerdas enfrentadas contra cuerdas resucitando composiciones inmortales, resucitando, inevitablemente, cada pelo de mi cuerpo. Esta vez no habían sístoles y diástoles, solo el sonido de quince perturbadores stradivarius penetrando mis huesos. Pensé entonces que la cultura en París se respiraba incluso en un lugar tan utilitario y pragmático como un metro. Ahí estaba yo, detenida frente a un grupo de estudiantes de música, que había decidido sorprender, a esta humilde melómana con nervios de goma, con un impresionante espectáculo de música clásica. Descendí las escaleras, visiblemente, conmovida, hasta llegar al corazón del metro de París, la estación central: Chatelet. Aún recuerdo ese nombre Chatelet, Chatelet, Chatelet, tanto como esa palabra pegada, maravillosamente, en cada pasillo del subterráneo, “sortie”, salida, escape.



Esperaba la llegada del metro para dirigirme hacia la estación que me llevaría hasta el albergue, donde, por esos días, compartía el sueño con un grupo de japonesas, que habían llegado hasta la ciudad luz para comprarlo todo. Aguardaba, entonces, detrás de la raya amarilla, esperando atenta el sonido de la campana, cuando de pronto un hombre bastante desgarbado, que evidenciaba su existencia arrastrando los pies, se acercó a mí, sí, entre decenas de personas, me eligió a mí y no solo eso, me habló en francés, terrible equivocación, je ne parle pas francais, le dije. Con las señas entendí que quería un cigarro, segundo error, no fumo, la nicotina y el alquitrán, me pueden matar antes de tiempo y si algo deseo es llegar por lo menos a los 90 años con vida, no puedo esperar alcanzar a Juanita, mi abuela, quien ya pasó los 101. Pero en fin, no tenía cigarros, el mendigo algo molesto desistió y le pidió lo mismo al hombre que estaba parado a mi lado, mala suerte, él tampoco fumaba. De pronto, un esputo volador se estampó contra la cara del vecino, quien se limpió con un pañuelo y solo atinó a meter las manos dentro del bolsillo de su saco y empuñar una chaveta filuda, brillante, tan brillante que el contacto visual me hizo pestañear; el indigente fumador no se quedó tranquilo, sacó también de su mochila un cuchillo y, sin imaginarlo, yo R. estaba en medio de esa gresca, totalmente, asustada.

Chatelet estaba reventando de gente, las caras se encogían asombradas, aterradas y no encontraba un lugar a donde huir. Y no exagero cuando digo que sin problemas podía salir lastimada. Ambos lados estaban ya en posición, con las retinas dilatadas, cortando el viento con el acero, ambos listos para herir a su adversario ¿Se darían cuenta de que yo no era el enemigo? Estaban cerca, tan cerca, que solo atiné a encoger la barriga, cubrirme la cara, que vanidad, y empujar al resto, en un intento natural de supervivencia. La taquicardia me estaba matando. Y no entendía los insultos, no comprendía lo que decían, no entendía nada, solo podía leer sus gestos y créanme que no era suficiente, estaba parada en medio de una bruma idiomática que alteraba cada nervio de mi asustadizo organismo. Y de pronto clinnnnnnn, clinnnnnnn, no era el segundo round, era el hermoso metro de París, esa mole de acero y pura electricidad que se acercaba veloz para rescatarme. Se abrieron las puertas y me sumergí corriendo en las fauces metálicas de mi salvador. Aún sudando, creí oír a lo lejos los stradivarius evocando una aterradora composición de Wagner. Llegué temblando al albergue y ahí estaban mis amigas japonesas que no hablaban español, francés pero masticaban algo de inglés. Les conté que había estado en el metro de París y que un hombre tenía un cuchillo, mis amigas consumidoras y de ojos rasgados solo exclamaron sorprendidas y con las camaritas colgándoles del cuello: The man has a Knife? Sí, a knife, les dije, Ohhhhh! A knifeeeeeeeeeee…Nooooooo…Solo logré trasladarles mis taquicardias con tal efectividad, que decidieron asustadas no poner un solo pie en el metro de París ¡Que había hecho! Estresar a mi entorno. Ni en París había logrado relajarme del todo y no contenta con eso, había bombardeado a mis nuevas amigas con intensas ráfagas de tensión. Pero debo decir a mi favor algo, ésta no es una exageración mía. El azar estaba detrás de todo esto, jugando una vez con los hilos de mi vida. Dos días después, más tranquila, decidí enfrentar mis temores y bajé de nuevo al metro, llena de coraje, para ir a conocer el Palacio de Versailles. Esa trifulca inaugural, me repetía una y otra vez, fue sola una terrible coincidencia, solo una coincidencia. Pero la verdad no lo fue, me equivoqué, viajar a Versailles fue un infierno, un desafío más para mi cuerpo. Adiós, coraje.

