domingo, 20 de mayo de 2007

LA CABEZA DEL RAWÍ


Hace unos días, uno de mis hermanos recordó un poema del nicaraguense Ruben Darío: "La cabeza del Rawí". Y entonces caí en la cuenta que era uno de los favoritos de El Viejo enterrador de la comarca. Este peculiar personaje, a quien tuve la suerte de conocer gracias a la imaginación de mi padre, recitaba de corrido el poema de Darío, como un exquisito preámbulo de esas inolvidables noches de cuentos sin bombillas. Este es tan solo un pequeñísimo homenaje a mis padres.








LA CABEZA DEL RAWÍ


(Cuento oriental)



I



¿Cuentos quieres, niña bella?


Tengo muchos que contar:


de una sirena de mar,


de un ruiseñor y una estrella,


de una cándida doncella


que robó un encantador,


de un gallardo trovador


y de una odalisca mora,


con sus perlas de Bassora


y sus chales de Lahor.



II



Cuentos dulces, cuentos bravos,


de damas y caballeros,


de cantores y guerreros,


de señores y de esclavos;


de bosques escandinavos


y alcázares de cristal;


cuentos de dicha inmortal,


divinos cuentos de amores


que reviste de colores


la fantasía oriental.



III



Dime tú: ¿de cuáles quieres?


Dicen gentes muy formales


que los cuentos orientales


les gustan a las mujeres;


así, pues, si eso prefieres


verás colmado tu afán,


pues sé un cuento musulmán


que sobre un amante versa,


y me lo ha contado un persa


que ha venido de Hispahán.



IV




Enfermo del corazón


un gran monarca de Oriente,


congregó inmediatamente


los sabios de su nación;


cada cual dio su opinión,


y sin hallar la verdad


en medio de su ansiedad,


acordaron en consejo


llamar con presura a un viejo


astrólogo de Bagdad.



V



Emprendió viaje el anciano;


llegó, miró las estrellas;


supo conocer en ellas


las cuitas del soberano;


y adivinando el arcano


como viejo sabidor,


entre el inmenso estupor


de la cortesana grey,


le dijo al monarca: —!Oh Rey!


Te estás muriendo de amor.


VI



Luego, el altivo monarca,


con órdenes imperiosas


llama a todas las hermosas


mujeres de la comarca


que su poderío abarca;


y ante el viejo de Bagdad,


escoge su voluntad


de tanta hermosura en medio,


la que deba ser remedio


que cure su enfermedad.


VII



Allí ojos negros y vivos;


bocas de morir al verlas,


con unos hilos de perlas


en rojo coral cautivos;


allí rostros expresivos;


allí como una áurea lluvia,


una cabellera rubia;


allí el ardor y la gracia,


y las siervas de Circasia


con las esclavas de Nubia.



VIII



Unas bellas, adornadas


con diademas en las frentes,


con riquísimos pendientes


y valiosas arracadas;


otras con telas preciadas


cubriendo su morbidez;


y otras, de marmórea tez,


bajas las frentes y mudas,


completamente desnudas


en toda su esplendidez.



IX




En tan preciada revista,


ve el Rey una linda persa


de ojos bellos y piel tersa,


que al verle baja la vista;


el alma del Rey conquista


con su semblante la hermosa,


y agitada y ruborosa


llena de temor


cuando el altivo Señor


le dice: —Serás mi esposa.



X



Así fue. La joven bella


de tez blanca y negros ojos,


colmó los reales antojos


y el Rey se casó con ella.


¿Feliz, dirás, tal estrella,


Emelina? No fue así:


no es feliz la Reina allí


la linda persa agraciada,


porque ella está enamorada


de Balzarad el rawí.



XI




Balzarad tiene en verdad


una guzla en la garganta,


guzla dúlcida que encanta


cuando canta Balzarad.


Vióle un día la beldad


y oyó cantar al rawí;


de sus labios de rubí


brotó un suspiro temblante...


Y Balzarad fue el amante


de la celestial hurí.



XII



Por eso es que triste se halla


siendo del monarca esposa,


y el tiempo pasa quejosa


en una interior batalla.


Del Rey la cólera estalla,


y así le dice una vez:


—Mujer llena de doblez:


di si amas a otro, falaz.—


Y entonces de ella en la faz


surgió vaga palidez.



XIII



—Sí —le dijo—, es la verdad;


de mi destino es la ley:


yo no puedo amarte, ¡Oh Rey!


porque adoro a Balzarad.—


El Rey, en la intensidad,


de su ira, entonces, calló;


mudo, la espalda volvió;


mas se vía en su mirada


del odio la llamarada,


la venganza en que pensó.



XIV



Al otro día la hermosa


de parte de él recibió


una caja que la envió


de filigrana preciosa;


abrióla presto curiosa


y lanzó, fuera de sí,


un grito; que estaba allí


entre la caja, guardada,


lívida y ensangrentada


la cabeza del rawí.



XV



En medio de su locura


y en lo horrible de su suerte,


avariciosa de muerte


ponzoñoso filtro apura.


Fue el Rey donde la hermosura,


y estaba allí la beldad


fría y siniestra, en verdad,


medio desnuda y ya muerta,


besando la horrible y yerta


cabeza de Balzarad.



XVI



El Rey se puso a pensar


en lo que la pasión es,


y poco tiempo después


el Rey se volvió a enfermar.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

No he podido evitar emocionarme al recordar las noches del viejo enterrador, gracias bb.
Pronto volveremos a recordar a Balsarad y......

Anónimo dijo...

Maravilloso homenaje a la memoria. A la tuya y a la de los tuyos. Sorprende saber - y lo digo con agrado - q un verso tan preciso puede haber marcado en los circuitos de tu imaginación una alegoría imperdurable. Felicito a las nacientes metáforas ahí escondidas, que florecientes y tercas te cuentan, sin desenfado, y en una rima de calibre irrepetible una suculenta historia de amor mágico y trágico. Cuán vigente esta don Ruben Darío, no? Sabes? Ya para cerrar hace muchos años, tuve la fortuna de leer a Vargas Vila en su texto sobre el Poeta de Nicaragua, y lo que me impacto fue cuando escribió que el espíritu de Darío estaba hecho de “abismos y serenidades”. En suma, de taquicardias. Que loco,¿no?
ON

Jarcor dijo...

de rima en rima y estrofa y estrofa algo queda que se nota pero he de decir también que, si bien está muy bien lo escrito por Rubén, se extraña, por tu bien, tu prosa, sea pues que, por el homenaje, esperare la siguiente entrega entre versos y alabanzas.Síguele R.

Anónimo dijo...

Me encanta este poema y me alegro al saber que no soy la única al tenerlo de favorito y no soy la única en recordar orgullosamente a mi paisano Darío. Gracias por leer la literatura nicaraguense y conocernos a nosotros los nicas como gente culta.