jueves, 10 de mayo de 2007

MI EDIFICIO (EPISODIO II)


La primera vez que entre a mi departamento, recuerdo que lo primero que me cautivo fue la vista. No es espectacular, está lejos de serlo, vivo frente a una avenida bastante congestionada y ruidosa, que no se cansa de toser monóxido sobre mi casa. Pero, en fin, como mi cuarto, estratégicamente, da al otro lado de la calle, decidí quedarme, seducida extrañamente por la vista ¿Qué me cautivo? Me atraparon cuatro jurásicas palmeras, vestidas, irremediablemente, de smog, que erguidas desde lo alto se esmeraban en alegrar la ventana, mi ventana. Querían compañía y la verdad, también yo. Estas viejas amigas de brazos largos y verduscos se mueven siempre con una suavidad tan deliciosa que, de alguna extraña forma, logran en mí lo imposible: masajear mis nervios. A veces me descubro mirando perpleja su vaivén por un espacio de 15 minutos y la taquicardia incluso se esfuma. Es raro, pero eso para alguien como yo es valiosísimo, más preciado de lo que imaginan.

En fin, solo quería contarles que estas amigas mías observan desde las alturas cada situación extraña de la cual yo R. soy la víctima y ellas las testigos. Mis palmeras, por ejemplo, fueron testigos de aquel polvo blanco esparcido por todo el departamento. Era tan blanco como la nieve, tan blanco como mi cara de asombro cuando al abrir la puerta de regreso del trabajo, una suerte de navidad anticipada y a 24 grados de temperatura, tomó por asalto mi casa. No busquen una explicación porque no la van a encontrar. Solo me conformo ahora con no volver a toparme con una ventisca tan aterradora como esa, no en mi casa, no en mi rincón. Todo cubierto de un polvo blanco, delgado, finísimo. Y lo peor de todo es que, de inmediato, un detalle horrendo salto a la vista: las ventanas de la casa estaban cerradas, semiclausuradas, no había en ese lugar una pizca de aire. Siguiente opción: pensar en el imposible ¿Qué sustancia parecida podría haberse caído y esparcido por el suelo con la ayuda de la tremenda vibración que solo un avión, en un recorrido inusitado, podría haber producido al volar muy cerca de mi casa? Respuesta: Ninguna. No había harina en los aparadores, el talco se había terminado, no compro azúcar en polvo hace meses, el exceso de químicos produce cáncer, y las drogas con esas características, aún no he intentado probarlas. Nada, no había explicación alguna. El cobertor de mi cama blanco, el suelo blanco, mi computadora blanca, mi estudio blanco, mi sala blanca, mi comedor blanco, mis zapatos blancos, mis manzanas blancas y créanme, puedo continuar hasta la medianoche.

Solo restaba limpiar, así que lavé todo, obsesivamente, para borrar esa aterradora imagen de mi casa. Acabé cansada con taquicardia y triste hasta la médula ¿Por qué ese lugar evocaba con insistencia el título de una película de Almodóvar? Era, sin exagerar, una mujer al borde de un ataque de nervios, pensé en escapar. Salir corriendo sin rumbo alguno, apartarme de los robos, los vecinos neuróticos, en bolas, de los que se fueron, de los que no volverán, de todo. En medio de esta crisis predecible llamé a Alma, una buena amiga del trabajo, que siempre soporta con estoicismo mi neurosis. Le conté todo lo ocurrido, hasta el más blanco detalle pero “Alma, la que siempre guarda la calma”, me dijo: R. exageras, relájate, tomate una cerveza y duerme un poco, tu casa esta un poco sucia, quizá hay polvo en exceso, pero mañana limpias y se acabó, eso es todo. Pero no lo fue. Mi edificio estaba ahora en las noticias. Sí, en la tele.