Esta vez, dos hombres intentaron asaltar a unos amigos y, por supuesto, a mí. Hasta ahora me pregunto ¿Por qué nunca puedo estar excluida de estos insufribles episodios? No lo sé. En fin, llegamos a cambiar tres veces de vagón, intentamos perderlos de vista en cada una de las estaciones, pero fracasamos. Nos siguieron por media hora, se sentaban cerca, nos miraban fijamente. Era casi una suerte de tortura psicológica. En la penúltima estación por fin logramos correr por las escaleras mecánicas, atropellando en el camino a uno que otro franchute que gritaban a lo lejos consonantes y vocales enredadas, totalmente, incomprensibles. Que corno habrán dicho! Seguro mi madre pago pato, pollo y pavo. Mientras corría alterada por esos pasillos enredados solo atinaba a buscar esa milagrosa palabra: Sortie, escape, salida. Llegamos en segundos hasta la puerta de Versailles, jadeando como perros que huyen de sus amos, habíamos logrado por fin, perderlos de vista. Esa noche caminé sola hasta el Sena, me quedé por un rato mirando las luces, disfrutando la arquitectura en compañía de unos viejos faroles, pensé entonces en el azar y en ese raro imán que llevaba pegado al cuerpo y que se encargaba de atraer situaciones extrañas a mi vida. Al menos esa noche, el cielo parisino logró desterrar de mi pecho por un instante, esas incesantes taquicardias. Recordé entonces la marcha de los violines, ese sonido intenso y fui a dormir evocando los nostálgicos acordes de esos quince stradivarius del metro de París.

miércoles, 23 de mayo de 2007

DE BOMBAS, CORSOS Y GIGANTES


He decidido redecorar mi casa, comprar unos cojines, colgar unos cuadros y conseguir unas lámparas de papel chinas, mejor si son rojas por el feng shui. Dicen que el rojo tiende a atraer tranquilidad al hogar y la verdad es que esta casa y en vista de los crueles embates del azar, lo mejor es seguir de cabo a rabo ciertos consejos ancestrales. Iba a salir en busca de esas cálidas esferas que penden de las tiendecitas de la calle Capón, cuando recordé que casi perdí mi casa por una de esas pequeñas bolitas de papel maché. Fue en mis últimas vacaciones. Rosita, la mujer que se encarga de organizar mi vida, de limpiar el polvo blanco que se anticipa a las navidades, de ordenar mi casa luego de algún robo inesperado y de mantener las ventanas cerradas para evitar que algún murciélago irrumpa en mi casa, me contó aterrada que casi se incendia el departamento. En serio, que increíble, le dije entonces, comenzaba ya a perder, por esos días, mi capacidad de asombro.

Rosita me contó que dejo prendida la luz de una de las habitaciones y que, al día siguiente, cuando abrió la puerta, casi muere ahogada por la tremenda trompada que le prodigó en plena cara una insoportable nube de humo: la lámpara se había quemado, un cortocircuito seguro, y había terminado de achicharrarse, por suerte, en el parqué del cuarto.¿Cómo olvidarlo? Hasta hoy permanece dibujada en el suelo una simétrica aureola negra. Lámparas chinas descartadas. En fin, había decidido voltear la pesada página del pasado en esta casa, con todas las historias raras incluidas, y abrir las ventanas – solo por el día, ya saben que los murciélagos rondan Miraflores – y darle un nuevo respiro a la casa. Decidí empezar por sacudir el polvo de los muebles, cuando de pronto, la taquicardia, al mejor ritmo de Tiburón, tomó por asalto mi caja toráxica. Allí en el mueble crema, limpio, delicado, una inmensa huella de zapato, kilométrica, el zapato de un gigante podría decirse, abarcaba casi la totalidad del cojín ¿Qué era eso?¿Quién había saltado sobre un pie sobre mi diáfano mueble?¿Acaso había alguien en la casa? Ya estaba sudando. La música asfixiante de Tiburón retumbaba por todo mi cuerpo. Solo quedaba una salida: revisarlo todo.

