jueves, 17 de mayo de 2007

EL VIEJO ENTERRADOR DE LA COMARCA


Hace unos días, en un intento por exorcizar las malas vibras de mi rincón apacible y no renunciar, sobretodo, a la compañía de mis viejas amigas, decidí invitar a un grupo de camaradas para callar esta vez y escuchar las historias del resto, quería descubrir si soy o no normal como todos. Dejé a un lado los avisos económicos, la búsqueda de una casa y el miedo inminente a equivocarme otra vez. Me relajé, como no lo hacia en mucho tiempo, tomé una lata de cerveza y me dejé embriagar por un instante por la voz impresionante de Billy Holiday. Escuche entonces a los otros. Los otros hablaron de sus trabajos, de sus departamentos, de sus novios, novias y, sobretodo, de lo gratificante y delicioso que era para cada uno de ellos, llegar cada noche a sus hogares. Por supuesto, sin murciélagos, ataúdes, vecinos en bolas, traficantes y demás situaciones freak, que se habían convertido ya en parte de mi vida. Sonaba, realmente, envidiable, casi imposible de alcanzar, dormir sin sobresaltos y taquicardias ¡Que lujo! En fin, hablaron de sus vidas, de su infancia, de esta evocación recurrente a los dibujos animados de hace veinte años atrás, recordaron juegos, su primer Nintendo o Atari, volvieron, casi con desesperación, a esa época en la que con las justas, alcanzaban de puntillas el tablero de la mesa del comedor. Me sentí cómoda, libre de estrés, sumergida en ese grato humo de cigarrillo que solo permitía el uso de pretéritos. Fue entonces que, con los huesos relajados y el cuello distendido, me animé a contarles una historia, un episodio inolvidable de mi infancia. En esos tiempos tenia ocho años y no todo giraba entorno al bar El Tiburón y a sus sangrientas cirugías callejeras. Estaba también El viejo enterrador de la comarca.


Recuerdo que el seño fruncido ya invadía entonces mi pequeña frentecita, evidenciando a mi corta edad, esta personalidad estresada con la que debo lidiar ahora. Debo confesar que El viejo enterrador de la comarca, aún me aterra pero a la vez agrada. En fin, sábado por la noche, jugaba sola como de costumbre, a mi hermana X. no le gustaban esas cosas, ella leía y dibujaba, yo como era una niña, decía X., debía jugar, la verdad es que me gustaba hacerlo. Yo la pequeña r. cargaba entonces con una livianísima mochila de ocho años. X. con una de once. Era sábado y las luces se apagaban -en Chimbote los apagones no eran producto del terrorismo, sino el resultado de una acostumbrada falla eléctrica. Toda la casa quedaba envuelta en la más absoluta oscuridad, yo buscaba de inmediato la mano de X.. Mi hermano, el mayor, aparecía, raudamente, en el cuarto, listo para protegernos y siempre con uno de sus cuchillos de campo en la mano. Mi madre, extrañamente, no estaba.


De pronto, en el fondo de la casa percibíamos el sonido de un andar cansado, lento, aproximándose de a pocos a donde estábamos. Sí, era él, mi padre: El viejo enterrador de la comarca. Este personaje llegaba, directamente, desde la imaginación de mi padre a contarnos una historia escalofriante, sin filtros ni ningún tipo de restricciones, crudeza y ficción descarnada. El viejo enterrador había bajado la llave general y estaba listo para empezar la función. No lográbamos ver nada. Mi cuerpecito temblaba, sujetaba atemorizada la mano de X., sudaba y no sé si eran taquicardias entonces, pero mi pecho revoloteaba desesperado. La voz ronca y extremadamente pausada del viejo enterrador, nos pedía que hiciéramos primero una ofrenda al muqui, al duende de las minas, para prevenir así alguna tragedia futura. Sacábamos caramelos, chocolates y demás golosinas, adiós a los provisiones infantiles. Yo estaba convencida de que al muqui no quería topármelo en persona y menos a oscuras. El viejo enterrador nos contaba la historia de aquel pobre hombre que quedó encerrado en un barco fantasma cuando la nave recién se construía, un hombre atrapado entre paredes de madera gruesa, que gritaba, se lamentaba, torturando noche tras noche a los tripulantes de la embarcación. También el episodio de aquel cementerio en Huambacho, ubicado a pocos minutos de la playa Tortugas, que por las noches liberaba una carga de energía de otro mundo, del mundo de los muertos, y que justo esa energía conseguía apoderarse y controlar los volantes de los conductores, que atravesaban la zona, provocando accidentes de lo más sangrientos, con el único objetivo de sumar una cruz a su extenso terreno.

Pero lo bueno comenzaba cuando El viejo enterrador de la comarca se levantaba de pronto, caminaba unos pasos hacia la cocina, regresaba arrastrando los pies hasta el cuarto, chorreando sangre –solo ahora descubrí que era salsa de tomates. Pero entonces parecía muy real. Gritaba, se quejaba, lloraba. Mi madre aparecía, de un momento a otro, en escena para desafiar al viejo enterrador y éste bastante mortificado terminaba ahorcándola y embadurnándola de sangre también. Yo recuerdo que lloraba, lloraba incontrolablemente, mientras el viejo enterrador, mi padre, nos perseguía para atraparnos y ahorcarnos. Lloraba desconsolada por mi madre, a quien veía tendida en el suelo, muerta y lloraba porque temía convertirme en una víctima más de ese aterrador personaje. La casa continuaba a oscuras. Conmovida, mi madre me abrazaba y el viejo enterrador se limpiaba el ketchup que tenía por toda la cara: R. somos nosotros, no llores más, es solo una historia. Recuerdo que eran noches de terror, de angustia, de un estrés en ciernes. No sé porque un silencio extraño ha invadido de pronto la comodidad de este encuentro. R. escucha, no es normal, esta lejos de serlo. Quizá sí explica mucho, esas taquicardias, esos miedos, deberías contárselo a un psicólogo. Preferí no hacerlo. Para mí esos días raros, extraños, poco convencionales, algo aterradores, freaks, taquicárdicos, siempre despiertan en mi lo mismo, un cariño desmedido por mi familia.

6 comentarios:

Jarcor dijo...

me gusta!!! solo que faltó añadirle el pin pom domine que es un detalle muy importante de esta historia querida r.
para cuando el siguiente?

Anónimo dijo...

Esta historia no puede ser más linda, espero que el cariñoso y viejo enterrador este contento con su obra.

Murias dijo...

ya alexus hice mi blog gracias a tu taquicardia...nose como se ponen comentarios espero haberlo hecho bien¡¡

Mimi dijo...

Mimi R. Me encanto, de una gran ternura, felicitaciones

La Grossmann dijo...

Hay ciertas cosas que se deben enterrar. El enterrador no, por el contrario, saca su recuerdo, estúdialo para que entiendas cuál puede ser el orígen de tu taquicárdica adultez. Y, corriendo el riesgo de que el enterrador de la comarca aparezca en mi habitación a medianoche con ketchup en la cara, debo decir, queridísima R., que a veces los adultos se equivocan.
Muchísimos besos!!!

Anónimo dijo...

Como sabes o presumo que sepas, en un inicio, pensé decir muchas cosas, sobre esta historia y con ello sobre los extremos dicotómicos de los impactos emocionales. Pero fue bueno, que nos robemos un cachito de tiempo, y con un cafecito de por medio, en el frío de una noche miraflorina, hayas tenido la soltura de contarme que la vivencia narrada fue para ti gratificante. Algo se puede decir? Creo que no. Que viva la imaginación (oral y escenificada) del enterrador.
ON