Arranque a reír hasta las lágrimas. Mi casa polvorienta no era lo llamativo sino mis vecinos, los que vivían al final del pasillo. Esa familia amable, un poco callada, que siempre me decía adiós antes de salir del trabajo, estaba en la pantalla, con esas mismas imperturbables caras. No lograba asimilarlo. Recordé de un momento a otro que Don Antonio me había dicho algo: R. esos del 306, son traficantes, veo niños, muchos niños que entran y salen. Pensé que estaba loco, no me culpen, vean primero al administrador de su edificio en pelotas, para que me entiendan. Pensé de golpe: Ese hombre, no sabe ya que hacer con tanto tiempo libre. Sin embargo, sí sabía: espiaba. Don Antonio podía estar gordo y mofletudo, pero conservaba en muy buena forma su olfato. Y lo demostró olisqueando tan bien a los vecinos, eran sin duda traficantes de niños y escondían en el departamento a tres chinos delgaduchos, que al parecer se encargaban de vender a los pequeños ¿Cómo miércoles entraban? No lo sé. Esta historia la recordé hoy cuando, al subir a un taxi, el conductor me dijo: Ahí vivían los chinos, los que traficaban chibolos ¿Usted los conocía? Sí y la familia era amable. Una vez más estoy agotada. Buscaré ahora sí una nueva casa y, mientras tanto, volveré a la ventana para rogar que el vaivén de las palmeras me devuelvan la calma. Necesito una tregua. Hasta mañana.

9 comentarios:

La Gross dijo...

Hay gente que mataría por vivir esas tragicomedias tuyas. Querida R, sólo insisto en que le saques el jugo a tu enorme capacidad de reírte de esos fenómenos extraños que atraes. ¡Vendámoslas a la Sony ya!

alfredo dijo...

que locura lo de la familia esa

Anónimo dijo...

Te compro tus palmeras, para sembrarlas en algún lugar de mi casa: todos nos merecemos un espacio como el tuyo, siempre con algo que contar. Gracias por compartir tus vivencias.
Hasta la próxima

Oink Oink

ximena dijo...

R., tienes idea del impacto que tu taquicardica historia podria tener en el precio de las palmeras?. Apuesto que en este instante, muchos adolescentes atormentados estaran comprando una hermosa palmera real para aplacar las taquicardias de sus gloriosas madres, justo ahora que el dia de la madre esta a la vuelta de la esquina.
Gracias R., ahora imagino tus relajantes palmeras cada vez que una situacion taquicardica amenaza con matarme de un ataque de nervios.

el jarcor dijo...

buena Rulis... ya ves que tus palmeras estan lo maximo...
esa parte te quedó de la refurinfunflai

Anónimo dijo...

Prestame tus palmeras que parecen magicas.
Cuando sale el proximo??

chica dijo...

Oye y yo que pensaba que eras recooontra easy going... ya me siento mejor, jajaa. No se puede huir de la taquicardia, no se puede.

Anónimo dijo...

Mi querida R soy anónimo pero te conozco, y te escribo solo para recordarte una solitaria e inexplicable huella en el sofá de la sala. ¿la recuerdas?. Pues soy yo, también noté el movimiento de las palmeras. Eso me detuvo.
Te advierto que si no continuas escribiendo te volveré a visitar y esta vez las palmeras no me detendrán.

Anónimo dijo...

El concepto es descentramiento(antónimo de centramiento). Salir de uno. De uno, que es centro desde donde se percibe todo, en algunos casos, y de uno, como punto que recibe toda la inclemencia del mundo. Ahora, se que todos no desarrollan este mecanismo de autorregulación, que con ensayo, puede ser el primer paso para controlar los sinuosos médanos del stress. En la forma R, las palmeras, son solo un instrumento que te adormecen, te hipnotizan, de descentran y eso es perfecto; pero, en el fondo, esas mágicas plantas, quizá, sean el simbolismo de un estado de vida que dices buscar y no encuentras. Pero, ahí; sí ahí, ten cuidado, porque en apariencia, has incorporado tanto, en ti los huracanes del stress, que puedes sin querer, haberlo convertido en un rasgo de tu personalidad.¿Que pasara? Esperemos que cuando controles los combustibles de la “angustia”, no te angusties tanto en ello, que logres (sin querer) apagar los ribetes y el afán de seguir creciendo, confrontando, creando, decidiendo, viviendo. No olvidar. Hay stress positivo y negativo.
ON