Busqué en cada habitación, debajo de las camas, en los closets, detrás de las cortinas, de las mesas de noche – como si alguien pudiera caber ahí - detrás de las puertas, en la cocina, en los gabinetes, repisas, en los lugares más estúpidos, imposibles, delirantes, allí busqué también. La tina, el tacho de la ropa sucia, los cajones, los lugares ridículos, los más ridículos de todos. Nada, no había nada. Siguiente paso: comparar la huella con el zapato de mi hermano; el calza 43, no podía ser tan grande. Cogí una zapatilla, la medí detenidamente, y la diferencia era terrorífica, esa debía ser la huella de un hombre que calzaba quizá 52 ¿Existe acaso esa talla?¿De dónde pudo salir? O acaso me había encogido y en cualquier momento tendría que empezar a correr para evitar ser devorada por una hormiga. Era una huella grande en un mueble crema, una sola huella, no dos, una anormal marca negra que embarraba todo el cojín del sofá. Aturdida decidí olvidar el asunto, tirarlo a la espalda, total, no había nadie en la casa, estaba vacía. Sumaría este episodio, al del inexplicable polvo blanco. Quizá necesitaba un baño con esas bombas relajantes efervescentes, necesitaba que una espuma tan alocada como yo cubriera por completo mi cabeza y se llevara, con suerte, a punta de burbujas, todo el estrés de mi organismo. Eso haría, que las burbujas aplaquen mi neurosis.

Estaba lista entonces, cuando de pronto un sonido ensordecedor, volvió a crisparme los nervios. Bum, bum, bummm ¿Una bomba? Sí, era una bomba. Yo había vivido de cerca la de Tarata, había estado a una cuadra de la bomba colocada en el Hotel Maria Angola y a unos pocos metros de la explosión en el instituto Libertad y democracia. Una bomba, de nuevo una bomba. No me iban a sorprender esta vez, ya había aprendido, meticulosamente, las técnicas de supervivencia. En tiempo de guerra, cuerpo a tierra. En caso de bomba, siga estos pasos: tírese al suelo, aléjese de los vidrios, cubra su cabeza con la manos, abra la boca, separe las piernas, cierre los ojos y, si es católico, rece, si no lo es, hágalo también. Lo espantoso de este episodio, es que tuve que cumplir con todo el ritual antibombas desnuda. Recuerdan que tras la huella había decidido meterme a la tina para relajarme, bueno pues, acababa de poner el primer pie en el agua, cuando el estallido me sorprendió sin ropa. Sí, desnuda, en bolas, como Don Antonio.

Avance agachada hasta la habitación para traer hasta el baño mi teléfono. De nuevo, bum, bum, bummm. Miraflores, otra vez en llamas. Ya podía escuchar en mi subconsciente las sirenas, las ambulancias, los bomberos. Hola Rafael, oíste, una bomba de nuevo, estoy muerta de miedo y tirada en el baño boca abajo sin ropa, justo me iba a meter a la ducha, estoy aterrada, temo cortarme con los vidrios, hay ventanas por toda la casa, estoy encerrada en el baño. R. vístete por favor ¿Sabes que día es hoy? No, respondí. Dentro de dos días es 28 de julio y el Corso de Wong acaba de terminar su recorrido y ya empezó el fantástico espectáculo de fuegos artificiales, no hay bombas. Por favor R. tienes que hacer algo con esos traumas. Sí, vestirme. Estaba más roja que un camarón, totalmente abochornada, la vergüenza era tal que pensé que ese color rojo tan intenso invadiendo toda mi cara, terminaría convirtiéndose en una suerte de alergia ¡El Corso de Wong! Claro. Si alguien quería saber que tipo de traumas y efectos colaterales pueden producir en una persona la exposición a la violencia senderista, no indaguen más, la respuesta en mi caso es evidente: El ridículo. El efecto más bochornoso de todos. Ese que te quita el sueño, te paraliza la respiración y te arranca el pecho a punta de taquicardias estúpidas. Desde entonces, para evitar el ridículo, ese efecto colateral que dejó tan arraigado en mi Sendero Luminoso, cada 28 de julio procuro estar en el Parque Kennedy, levantar la vista al cielo, disfrutar de ese grupo de lucecitas centellando sobre mi cabeza y de paso no olvidar de nuevo que el bummm! No es otra bomba sino el tradicional Corso de Wong.

domingo, 20 de mayo de 2007

LA CABEZA DEL RAWÍ


Hace unos días, uno de mis hermanos recordó un poema del nicaraguense Ruben Darío: "La cabeza del Rawí". Y entonces caí en la cuenta que era uno de los favoritos de El Viejo enterrador de la comarca. Este peculiar personaje, a quien tuve la suerte de conocer gracias a la imaginación de mi padre, recitaba de corrido el poema de Darío, como un exquisito preámbulo de esas inolvidables noches de cuentos sin bombillas. Este es tan solo un pequeñísimo homenaje a mis padres.








LA CABEZA DEL RAWÍ


(Cuento oriental)



I



¿Cuentos quieres, niña bella?


Tengo muchos que contar:


de una sirena de mar,


de un ruiseñor y una estrella,


de una cándida doncella


que robó un encantador,


de un gallardo trovador


y de una odalisca mora,


con sus perlas de Bassora


y sus chales de Lahor.



II



Cuentos dulces, cuentos bravos,


de damas y caballeros,


de cantores y guerreros,


de señores y de esclavos;


de bosques escandinavos


y alcázares de cristal;


cuentos de dicha inmortal,


divinos cuentos de amores


que reviste de colores


la fantasía oriental.



III



Dime tú: ¿de cuáles quieres?


Dicen gentes muy formales


que los cuentos orientales


les gustan a las mujeres;


así, pues, si eso prefieres


verás colmado tu afán,


pues sé un cuento musulmán


que sobre un amante versa,


y me lo ha contado un persa


que ha venido de Hispahán.



IV




Enfermo del corazón


un gran monarca de Oriente,


congregó inmediatamente


los sabios de su nación;


cada cual dio su opinión,


y sin hallar la verdad


en medio de su ansiedad,


acordaron en consejo


llamar con presura a un viejo


astrólogo de Bagdad.



V



Emprendió viaje el anciano;


llegó, miró las estrellas;


supo conocer en ellas


las cuitas del soberano;


y adivinando el arcano


como viejo sabidor,


entre el inmenso estupor


de la cortesana grey,


le dijo al monarca: —!Oh Rey!


Te estás muriendo de amor.


VI



Luego, el altivo monarca,


con órdenes imperiosas


llama a todas las hermosas


mujeres de la comarca


que su poderío abarca;


y ante el viejo de Bagdad,


escoge su voluntad


de tanta hermosura en medio,


la que deba ser remedio


que cure su enfermedad.


VII



Allí ojos negros y vivos;


bocas de morir al verlas,


con unos hilos de perlas


en rojo coral cautivos;


allí rostros expresivos;


allí como una áurea lluvia,


una cabellera rubia;


allí el ardor y la gracia,


y las siervas de Circasia


con las esclavas de Nubia.



VIII



Unas bellas, adornadas


con diademas en las frentes,


con riquísimos pendientes


y valiosas arracadas;


otras con telas preciadas


cubriendo su morbidez;


y otras, de marmórea tez,


bajas las frentes y mudas,


completamente desnudas


en toda su esplendidez.



IX




En tan preciada revista,


ve el Rey una linda persa


de ojos bellos y piel tersa,


que al verle baja la vista;


el alma del Rey conquista


con su semblante la hermosa,


y agitada y ruborosa


llena de temor


cuando el altivo Señor


le dice: —Serás mi esposa.



X



Así fue. La joven bella


de tez blanca y negros ojos,


colmó los reales antojos


y el Rey se casó con ella.


¿Feliz, dirás, tal estrella,


Emelina? No fue así:


no es feliz la Reina allí


la linda persa agraciada,


porque ella está enamorada


de Balzarad el rawí.



XI




Balzarad tiene en verdad


una guzla en la garganta,


guzla dúlcida que encanta


cuando canta Balzarad.


Vióle un día la beldad


y oyó cantar al rawí;


de sus labios de rubí


brotó un suspiro temblante...


Y Balzarad fue el amante


de la celestial hurí.



XII



Por eso es que triste se halla


siendo del monarca esposa,


y el tiempo pasa quejosa


en una interior batalla.


Del Rey la cólera estalla,


y así le dice una vez:


—Mujer llena de doblez:


di si amas a otro, falaz.—


Y entonces de ella en la faz


surgió vaga palidez.



XIII



—Sí —le dijo—, es la verdad;


de mi destino es la ley:


yo no puedo amarte, ¡Oh Rey!


porque adoro a Balzarad.—


El Rey, en la intensidad,


de su ira, entonces, calló;


mudo, la espalda volvió;


mas se vía en su mirada


del odio la llamarada,


la venganza en que pensó.



XIV



Al otro día la hermosa


de parte de él recibió


una caja que la envió


de filigrana preciosa;


abrióla presto curiosa


y lanzó, fuera de sí,


un grito; que estaba allí


entre la caja, guardada,


lívida y ensangrentada


la cabeza del rawí.



XV



En medio de su locura


y en lo horrible de su suerte,


avariciosa de muerte


ponzoñoso filtro apura.


Fue el Rey donde la hermosura,


y estaba allí la beldad


fría y siniestra, en verdad,


medio desnuda y ya muerta,


besando la horrible y yerta


cabeza de Balzarad.



XVI



El Rey se puso a pensar


en lo que la pasión es,


y poco tiempo después


el Rey se volvió a enfermar.

jueves, 17 de mayo de 2007

EL VIEJO ENTERRADOR DE LA COMARCA


Hace unos días, en un intento por exorcizar las malas vibras de mi rincón apacible y no renunciar, sobretodo, a la compañía de mis viejas amigas, decidí invitar a un grupo de camaradas para callar esta vez y escuchar las historias del resto, quería descubrir si soy o no normal como todos. Dejé a un lado los avisos económicos, la búsqueda de una casa y el miedo inminente a equivocarme otra vez. Me relajé, como no lo hacia en mucho tiempo, tomé una lata de cerveza y me dejé embriagar por un instante por la voz impresionante de Billy Holiday. Escuche entonces a los otros. Los otros hablaron de sus trabajos, de sus departamentos, de sus novios, novias y, sobretodo, de lo gratificante y delicioso que era para cada uno de ellos, llegar cada noche a sus hogares. Por supuesto, sin murciélagos, ataúdes, vecinos en bolas, traficantes y demás situaciones freak, que se habían convertido ya en parte de mi vida. Sonaba, realmente, envidiable, casi imposible de alcanzar, dormir sin sobresaltos y taquicardias ¡Que lujo! En fin, hablaron de sus vidas, de su infancia, de esta evocación recurrente a los dibujos animados de hace veinte años atrás, recordaron juegos, su primer Nintendo o Atari, volvieron, casi con desesperación, a esa época en la que con las justas, alcanzaban de puntillas el tablero de la mesa del comedor. Me sentí cómoda, libre de estrés, sumergida en ese grato humo de cigarrillo que solo permitía el uso de pretéritos. Fue entonces que, con los huesos relajados y el cuello distendido, me animé a contarles una historia, un episodio inolvidable de mi infancia. En esos tiempos tenia ocho años y no todo giraba entorno al bar El Tiburón y a sus sangrientas cirugías callejeras. Estaba también El viejo enterrador de la comarca.


Recuerdo que el seño fruncido ya invadía entonces mi pequeña frentecita, evidenciando a mi corta edad, esta personalidad estresada con la que debo lidiar ahora. Debo confesar que El viejo enterrador de la comarca, aún me aterra pero a la vez agrada. En fin, sábado por la noche, jugaba sola como de costumbre, a mi hermana X. no le gustaban esas cosas, ella leía y dibujaba, yo como era una niña, decía X., debía jugar, la verdad es que me gustaba hacerlo. Yo la pequeña r. cargaba entonces con una livianísima mochila de ocho años. X. con una de once. Era sábado y las luces se apagaban -en Chimbote los apagones no eran producto del terrorismo, sino el resultado de una acostumbrada falla eléctrica. Toda la casa quedaba envuelta en la más absoluta oscuridad, yo buscaba de inmediato la mano de X.. Mi hermano, el mayor, aparecía, raudamente, en el cuarto, listo para protegernos y siempre con uno de sus cuchillos de campo en la mano. Mi madre, extrañamente, no estaba.


De pronto, en el fondo de la casa percibíamos el sonido de un andar cansado, lento, aproximándose de a pocos a donde estábamos. Sí, era él, mi padre: El viejo enterrador de la comarca. Este personaje llegaba, directamente, desde la imaginación de mi padre a contarnos una historia escalofriante, sin filtros ni ningún tipo de restricciones, crudeza y ficción descarnada. El viejo enterrador había bajado la llave general y estaba listo para empezar la función. No lográbamos ver nada. Mi cuerpecito temblaba, sujetaba atemorizada la mano de X., sudaba y no sé si eran taquicardias entonces, pero mi pecho revoloteaba desesperado. La voz ronca y extremadamente pausada del viejo enterrador, nos pedía que hiciéramos primero una ofrenda al muqui, al duende de las minas, para prevenir así alguna tragedia futura. Sacábamos caramelos, chocolates y demás golosinas, adiós a los provisiones infantiles. Yo estaba convencida de que al muqui no quería topármelo en persona y menos a oscuras. El viejo enterrador nos contaba la historia de aquel pobre hombre que quedó encerrado en un barco fantasma cuando la nave recién se construía, un hombre atrapado entre paredes de madera gruesa, que gritaba, se lamentaba, torturando noche tras noche a los tripulantes de la embarcación. También el episodio de aquel cementerio en Huambacho, ubicado a pocos minutos de la playa Tortugas, que por las noches liberaba una carga de energía de otro mundo, del mundo de los muertos, y que justo esa energía conseguía apoderarse y controlar los volantes de los conductores, que atravesaban la zona, provocando accidentes de lo más sangrientos, con el único objetivo de sumar una cruz a su extenso terreno.

Pero lo bueno comenzaba cuando El viejo enterrador de la comarca se levantaba de pronto, caminaba unos pasos hacia la cocina, regresaba arrastrando los pies hasta el cuarto, chorreando sangre –solo ahora descubrí que era salsa de tomates. Pero entonces parecía muy real. Gritaba, se quejaba, lloraba. Mi madre aparecía, de un momento a otro, en escena para desafiar al viejo enterrador y éste bastante mortificado terminaba ahorcándola y embadurnándola de sangre también. Yo recuerdo que lloraba, lloraba incontrolablemente, mientras el viejo enterrador, mi padre, nos perseguía para atraparnos y ahorcarnos. Lloraba desconsolada por mi madre, a quien veía tendida en el suelo, muerta y lloraba porque temía convertirme en una víctima más de ese aterrador personaje. La casa continuaba a oscuras. Conmovida, mi madre me abrazaba y el viejo enterrador se limpiaba el ketchup que tenía por toda la cara: R. somos nosotros, no llores más, es solo una historia. Recuerdo que eran noches de terror, de angustia, de un estrés en ciernes. No sé porque un silencio extraño ha invadido de pronto la comodidad de este encuentro. R. escucha, no es normal, esta lejos de serlo. Quizá sí explica mucho, esas taquicardias, esos miedos, deberías contárselo a un psicólogo. Preferí no hacerlo. Para mí esos días raros, extraños, poco convencionales, algo aterradores, freaks, taquicárdicos, siempre despiertan en mi lo mismo, un cariño desmedido por mi familia.